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Leyenda: La Condesa de Vergara.

27 septiembre 2020

Esta Leyenda fue publicada en el libro «Leyendas de Veracruz» escrito por Francisco Broissin Abdalá en 1956 y como lo aclara en el prologo es el resultado de «las tradiciones que allá en años mozos escuché de labios de los ancianos. Han sido escritas, como es natural, sin un estricto apego a esas narraciones, y sí con un mucho puesto por la imaginación;» por lo que se debe tener mucho cuidado en creer lo narrado por el autor, ya que la supuesta condesa no existió, ni la hacienda de Vergara (la hacienda de Buenavista siempre llevo este nombre).

No se conoce otra versión de esta leyenda, aunque se sabe que Anselmo Mancisidor Ortiz publicó esta leyenda en «Fantasmas y leyendas de Veracruz» el año de 1971.

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LA CONDESA DE VERGARA

Autor: Francisco Broissin Abdalá.

I

Dama de grandes polendas era la señora Condesa de Vergara; de ilustre linaje, poseedora de grandes y jugosas tierras, dueña de formidables castillos enclavados en la recia sierra de España, derrochaba a manos llenas su caudal inagotable, y sabía de recorrer las cortes de Europa, asombrando a príncipes, grandes señores, y plebeyos, con la insolencia de un lujo sin igual, con ese desparpajo para regalar fortunas, ingénito en todo aquél que no ha ganado nunca el pan con el sudor de su frente.

La señora Condesa de Vergara se moría de aburrimiento.

Desde la ojival ventana de su castillo de La Roca, contempla las inmensas extensiones de terreno que son su feudo principal; su manecita, cuajada de valiosas sortijas, golpea impaciente el artesonado marco; su naricilla se frunce en delicioso mohín, demostrando a las leguas que está aburriéndose a más no poder.

Las afanosas doncellas tiemblan ante su señora; ellas saben bien que, si como un ángel bajado del cielo se muestra la señora Condesa ante los nobles que cual enjambre de mariposas la rodean, en la intimidad del hogar, al abrigo de indiscretas miradas, el ángel se convierte en demonio que goza en martirizar a sus vasallos; que con esas manos blancas ha hundido alguna vez la fina tijerilla en el rostro de cierta infortunada doncella, por lo que, temblorosas y pálidas de temor, comienzan a desvestir a su señora.

Primero, de las blancas sienes desprenden la corona condal cuajada de pedrerías; siguen los collares, los aretes y las sortijas; después despojan a la señora Condesa de su manto; caen al suelo los alfileres y de entre un torbellino de encajes y de sedas, brota la radiante figura de la bella dama, hermosa, escultural como cincelada por Praxiteles.

Sobre el acolchonado lecho, se tiende voluptuosa la señora Condesa de Vergara; su imaginación se pierde lejos, más allá tras los mares en las Indias  remotas que descubriera Cristóbal Colón y conquistara Hernán Cortés, en aquella tierra rica en oro y piedras preciosas, donde reposa para siempre, en ignorado lugar, destrozado por las armas de sus propios amigos, el noble caballero de la Roca, su esposo amante, a quien alejara de su lado por medio de sus desdenes y de sus malos procederes, mismo que fue a buscar la muerte en tierras extrañas, para olvidar a la cruel beldad que hiciera trizas su corazón y su honra.

Y la señora Condesa de Vergara, que se aburre en su Castillo de la Roca, encuentra que conviene a su linaje tomar una nave que la conduzca a la Nueva España, en cuyas tierras piensa encontrar diversión, esparcimiento, algo; en fin, que aleje de su ser el tedio y la modorra.

Y en una mañana radiante de sol, con las velas hinchadas al viento, zarpa con rumbo a las playas aztecas un alegórico velero que conduce a bordo a la señora Condesa de Vergara, con sus servidores de confianza, además de un tesoro que piensa derrochar en el Nuevo Mundo.

II

La señora Condesa de Vergara está encantada de la vida.

Su llegada a la Villa Rica de la Vera-Cruz fué todo un acontecimiento; el Cabildo envió una Delegación a recibirla y darle la bienvenida como linajuda señora que era, y muy acaudalada de verdad. El pueblo sabedor de la llegada de tan noble dama, acudió a las playas a admirar el desembarco de los servidores, tan lujosamente ataviados como su ama, tan orgullosos de servirla, que habíanla copiado los ademanes y decires, tanto a ella como a los caballeros  y señoras que la rodeaban, remedando a opulentos hidalgos. Los señores de polendas de la ciudad, en grupos apartados del pueblo bajo, aguardaban también con impaciencia el desembarco de la noble castellana de Vergara. Y las señoras principales, tras las ventanas de sus casas, esperaban el momento de ver pasar el cortejo de la ilustre señora española que, precedida por un hálito de leyenda y fantasía, agrandado todo lo conveniente para hacerlo de la importancia que el caso requería, había atravesado los mares enfrentándose a lo desconocido, sólo porque estaba soberanamente aburrida allá en su viejo Castillo de La Roca, heredado de su esposo, el difunto Caballero que pereciera cerca de la Villa Rica en forma misteriosa, siendo entonces motivo de muchas hablillas y decires.

El sol cae a plomo sobre los grupos de gentes que en las playas esperan que la gran señora se digne a desembarcar. Después de varias horas, inusitada actividad a bordo de la nave hace saber que la señora Condesa se prepara para posar sus lindos pies en la tierra que guarda en su seno al gallardo caballero que le diera su nombre y su fortuna.

La espectación crece; los soldados se ven en apuros para contener a la multitud que se apretuja para admirar a la ilustre señora de quien tanto dicen crónicas y lenguas; un murmullo débil al principio, que va cobrando fuerza hasta convertirse en atronadora gritería, estalla al aparecer en el portalón de desembarco, la figura gentilísima de la bella Condesa, lujosamente ataviada, cuajada de brillantes, perlas y rubíes, que a los rayos del sol de un caluroso mes de Mayo, lanzan destellos deslumbradores, circundando a su dueña con un nimbo de claridades estupendas que la hacen aparecer como diosa bajando del Olimpo; y así, entre la gritería del pueblo absorto ante tanta riqueza, ante los señores principales de la Villa Rica, que en gesto caballeresco barren con las plumas de sus chambergos la fina arenilla de la playa, humillando la cerviz ante la belleza y probablemente ante los brillantes y los tesoros que se les muestran, hace su entrada a la tierra azteca, la muy ilustre y poderosa señora Condesa de Vergara.

III

Allá sobre el viejo camino que conduce a la Antigua, existe un remanso melancólico; un riachuelo llega cantando su eterna tonada, entre árboles frutales y hermosas flores tropicales, hasta desembocar en la inmensidad del mar azul; el sitio es delicioso y convida a volverlo un Paraíso terrenal.  No importa que esté bañado en la sangre de aquel noble señor que se llamó el Caballero de Vergara, que una mañana en que ese mismo mar ahora tranquilo, tenía caracteres de Averno, con enormes olas encrespadas estrellándose sobre el arena, mientras el trueno y el relámpago y el rayo esparcían su horror por todos los ámbitos, fué encontrado atravesado por diez espadas y otros tantos puñales, desfigurado el rostro varonilmente hermoso, que atravesara feroz cuchillada; no importa que ese infortunado mancebo durmiera el sueño eterno bajo algunas rocas, cerca del riachuelo saltarín y juguetón; no importa que ese hidalgo hubiese sido en vida el esposo y señor de la gran dama recién llegada a la Villa Rica; no importa nada de eso, porque ¿qué importancia pudiera tener?

Y en esos terrenos, junto al riachuelo, cercano al mar, al lado de la tumba de un hombre que murió asesinado misteriosamente, se levanta ahora la mansión de la señora Condesa de Vergara, quien ha impuesto su voluntad para que en esas tierras de su propiedad, se construya una hacienda digna de su caudal y de su prosapia, y cercana a la Villa Rica de la Vera-Cruz.

La castellana ha dispuesto que los salones sean abiertos a a las familias principales de la Villa Rica, para inaugurarlos solemnemente. Encontrará entonces oportunidad de demostrar a aquellos caballeros y a aquellas damas, que ella es digna de su nombre y de su fama,  que es un derroche de riqueza y de lujos cualquier recepción que prepare; que su mesa es digna de Lúculo, y que si existió alguno, quien sabe quién, que en épocas remotas quiso que su nombre pasara a la posteridad como un signo de poderío y de riqueza, ella, la Condesa de Vergara, también pueda igualar aquella riqueza y aquel poderío.

Fiesta fué aquella que dejó asombrados a ricos y pobres; por sobre las arenas de la Playa Norte en una noche en que la luna rielaba sus pálidos rayos sobre el mar tranquilo y el ambiente póetico invitaba a la novela, los caballeros principales de la Villa Rica de la Vera-Cruz, las damas más hermosas y de más rancio abolengo, se trasladaron al Castillo de la Condesa de Vergara, (precisamente en el lugar que ahora es conocido con el nombre de “Punta Gorda”, donde todavía existen las ruinas de aquella hacienda, llamada después de Buenavista, y cuyos terrenos han sido después propiedad de don Manuel Tejedor, del Dr. Mauro Loyo, de la Sucesión de Portilla, de Simón Pérez, y de otros).

Una música deliciosa amenizaba el festejo, los bailes más en boga eran lo principal para la juventud, y el espléndido agasajo, con finos vinos y exquisitas viandas, sirvió de deleite a aquella sociedad que durante mucho tiempo recordó, como un cuento de hadas, aquella inolvidable fiesta con la cuál hizo su aparición social la bellísima Condesa.

Después, la Villa Rica sufrió una vorágine de festividades, y en un ambiente de alegría, exuberante de juventud, comenzaron a tejerse las redes de unos amores trágicos, que por años y años serían motivo de terror en la ciudad colonial.

IV

Era don Guzmán Ruiz de Lara, un joven hidalgo perteneciente a la nobleza española, quien llegara a la Villa rica, enviado por su familia, en castigo por haber entregado su corazón a doncella que no era de su calidad.

El aire melancólico de don Guzmán, su porte varonil, gallardo y atrevido llamaron la atención de la señora Condesa, que cansada de ver rendidos a sus pies a los mancebos principales de la Villa Rica, derrochó todo el arte de la seducción para obtener de aquel gentil doncel el homenaje de su amor, pero el corazón de don Guzmán no estaba libre; allá en la vieja España, en el cortijo cercano a su mansión señorial, vivía linda zagala, honesta y recatada, que con sus virtudes, aunadas a la belleza maravillosa que le hiciera semejarse a una virgen, embrujara el corazón del joven aristócrata; y don Guzmán, respetuoso de la voluntad paterna, llegó a la Nueva España con el alma transida de dolor; pero dispuesto a cumplir el postrer juramento que junto a la vieja arboleda testigo de sus amores castos y puros, hiciera a la elegida de su corazón, a la que prometió que sería ella la única dueña de sus pensamientos.

Don Guzmán resistíase, pues, a las seducciones de la señora Condesa; con delicadeza muy propia, habíale dado a entender que no era libre y ello sirvió para que aquello que no pasaba de un capricho de mujer coqueta, se tornara en un amor volcánico, abrasador, muy digno de quien, como la dama, tuviera como costumbre hacer siempre lo que le viniera en real gana.

Y la tragedia comenzó a incubarse.

Las noches de luna, eran aprovechadas por aquella sociedad deseosa de placeres, en pasear a bordo de adornadas barquillas por las tranquilas aguas del Golfo; y en esos menesteres, la señora Condesa siempre encontraba ocasión de insinuarse, tentadora y voluptuosa, al señor don Guzmán, que  caballeroso y muy digno, sabía salvar con delicadeza situaciones difíciles sin dejar menguada su hombría.

La señora Condesa ardía en ira al ver que todas sus seducciones y todos sus esfuerzos, se estrellaban ante la fortaleza de un amor lejano, y cuando la situación se tornó insostenible, loca de celos y de desesperación, quiso la muerte, pero en unión del ser amado; y con cautela, con toda sangre fría, se preparó para vengar la afrenta que sufría como amante y  como mujer.

Preparó la señora Condesa una fiesta que prometía eclipsar en lujo y esplendor a las anteriores que habían tenido lugar en su Hacienda de Vergara; la noticia causó verdadera emoción en la sociedad de aquel entonces, que imaginó disfrutar nuevamente de las delicias de un sarao verdaderamente regio. El día de la gran festividad llegó, por fin, y a la hacienda se trasladaron desde temprana hora los invitados.

Primero fué la cena, un portento de riqueza y buen gusto; después, con los ánimos bien dispuestos al jolgorio y a la diversión, los concurrentes disfrutaban de la danza, o bien en barquitas lujosamente adornadas, navegaban frente a la hacienda, mientras las músicas a bordo de otras embarcaciones llenaban los aires con las melodías españolas que hacían recordar la patria distante.

La señora Condesa, días antes, había empleado algunos de sus hombres de confianza en obra misteriosa, allá dentro del mar. Se hablaba entre sus servidores, de que toneladas de arena se habíanse sacado de cierto lugar cubierto por las aguas pero cercano a la orilla y se susurraba que algo trágico estaba preparando; alguien muy calladamente hablaba de un monstruo marino; el terror flotaba entre la servidumbre, pero no llegaba a los invitados, que muy lejos a cualquier tragedia se dedicaban en grande a divertirse.

En una barca grande, la señora  Condesa de Vergara y el señor caballero don Guzmán Ruiz de Lara, paseaban sobre las olas rumorosas del océano; la dama, olvidando todo recato, exigía del caballero su amor, y éste con su cortesía proverbial se excusaba alegando juramentos inviolables; la Condesa lloró, suplicó, y amenazó pero todo fué en vano. La honradez y el amor defendían a don Guzmán de aquellas acechanzas y supo resistir todas las seducciones que, impúdicamente, la Condesa pusiera en juego para obtener sus deseos.

Todo fué en vano, don Guzmán estaba asqueado por aquella actitud; con frases enérgicas conminó a la señora Condesa para que volviera en sí y no arrastrara por el fango su nombre y su honra.

Y sucedió la tragedia: de improviso, la Condesa dió órdenes para que la barca se estacionara en determinado lugar, de donde sobre el mar salía un banderín rojo. Una vez en el sitio, con espantosa calma, con sus propias manos cuajadas de pedrería, hizo funcionar oculto mecanismo que abrió por completo el fondo de la barca, la cual en un minuto se llenó de agua y zozobró, arrojando al mar a la pareja y a los tripulantes.

El joven caballero, ante eso, quiso salvar la vida de la dama y nadando vigorosamente la sostuvo a flote;  ella sonreía con odio y con amor, porque esperaba que su venganza se cumpliera.

De improviso salen del mar, cual monstruosas serpientes, dos, tres, cuatro largos tentáculos que se enroscan en los cuerpos de la Condesa y del caballero; y en medio de los gritos de horror de los invitados que en barcas cercanas fueron testigos de la catástrofe, un enorme pulpo arrastró a las profundidades sus dos presas, que desaparecieron para siempre, cumpliéndose así con la venganza de la señora Condesa, que quiso unirse en la muerte con quien la despreció en vida.

Y se cuenta que aquella obra misteriosa que los servidores de la Condesa hicieron cerca de la playa, en pleno mar, era para preparar una poza en la que fué introducido aquel monstruoso pulpo traído quien sabe de dónde por la cruel Condesa, que quiso rubricar su amor desgraciado, con esa terrible venganza, en la misma tierra donde dormía el sueño eterno su esposo, a quien ella mandara asesinar para poder disfrutar de sus riquezas y poderío.

Desde entonces, aquel lugar fatídico frente a Vergara y Punta Gorda, cerca del Puerto actual de  Vera-Cruz, es conocido como la Poza de la Muerte, y en él han perecido, misteriosamente, infinidad de personas que se han aventurado a desafiar la leyenda trágica de la Condesa de Vergara.

Fuente: Broissin Abdala, Francisco, Leyendas de Veracruz, México: Editorial Grijalva, 156, pp. 51-60.

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One Comment leave one →
  1. 16 junio 2022 0:31

    Muy buenas noches. Me gustaría conversar sobre uno de sus sitios.
    Si le parece bien nos podremos contactar por medio de correo electrónico o algún otro medio de su preferencia. Quedo atento. 210300547 @ ucaribe.edu.mx
    Muchas gracias por su tiempo dedicado.

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