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1957: LA VERDAD SOBRE ANTON NIҪARDO por José Peña Fentanes.

15 diciembre 2016
Portada original publicada en 1957.

Portada original publicada en 1957, tal como aparece en Google Books.

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En 1957, José Peña Fentanes publicó un pequeño libro con la conferencia que dio sobre su investigación del origen del nombre de Antón Lizardo. Inicialmente, era el nombre propio de un navegante y actualmente, es un punto geográfico del estado de Veracruz, bajo la jurisdicción del municipio de Alvarado.

El autor lleva al lector desde el origen de su inquietud hasta la feliz culminación de su viaje a España, pasando por el planteamiento inicial que resultó errado, su búsqueda en archivos nacionales, como obtuvo la financiación del viaje a España para investigar en los archivos de Madrid y Sevilla, paso a paso va transmitiendo el entusiasmo al ir hallando los datos deseados, añadiendo descripciones de las ciudades y edificios que visitó.

Se decidió transcribir este texto por la dificultad para localizar un ejemplar, pero sobre todo siguiendo el deseo del mismo autor:

“Que esta modesta investigación, sirva de punto de apoyo para que nuevas generaciones ahonden más en el asunto, y de ese modo se vaya enriqueciendo más y más la historia de México y particularmente la de Veracruz.”

Ahora se tiene la ventaja que a través de internet se puede difundir con mucha facilidad información, pero está muchas veces es equivocada o imprecisa. Tal es el caso de lo que puede encontrarse sobre el nombre e historia de Antón Lizardo, teniéndose casi un total desconocimiento de los datos aportados por Peña Fentanes en 1957. Es cierto que esta misma investigación tiene algunas imprecisiones, como solo atribuir dos viajes de Antón Niçardo a la Nueva España, pero fue un gran avance hace 60 años. Según se ha podido investigar, desde entonces no ha habido avances, o cuando menos no se conocen investigaciones donde se aporten nuevos datos sobre Antón Niçardo.

En una próxima nota se analizará el texto y se harán aportes de datos adicionales.

Se agradece a Luis Villanueva (facebook) el envió de una copia digitalizada de la segunda edición de esta investigación, hecha en 1999, que permitió transcribir la página 20 que hacía falta.

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LA VERDAD SOBRE ANTON NIҪARDO

Conferencia sustentada, la noche del 16 de febrero de 1957 en el Teatro Principal de Veracruz, por JOSE PEÑA FENTANES (Pepe Peña), Cronista de la Ciudad y Director de su Archivo Municipal.

Señoras y señores:

Para todo aquel que se propone realizar un afán, un anhelo, un deseo íntimamente cultivado, no hay mayor satisfacción ni más felicidad que poder llegar a la meta soñada. Cuando hace algún tiempo se planteó nuevamente el viejo caso relacionado con el desconocimiento absoluto del hombre misterioso que dió su nombre de Antón Lizardo a la punta cercana a Veracruz, donde actualmente se yergue el magnífico edificio de la Heroica Escuela Naval Militar, yo fui de los que más se entusiasmaron con la idea de despejar la incógnita que tan preocupados ha traído a los historiadores.

Y me puse a trabajar en ello, sin más interés que el de contribuir con ese dato a borrar la nebulosa que había en la historia de la Nueva España por lo que hace a la toponimia del Seno Mexicano. Presentes están aquí esta noche, testigos de que me entregué en cuerpo y alma a la nueva tarea y de que, a pesar de que en esa primera ocasión anduve desacertado, lo cual confieso con la honradez que ha caracterizado todos mis actos, sirvió cuando menos mi investigación para saber a punto fijo que por estos rumbos, a mediados del siglo XVIII, anduvo predicando la fé católica y haciendo el bien generosamente, un anacoreta jesuíta llamado Antonio Lizardi, quien después de haber permanecido algunos meses en el convento cuyas ruinas aún exis

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ten, del otro lado del río Jamapa, en un lugar conocido por “El Novillero”, se retiró definitivamente a la costa, dedicado a la contemplación. Este hombre extraordinario, que se apartó de las vanidades mundanas y que había nacido en tierra oaxaqueña, le tomó gran cariño a los poblados del Sotavento veracruzano, en su cruzada apostólica. Cansado y achacoso, sintiéndose ya a las puertas de la muerte, se encamino dificultosamente por ásperos y pedregosos caminos a la ciudad de la Puebla de los Angeles, y allá, rodeado del piadoso amor de sus hermanos de comunidad, exhaló el último suspiro en olor de santidad, dejando la huella de sus obras caritativas y tres libros muy documentados sobre todo lo que había visto en sus penosas andanzas.

No fue él precisamente quien le dio el nombre a la punta del litoral del Golfo, pero ¿no es de llamar la atención la semejanza con el otro nombre y el hecho de haber vivido en el mismo lugar? Entonces, firme yo en mi idea, dispuesto a descubrir a todo trance la verdad para reivindicarme ante la opinión pública, hice un viaje relámpago de Veracruz a México con el deliberado propósito de hurgar en distintas fuentes de consulta. Estuve primero en el Archivo General de la Nación, cuyo director, doctor don Manuel B. Trens, me honra con su cordial amistad y me rodea siempre de las más finas atenciones, que yo agradezco en todo lo que valen; pero fue más tarde en la nutrida biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, situada en el número 13 de la antigua calle de la Moneda, donde hallé, gracias a Dios, el punto de partida para mi segunda búsqueda. Su director, el erudito historiador don Antonio Pompa y Pompa, puso en mis manos el “Catálogo de Pasajeros a Indias”, que pacientemente fue formando, ayudado eficazmente por el personal a sus órdenes, el extinto director del Archivo General de Indias de Sevilla, don Cristóbal Bermúdez y Plata.

En ese volumen y en la lista de los maestres de naos que zarparon del Guadalquivir con rumbo a la Nueva España en 1539, aparece un tal Antón Nicardo. La “c” del apellido carece de la cedilla en dicho catálogo, pero es lógico presumir que se le daba la pronunciación de “ese”, lo cual pudo confirmarse después a la vista de un mapa, con el que ya no cupo la menor duda acerca del verdadero apellido. Este mapa, que forma parte de la valiosa colección editada por el Duque de Alba, se titula “Carta del Seno Mejicano, Tierra Firme y América del Norte sobre el Atlántico, hasta los 44 grados Norte”.

Durante mucho tiempo fue de los que guardó el Archivo Histórico Nacional de Madrid, y actualmente el original se halla en poder del Archivo General de Indias, en Sevilla. La explicación nos dice: “Carta cuadrada, delineada a pluma, sin colores; papel de marca; rosa lis

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con rumbos sobre el trópico de Cáncer; paralelos de 32 grados 30 minutos y 43 grados 55 minutos Norte, y los meridianos de 21 grados, 28 grados y 30 minutos.- Tronco vertical de 10 leguas de 17 y medio al grado.- Golfo y costa de la Nueva España, de los papeles que trajeron de Sevilla de Alonso de Santa Cruz”. El investigador Harrisse la cree de 1521; Dahlgren opina que es de 1536, y Lowery estimó que sólo el rótulo del dorso hace suponer que sea de mano de Santa Cruz. Se le han encontrado, sin embargo, bastantes caracteres del citado cosmógrafo, y se le atribuye la fecha más moderna de 1536, en que ya éste había comenzado a ejercer su profesión en la Casa de la Contratación de Sevilla. Con la ayuda de una lupa, y recorriendo el litoral del Golfo, puede leerse claramente “P. de Antón Nysardo”, entre la Sierra de San Martín y el Rio de Medellín. Está escrito Nysardo con “y” y “ese”, lo cual no es sino el resultado de la anarquía que predominaba entonces en la parte ortográfica, valiendo para mi caso únicamente la pronunciación. Además, Alonso de Santa Cruz jamás vino a la Nueva España, y si es él quien trazó el mapa, lo hizo por referencias y de oídas, escribiendo el “Nysardo” que escuchó. Ya veremos más adelante, cómo el mismo Santa Cruz, en otro mapa que sí firma y que pude ver en la biblioteca del Museo Naval de Madrid, escribe “Punta de Antón Y Sardo”, como si se tratara de dos personas. Todo esto se justifica atendiendo al interés que en los nombres de la península despertaban las relaciones de los marinos que volvían de “la geografía delirante”, como la llama don Carlos Pereyra. Los viajeros narraban en lenguaje castizo y claro las novedades que iban viendo en sus travesías, no como meros espectadores, sino con una finalidad científica, que han hecho que para muchos sea el fundador de la moderna Historia Natural el gran expedicionario, conquistador, gobernante y escritor Gonzalo Fernández de Oviedo. Toda esta creciente geografía práctica no quedaba almacenada simplemente en la memoria frágil de los hombres, sino que pasaba inmediatamente al crisol de la elaboración de las gentes de gabinete, de los sabios y teorizantes. Así debe haber oído Alonso de Santa Cruz lo de “la punta de Antón Nisardo”, y lo llevó al papel escribiéndolo como tal, y deformando él mismo el apellido cuando por segunda vez puso “Antón y Sardo”. Lo cual demuestra que no fueron exclusivamente espirituales los móviles que empujaban a los españoles, sino también científicos. Por ello las iniciativas primeras fueron sometidas a la sanción de la Ciencia, y siempre después se persiguió un fin humanístico de enriquecimiento del saber humano.

La Casa de la Contratación en Sevilla era tanto un emporio comercial, como una Universidad de Mareantes —o gentes que entendían del mar — donde se es

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tudiaba el arte de dibujar mapas, de hacer las tablas de rumbos, de perfeccionar los conocimientos que ya poseían sobre el arte y la ciencia de navegar.

 Pero ¿cómo había venido ese Antón Nicardo hasta estas playas? ¿En qué condiciones y por qué razón le había dado su nombre a la punta? Preguntas son éstas que no pudieron ser contestadas en nuestro medio por falta de elementos consultivos. Era preciso, pues, ir personalmente al Archivo General de Indias y arrancarle de una buena vez su secreto, porque seguramente que allí se hallaba el dato preciso y claro en uno de los tantos y voluminosos legajos que atesora esa colección famosa en el mundo. Un viaje a la Madre Patria no se hace así como así, y aunque hubo personas amigas mías que se interesaron por auspiciarme “el salto al Atlántico”, a la postre todo quedó en amena y eufórica plática. Empero, estoy convencido de que hay un Dios que se apiada de sus pobres criaturas cuando se da cuenta de que éstas se empeñan en salir adelante con un noble propósito. Inscrito yo para tomar parte en un sensacional certamen de radio y televisión, en el que se puede ir ganando el llamado Gran Premio gradualmente hasta los 64,000 pesos, un día — ese día menos pensado que todos tenemos en la vida — fui urgentemente llamado por teléfono para que me presentara en el programa del martes venidero. Escogí como tema, para ser estrechamente interrogado, el siguiente: “Morelos, su vida y su época”. En esa forma quise rendir un modesto homenaje a la memoria del preclaro caudillo de la Independencia. Ya ustedes saben cómo se fue desarrollando la crispante serie de mis intervenciones, en medio de la expectación general y en una crisis nerviosa que hasta me hizo bajar de peso. Pero llegué resueltamente al final y gané la recompensa máxima. Entonces, dejándole la mitad de la suma a mi esposa, que con mi hijo me había acompañado fiel y abnegadamente cada martes hasta la capital, y que toda ella se volvía oraciones pidiendo al Cielo mi triunfo, decidí embarcarme en Veracruz en la motonave española “Covadonga”, llevando como fundamental objetivo el continuar mi trunca investigación en el Archivo General de Indias. Acaso el haber triunfado más tarde en esta espinosa empresa, tenga mayor mérito si atendemos a que lo hice con mi propio esfuerzo, sin intervenciones extrañas.

Pisé la primera tierra hispana en La Coruña, con la emoción indescriptible de quien ve realizado un viejo sueño, y desembarqué definitivamente en Santander, hermosa ciudad del Cantábrico que se engalana en verano con su bullente playa del Sardinero. Un tren de los llamados “Taf”, de la Red de Ferrocarriles Españoles, me condujo hasta Madrid, la castiza Villa del Oso y del Madroño, y después de

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haber visitado devotamente el Museo del Prado, que atesora nada menos que 1,705 cuadros de pintores inmortales, entré por fin al Museo Naval, situado en la planta baja del Ministerio de Marina, cuya biblioteca me habían recomendado muy especialmente, por poseer en sus colecciones numerosos documentos relacionados con la vida pretérita de la Nueva España, sobre todo en materia de navegación.

Este Museo guarda celosamente, entre otras reliquias históricas, la primera carta geográfica que del Mar de las Antillas y parte del Seno Mexicano, dibujó en 1500 el insigne Juan de la Cosa, quien vino por primera vez a la América como experto piloto de la carabela “Santa María”, acompañando a don Cristóbal Colón.  Cuenta, además, con cerca de 100,000 documentos sobre la historia de la Marina, desde 1134 hasta 1794; cartas, planos y dibujos de todo el orbe y de preferencia lo relativo al vastísimo imperio colonial español; más de cien modelos de buques, que viéndolos, se piensa que el encanto constante de lo pasado, la creencia de que todo era bello en las naves de antaño, el siempre creciente número de los coleccionistas de antigüedades y objetos artísticos, o simplemente la convicción de que se trata de algo único o casi único, hace que la atención se fije con interés cada día mayor en todo cuanto haya pertenecido a los buques de vela desaparecidos para siempre. En el Museo Naval de Madrid hay hasta un trozo del tronco del árbol de la Noche Triste, sobre el cual se recostó don Hernán Cortés en su trágica huida por la vieja calzada de Tlacopan. Está sabiamente dirigido el Museo por el erudito capitán de navío don Julio Guillén, que no sólo es un digno y pundonoroso jefe en la armada hispana, sino también un historiador de altos vuelos. Cuando él se enteró de la misión personal que motivaba mi viaje, se deshizo en finas atenciones para conmigo, y habiéndome pedido dos fotos del tamaño de credencial, a fin de autorizarme como Investigador en su biblioteca, al día siguiente tuve la grata sorpresa de ver que se me había dispuesto una mesa especial, en la que colocaron una cartulina con mi nombre, y sobre un pequeño pie de madera una banderita con los tres venerados colores mexicanos. ¡Qué sentiría yo, amigos míos, al ver tan noble y cariñoso gesto, hallándome tan lejos de la patria amada! Esto me alentó mucho en la tarea impuesta, y gracias igualmente a la gentil señorita Crespo, encargada de la Sección de Manuscritos, pude ir revisando con paciencia planos y mapas, de los cuales hay en abundancia y todos de inestimable valor. Uno de ellos coincide con el atribuido al cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, citado por mí anteriormente, y es anónimo, fechado en 1534. Pertenece a “Catalogación de Cartas, signatura 12, capítulo 61” y se titula “Seno Mexicano.- Plano de una parte de la Costa de Veracruz”. En él figura también la Punta de Antón Nisardo, con cedilla en la “c”. Esto es: en su

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su primera y auténtica forma. La leyenda puesta al margen incurre en las redundancias propias de aquella época, escribiendo la palabra “flujo” con “equis”, así como la voz “reflujo”. Y dice así, textual te: “En este Golfo Mexicano el fluxo y refluxo no se experimenta más de dos veces al año en los tiempos de los Equinoxios, día 20 ó 21 de marzo y 23 de setlenbre (Bey dar Arquitectura Hidráulica) de lo que se infiere que el fluxo y el refluxo de este Golfo depende del fluxo y refluxo de las costas más orientales del Seno Mexicano, por ser en este mar el fluxo y el refluxo los mayores de toda la costa según las observaciones hechas en todo el Orbe”. El mapa está dibujado en sepia con color muy desvaído y en papel marquilla.

Fue, sin duda ya, el dato que me vino a confirmar que el verdadero nombre del misterioso personaje fue el de Antón Nisardo, primitivamente escrito con cedilla en la “c”. Pero — ¡oh, cosa muy curiosa! — conforme pasan los años, la inicial “N” del apellido se convierte en “L”.

Lo demuestran los demás planos que también tuve en mis manos en el Museo Naval de Madrid. Pertenecen a la misma “Catalogación de Cartas”, que casi agoté por lo que se refiere al litoral de nuestro Golfo. Uno de ellos se denomina “Plano de la jurisdicción de la antigua Veracruz”, con la explicación en la parte inferior de que estas cartas y planos proceden del Antiguo Depósito Hidrográfico y fueron clasificadas por el comandante y los oficiales de la reproducción de la carabela “Santa María” en el verano de 1929, cuando se efectuó en Sevilla la magna Exposición Ibero-Americana.

Otro tiene esta designación: “Descripción desde el Vajo de las Cabezas hasta San Joan de Ulúa, sus sondas, vajos y canales”. Corresponde a 1568, y la palabra “vajo” está escrita con “v” labiodental.

Todavía en 1810, el apellido de Lisardo lo ponían con “s”, lo cual se comprueba en un tercer mapa denominado: “Elementos relativos a la formación del plano del puerto de VERACRUZ y Baxos de Antón Lisardo”. Es de fecha 16 de agosto de aquel año. Y agrega el autor: “Se pasó a la Punta de Mocambo para hacer marcaciones en ella y no pudo verificarse por la mucha mar que había en la playa y no poder atracar la lancha. Seguidamente se hicieron las signaturas marcaciones al pie del asta que se colocó en la fábrica de horno en la Isla de Sacrificio, que dista de su punta inmedata saliente al S. O., 117 pies ingleses medidos con cadena”. De modo que es hasta el siglo pasado, que yo sepa, en que la “s” de Nisardo en su primer cambio, pasa a ser “z” en el segundo. Y nace el nombre de Antón Lizardo, tal como lo escribimos actualmente.

Ya en posesión de estos datos confirmativos, ¿qué me faltaba hacer?… ¡Ah, pues definir la figura del desconocido personaje! Y para ello, ¡qué mejor fuente de investigación que el Archivo General de Indias! Le di emocionado mi adiós a Madrid, me despedí cor

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tésmente de “La Cibeles”, que ahí está en su carro tirado por dos leones, y en otro tren de la línea “Taf”, para hablar en términos marinos, puse la proa hacia Sevilla, la ciudad andaluza del embrujo.

¡Sevilla! La palabra mágica tiene su origen en la voz arábiga Isbiliah. Antes, fue la Hispali remota. Ciudad que es evocación e invocación. Su pasado vive como un fermento del espíritu, presente y operante. Sobre la tumba del rey santo don Fernando III, el epitafio se escribió en cuatro lenguas: el castellano, el latín, el arábigo y el hebreo. El Guadalquivir es la arteria vital de esta maravillosa ciudad andaluza. El humanista Juan de Malara dice “que de las tierras del Aljarafe — de la campiña y la serranía — llegan a Sevilla, y la nutren, cinco ríos: un río de agua, un río de aceite, un río de vino, un rio de leche y un río de miel. De estos cinco ríos, el Rio Grande, el río de agua, el Guadalquivir, preside hora por hora la vida sevillana de hoy y de siempre”.

Pues en este ambiente de ensueño, grato y acogedor, la Providencia me permite que entre yo al Archivo General de Indias, como a un templo. No quiero creer que he subido las toscas gradas de piedra y que asciendo al primer piso por las suntuosas y tendidas escaleras de mármoles y jade. El Archivo está elegantemente instalado en el magnífico edificio que sirvió de asiento a la Casa Lonja. La circunstancia, perjudicial para los intereses del Estado y para la Historia, de encontrarse diseminados en multitud de oficinas y dependencias los papeles y documentos  relativos a la Conquista, ocupación y derechos de España a sus antiguas posesiones de América, hizo que el rey Carlos III dispusiera, por real orden de 1781, que el Archivo de Indias se constituyese en la citada Casa Lonja, para lo que fue comisionado el inquisidor y canónigo don Antonio de Lara.

Miles de legajos se conservan en las estanterías olorosas a cedro y a caoba, y en las vitrinas de la galería central pueden verse, entre otros documentos y autógrafos valiosísimos, la “Bula del Papa Alejandro VI” a los Reyes Católicos sobre su soberanía en las Indias; el “Testamento de Juan Sebastián Elcano”; la carta que dirigió Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Océano Pacífico, al rey don Fernando; la cubierta de la “Información de Miguel de Cervantes sobre su cautiverio en Argel”, de su puño y letra; cartas y preciosos autógrafos de Diego de Almagro, Hernán Cortés, Fray Bartolomé de las Casas, Pedro de Alvarado, Magallanes, la Monja Alférez, Diego Colón y otros guerreros y descubridores ilustres, que batallaron infatigablemente en los viajes y en la América. Me encuentro con la feliz coincidencia de que el director del Archivo es tocayo mío en forma triple, pues se llama exactamente como yo: José María de la Peña. Nacido en la prócer ciudad de Valladolid, hizo sus estudios de filosofía y letras brillantemente, graduán

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dose como profesor de Historia con las más altas calificaciones. Por oposición obtuvo la subdirección del Archivo, y a la muerte del director, don Cristóbal Bermúdez y Plata, ocupó este cargo, que desempeña celosamente, atendiendo a sus visitantes en un severo y elegante despacho donde puedo ver los retratos al óleo de los Reyes Católicos y Carlos III, fundador de la noble institución. Si en el Museo Naval de Madrid me colmaron de finezas, ¡qué decir del Archivo General de Indias, en Sevilla! No hallo palabras para agradecer a tan gentiles señores todas sus delicadezas y todas sus cortesías. Me instalan en la vasta sala de estudio, y entre investigadores procedentes de distintos países hispanoamericanos, doy principio a la tarea de revisar legajos.

Teniendo en cuenta que el “Catálogo de Pasajeros a Indias” incluye el nombre de Antón Nisardo entre los maestres de nao que vinieron en 1539 a la Nueva España, resuelvo comenzar por ese año, sin descuidar el detalle de que ya hay mapas con tal nombre dado a la punta geográfica, fechados en años anteriores. Ponen a mi disposición, en primer término, el titulado “Contratación de Sevilla.- América en General”, ficha 5,536, de 1509 a 1540. En él se hallan comprendidos seis libros: el primero, de 1509 a 1517, que consta de 509 folios; el segundo, de 1526 a 1534, con 109 folios; el tercero, de 1534 a 1535, con 403 folios; el cuarto, del 12 de enero al 13 de septiembre de 1536, con 92 folios; el quinto, de 1536 a 1540, con 345 folios, y el sexto, del 14 de septiembre al 16 de octubre de 1537, con 27 folios. En este último se incluyen varias listas de pasajeros de 1542, que partieron a la América en las naos de Diego Sánchez Colchero, Juan Ortiz, Miguel Jáuregui, Marcos Alcón, Nicolás de Napóles y Juan Bernal. Por supuesto que trabajo en el quinto, que sólo de verlo se me ablandan las rodillas como si fueran de gelatina. Además, ¡qué escritura tan difícil y complicada la de aquellos antepasados nuestros del siglo XVI! Así me llevo hasta nueve días de paciente búsqueda, buscando una recompensa a mis afanes en los paseos vespertinos por las retorcidas calles del típico barrio de la Santa Cruz, con zaguanes de afiligranadas cancelas que dejan ver al través de sus encajes de hierro forjado, los alegres y soleados patios sevillanos; placitas sosegadas y extáticas, paredones herméticos que clausuran jardines y mansiones, y en fin, estas risueñas casitas con patizuelos, azoteíllas, celosías e intimidad. Voy también hasta la orilla misma del Guadalquivir y contemplo arrobado la Torre del Oro, la misma en que guardaban los caudales de oro y plata venidos del Nuevo Mundo en las flotas reales. Pero no debe su nombre a esa circunstancia. Le viene do más lejos, originado por el brillo metálico de unos azulejos que los arquitectos árabes hicieron colocar en el segundo cuerpo de la majestuosa torre.

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Al fin, el 29 de octubre de 1956, a las once y veinte minutos de la mañana lanzo una incontenible exclamación en la sala de estudio del Archivo. ¡He hallado cinco asientos en que la Casa de la Contratación de Sevilla autoriza a cierto número de personas para que puedan pasar a México en la nao de Antón Nicardo! (La “c” con cedilla muy clara). Están registrados en ese libro quinto al que aludí antes, y en los folios 219 y 220. La mera verdad, “no hay quinto malo”. Hasta mi mesa se ha acercado don Ulises Rojas, miembro de número de la Academia Colombiana de la Historia, con sede en Bogotá, que también investiga en el Archivo, atraído por mis aspavientos, y no tarda en llegar la noticia a oídos del señor director, que acude a felicitarme, orientándome para la prosecución de mi trabajo, hasta completarlo debidamente.

El primer asiento dice así: “29 de octubre de 1539.- Alonso Segura, hijo de Miguel de Segura y de Mari Fernández, y su mujer Inés Ortiz, vecinos de Tisana, y dos hijos suyos pasaron a Nueba España en la nao de Antón Nicardo.- Juraron Juan de Armijo y Alonso Buiz, que no son de los proividos”.

Hago hincapié en el hecho de que hubo otra coincidencia: en 29 de octubre de 1956 encontré este magnífico dato, y en la misma fecha, año de 1539, se asentaron estas autorizaciones.

“Prohibidos” eran los que, por ser judaizantes, enemigos de la fe o acusados de algún delito, no podían figurar en ningún acto como testigos.

El segundo asiento reza literalmente: “Bartolomé del Rincón, hijo del licenciado Rincón y de María de la Torre, vecinos de Medina del Campo, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Juraron Juan Ruiz de Carranca y Guillermo de Carranca, que no son de los proividos”. Advierto también que tanto Nicardo como este Carranca están escritos con cedilla en la “c”.

He aquí el tercer asiento: “Gómez Vázquez, hijo de Francisco de León, entallador, y de Maria Vázquez, vecino de Valladolid, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Juraron Juan Cibrero y Sebastián de la Torre, que no son de los proividos”.

Dice así el cuarto: “Francisco de Reina, hijo de Juan Sánchez y de Catalina Sánchez, vecinos de Alanís (provincia de Sevilla) con su mujer Marina Hernández y su hermana Ysabel de Reina, su sobrino Melchor, un muchacho llamado Bartolomé y Catalina de Amasa, pasaron a la Nueba España en la nao de que es maestre Antón Nicardo. Juraron por él Alonso Ruiz y Juan de Armijo, vecinos de Triana, y que no son de los proividos”.

Y el quinto: “Juan Rodríguez de Gangas, hijo de Juan Rodríguez de Gangas y de Ana de la Barja, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Presentó un título de escribano de Su Majestad, en

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Texto original de los registros que localizó José Peña en 1956. Al compararlo con la transcripción que hizo Peña se identificaron omisiones de palabras, confusión del apellido

Texto original con dos de los registros que localizó José Peña en 1956. Al compararlo con la transcripción que hizo Peña se identificaron omisiones de palabras, confusión del apellido “Rodríguez” por “Ruiz” y a “Pedro” lo convirtió en “Guillermo”, así mismo, cambio el sentido de la frase “y que no hera de los proividos” a “y que no son de los proividos”, porque según explica el mismo Peña, creyó que se refería a los testigos, cuando en realidad la frase hace alusión a la persona que iba a realizar el viaje. Fuente: AGI, Contratación, 5536, L.5, f. 218v.

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Madrid a nueve días del mes de julio de mil e quinientos treinta años, por lo que se le dio licencia para pasar a México”.

Hallados estos cinco asientos, de los cuales mandé sacar copias fotostáticas al fotógrafo oficial del Archivo, señor don Juan Cuesta — copias que pongo a la disposición de quien desee examinarlas— faltaba ahora averiguar qué viajes anteriores había efectuado Antón y cómo se llamaba su nao, así como la forma en que fue admitido como maestre, lo cual requería el cumplimiento de muy estrictos trámites.

Acerca de su nacionalidad, que queda aún en el misterio, lo más probable es que haya nacido en Niza y de ahí el que se pusiese “Nisardo”, cosa muy común en aquellos tiempos, en que las gentes no tomaban en cuenta el apellido del padre y preferían llevar el de algún pariente distinguido o el gentilicio o bien simplemente el de la ciudad donde habían llegado al mundo. En todo ésto nos encontramos frecuentemente con un verdadero galimatías. Sin embargo, a los extranjeros les estaba impedido trabajar como maestres o pilotos en las naos de bandera española. ¿Cómo, entonces, siendo de Niza nuestro personaje, pudo ser admitido por la Casa de Contratación? La respuesta es fácil, si se atiende a que también en esa época solían las gentes “untar la mano” a los funcionarios influyentes para que se hicieran de “la vista gorda” y firmaran al fin la licencia tan deseada. Es lo que actualmente llamamos en lenguaje popular los mexicanos: “la mordida”. Pero acerca de ésto hagamos un poco de historia, a fin de fundar tan atrevida aseveración. Las primeras disposiciones sobre la nacionalidad de los Pilotos que hacían las carreras de las Indias, están incluidas en unas instrucciones dadas a Sebastián Caboto, Piloto Mayor de la referida Casa, nombrado para tan importante puesto por Real Cédula de 5 de febrero de 1518, durando en su encargo hasta 1548, en que marchó a Inglaterra. Américo Vespucio y este Caboto (y no Cabot como erróneamente lo llaman los norteamericanos), procedían de Italia, donde estaban en boga los estudios cartográficos, que tenían en ella una brillante tradición. El primero había servido al Rey de Portugal en expediciones marítimas. El segundo al de Inglaterra, y pertenecía a una familia de exploradores que adoptaron como campo de acción las costas orientales de la América Septentrional.

La primera de dichas instrucciones dadas al Piloto Mayor lleva la fecha de 2 de agosto de 1527 y dispone lo que sigue: “el que quisiere ser piloto a de ser natural destos reinos de Castilla y a ningun extrangero dareis cargo de piloto tal ni le consentireis tener carta de marear ny pintura nynguna de las Yndias ni que por otro alguno le sean dadas ny hendidas sin nuestra especial licencia”. Este y otros documentos por el estilo me fueron proporcionados en el mismo Archivo General de Indias. Como se ve, es cierto que se les ponían tra

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bas a los extraños para ocupar el cargo mencionado, a fin de evitar que cayeran en sus manos las cartas de marear, los mapas de que se valían para la navegación. La prohibición es terminante, puesto que no sólo alcanza al Piloto Mayor, sino que obliga a éste a que, haciendo uso de su autoridad, impida que otros, efectuando comercio con las cartas y mapas, las vendan a los extranjeros. En resumen: lo que tenían que probar era su nacionalidad, lugar de su residencia en España, estado civil y si había adquirido carta de naturaleza. Pero todo fue letra muerta para Sebastián Caboto, porque durante algún tiempo se despachó “con la cuchara grande”, aprobando a cuanto hijo de vecino se le puso por delante, siempre que por trasmano deslizase las codiciadas monedas. Lo más probable es que Antón Nicardo haya sido de los aprobados mediante una dádiva. O tal vez obtuvo legalmente su carta de naturalización, pues por lo que se deduce de otros documentos era persona de cierta representación en Sevilla, como propietario de embarcaciones. Lo que sí es exacto, sin discusión posible, es que el mismo Sebastián Caboto lo examinó en la Casa de la Contratación, otorgándole la licencia respectiva, en el año de 1532.

Cinco días después de verificar el primer dato en firme, a base de los cinco asientos de “registro”, localicé este otro, contenido en la “Colección de Documentos Inéditos de Ultramar.- Indice General de los Papeles del Consejo de Indias”, volumen publicado en virtud de un acuerdo de la Real Academia de la Historia por los académicos de número Angel de Altolaguirre y Duvale, y Adolfo Bonilla y San Martin. Las dos naos que tuvo en propiedad Antón Nicardo llevaron el mismo nombre de “Santiago”. A este respecto, supongo que era devoto del Apóstol cuyos venerables restos descansan “ad perpetuam” en la majestuosa catedral de Santiago de Compostela, provincia de Galicia.

Su primer viaje lo hizo, a la Nueva España, a raíz de ser aprobado y él personalmente guió su embarcación, zarpando de Sevilla por el Guadalquivir. Hizo un alto en las Canarias, para proveerse nuevamente de agua y bastimentos y se lanzó a la temeraria aventura de cruzar el Gran Océano o Mar Tenebroso, del cual se contaban las más fantásticas leyendas. Sólo pensó en México, razón por la cual estuvo en las islas antillanas el tiempo suficiente para conceder a sus hombres un merecido descanso y abastecerse nuevamente de agua y provisiones. Fue a la altura de la Sierra de San Martín o Tuxtla (que a veces aparece en los manuscritos con la denominación equivocada de “Juxtla”), donde lo azotó un furioso vendaval que puso en inminente peligro a su nao, máxime cuando era la primera vez que se aventuraba por el peligroso Seno Mexicano. Capeando el temporal como pudo — y así lo narró después en Sevilla — fue a encallar ” a un lugar cercano al rio de Medellín o de las Banderas”,

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que no puede ser otro que la punta geográfica en que ahora se levanta el edificio de la Heroica Escuela Naval Militar. Allí recibió la ayuda de pescadores y campesinos que se dieron cuenta de su angustiosa situación, y trasladado al surgidero de San Juan de Ulúa, celebró una entrevista con el contador Rodrigo de Albornoz, el mismo que, por medio de extensos memoriales dirigidos al Real Consejo de Indias, pedía con urgencia el establecimiento de una Casa de la Contratación en la Veracruz para cobrar puntualmente los derechos de almojarifazgo de su Majestad. Todo esto se comprueba leyendo la signatura 1458 de “Contratación.- Expediente Indiferentes.- Años de 1531 a 1540” en el Archivo General de Indias.

El segundo viaje de Antón Nicardo lo realizó como ya hemos visto en 1539, también en la nao “Santiago”, trayendo a bordo a los pasajeros cuyos nombres cité anteriormente al dar cuenta de los cinco asientos levantados con motivo del “registro”. Ya para entonces debe habérsele dado su nombre a la punta, recordando que allí se las había visto “negras”. Trajo un cargamento de azogue, algunas pipas de pipa y botijas de aceite, regresando con toda felicidad a la península. Me imagino que sus pasadas experiencias lo desalentaron un poco, pues no llegó a obtener las utilidades con que había so hado. Y entonces se dedicó a patrocinar viajes sin moverse de Sevilla, con el producto de distintos negocios. Así es como llega el año de 1542, en que apareja una nueva nao con el mismo nombre de “Santiago”.

Mi tercer descubrimiento lo llevé al cabo hojeando y leyendo minuciosamente el tomo III de “Fondos Americanos del Archivo de Protocolos de Sevilla”, correspondiente al siglo XVI, tan pródigo en sonados acontecimientos históricos.

El dato está en la ficha 222, libro de 1542, oficio XV. Son varias actas levantadas por el escribano de Su Majestad, don Alonso de Cazalla.

La primera dice: ‘”Folio 249.- 26 de julio.- Asunto: Juan de Arratia, Antón Nicardo, piloto, señores de la nao “Santiago”, y Juan de Nocedal, maestre de dicha nao, se obligan con los jueces y oficiales de la Casa de la Contratación a que el dicho Juan de Nocedal llevará a Nueva España las mercaderías y pasajeros estipulados”. Fácil es deducir que ya Antón se quedaba en tierra, y que era Juan de Nocedal quien lo suplía, por cuenta de aquél, en los viajes, teniendo el primero como socio a un Juan de Arratia.

La segunda acta nos informa de esto: “Ante el mismo escribano Alonso de Cazalla.- Inés de Torres, viuda de Juan de Piñal, e Inés de Ojeda, viuda de Nufio Martín, se obligan a pagar a Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, 64 ducados de oro por una cámara en la nao de referencia y el pasaje de las otorgantes y tres personas más hasta Nueva España.- 26 de julio de 1542″.

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De igual fecha es la tercera acta, en estos términos: “Ante el mismo Alonso de Cazalla, escribano de Su Majestad.- Martin Sánchez se obliga a pagar a Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, de partida para Nueva España, 27 ducados de oro por su pasaje y el de dos esclavos hasta la dicha Nueva España”.

Y finalmente: “28 de julio de 1542.- Víspera de la salida.- Ante el mismo Alonso de Cazalla, escribano de Su Majestad.- Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, de partida para Nueva España,  recibe de Juan de Urrutia diferentes joyas que se especifican”. El 29 de julio se hizo a la vela la embarcación propiedad de Antón y de Arratia, que supongo la hayan despedido en uno de los rústicos muelles de madera que había en el Guadalquivir.

Ese año de 1542 fue de inusitado movimiento marítimo. El propio escribano Cazalla, que por lo visto tenía un trabajo abrumador, legalizó el contrato de fletamento entre Nicolao de Nápoles, señor y maestre de la nao “Santa María de los Valles”, y Gaspar Jorge, para que éste cargase en el barco 6 toneladas de ropa y 12 esclavos negros con destino a San Juan de Ulúa. El 4 de agosto embarcaron también para esta Colonia los primeros cerveceros, que venían a implantar su industria, atraídos por todo lo que se contaba de estas pródigas tierras de promisión. Eran ellos Baltasar de Bering y Martín Berbeque, maestros en la tal fabricación, y Juan Borgman y Juan Curinc, ayudantes, todos flamencos. Los había contratado en Sevilla Juan Rodríguez de Herrera, antiguo vecino de la ciudad de México que regresaba a la América, habiéndoles entregado antes de zarpar, cuatro y medio ducados de oro, al primero; 55 y medio ducados al segundo; 31 y medio ducados al tercero, y 16 al cuarto, que también era diestro en la preparación do aceites. Este dinero lo recibieron por concepto de anticipo, según consta en el acta levantada por el tantas veces mencionado Cazalla, escribano real. Al día siguiente, se concertó otro contrato de fletamento entre Francisco de Leiva, señor y maestre de la nao ‘San Juan”, y Tobías Marín, para que este último pudiese cargar en la misma nave 50 toneladas de mercaderías diversas, entre las que había 50 pipas de vino y ropa menuda, y 120 esclavos negros, todo consignado a San Juan de Ulúa.

A propósito del envío de esclavos de color a estas playas, logré averiguar hurgando asimismo en el “Libro Generalísimo Indiferente” expediente 258, folio 98, que los primeros desgraciados que pisaron tierra mexicana en tan tristes condiciones, fueron traídos, en número de 4,000, por los aventureros alemanes Enrique Aigner y Gerónimo Saylor, quienes los distribuyeron en las islas antillanas, dejando el resto para venderlos en la playa de Mocambo, inmediata a la Veracruz.

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Habían salido de Sanlúcar de Barrameda el 22 de abril de 1528.

Terminada satisfactoriamente mi investigación, con valiosas anotaciones de otros casos muy interesantes que fui encontrando en el curso de mi trabajo, pedí también que me sacaran copias fotostáticas de la forma impresa en letra gótica que empleaban los jueces de la Casa de la Contratación para el registro de las naos.

Un original muy curioso está adherido al legajo número 5,777 del “Ramo de Contratación” en el Archivo General de Indias. Su redacción, pintoresca como todo lo de tan lejana época, es la siguiente: “Los jueces oficiales de sus Cesáreas Catholicas Majestades de la Casa de la Contratación de las Yndias del Mar Oceano, que residamos (en lugar de residimos) en esta Muy Noble y Muy Leal tiitulada de Sevilla, mandamos a vos los visitadores de las naos que van a las Yndias, que vais a la nao nombrada (aquí el nombre del barco), de que es maestre (aquí el nombre de éste). Y así Ydo ved el buque de la nao y jarcias, velas y aparejos y armas y artillería, y otras municiones, y marineros y grumetes y pajes, y assí visto so cargo de vuestras conciencias, venid ante nos con esta visitación hazer nos relación delio y del porte que es esta nao, lo quai poned tambien a las espaldas desta, para que visto proveamos en ello lo que fuere justicia, y apercibid a dicho maestre que sobre cubierta, ni en el alcázar, ni en el castillo, no reciba mercadería ninguna, salvo solamente las caxas (con equis) de los marineros y grumetes y pajes y pasage- ros, so las penas contenidas en las ordenanzas desta Casa y ved si la dicha nao es de menos porte de ochenta toneles, porque si no los tiene no puede bolver a estos Reinos, so ciertas penas como Su Majestad lo tiene mandado hecho”. (Y aquí firmaban muy serios y muy circunspectos los señores jueces de la Casa de la Contratación.

De modo que el papeleo, del cual nos quejamos con frecuencia, nos viene de aquellos angelitos, allá por el primer tercio del siglo XVI, cuando ser maestre de nao era lo mismo que encomendarse a Dios, porque los traían materialmente acosados con tántas y tántas reales disposiciones, sin darse cuenta tal vez de que esos marinos eran los que arriesgaban sus vidas en la inmensidad del océano para intensificar el tráfico marítimo y engrandecer las finanzas de España. No sólo era esto, por lo que atañe a los famosos registros.

Los pilotos protestaron enérgicamente porque se les imponía o recomendaba, la pena de azotes, por los desmanes que pudieran cometer. No les pareció digna esta disposición, y elevaron un memorial al Real Consejo de Indias, que figura en el “Indiferente General” del Archivo. Lo firman, entre otros, Agustín Abrego, Pero Alvarez, Juan Begón, Pedro Bernal, Nicolás de Biscarra, Hernando Blas, Martin

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de Bonilla, Sancho de Capitillo, Juan de Carmona, Jerónimo Cataño, Bartolomé, Francisco y Juan Carreño, Antón Catalán, Cristóbal Cerezo, Juan del Condado, Antonio Corso, Antón Criado, Francisco Cruzado, Alonso Delgado, Francisco Díaz, Alonso Díaz Medel y el propio Antón Nicardo después de la rúbrica de su socio Juan de Nocedal.

Esta queja sirvió para que los jueces de la Casa de la Contratación suavizaran su energía, a veces injustificada, y también para que se hicieran reparaciones a la cárcel de la misma, que no reunía las menores condiciones higiénicas. Cárcel inmunda y lóbrega adonde iban a parar los marineros y grumetes que, después de una larga travesía, se embriagaban en las “tascas” o tabernas de los primitivos muelles de madera en Sevilla, Cádiz y Sanlúcar de Barrameda.

Pero sea ello lo que quiera, esa legislación que atendía al conjunto y no a los casos excepcionales y muy especialmente al bien del reino, procuró amparar y de hecho amparó a tales hombres que constituyeron con sus endebles pero intrépidos navíos el cordón umbilical de la Metrópoli con los países que aspiraban a ser descubiertos, y después con los descubiertos, conquistados y colonizados. Ellos mantuvieron la relación con valor, audacia y entendimiento, con olvido de sí mismos, en un constante desafío a la muerte. Esto es lo que constituye la base psicológica del marino: el reto a las fuerzas enfurecidas de la naturaleza, el desprecio frío y sereno al peligro, y no de una manera esporádica, por azar, por mala suerte, sino de una manera racional y constante. Para llegar a ello era preciso pasar por la prueba del fuego, o sea el examen, aunque, como ya dije, a veces el dinero ablandaba la temida energía de los sinodales. Pero si el examen se efectuaba, y a él se sometió Antón Nicardo, según consta en un documento irrefutable, la cosa era muy seria. Según lo estipulado en las Ordenanzas y en la Recopilación de las Leyes de Indias, mientras el Piloto Mayor y los cosmógrafos podían hacer al examinado todas cuantas preguntas quisieran, los demás miembros del jurado sólo podían formular tres, si bien, antes de hacerlas, habían de jurar que serían las más difíciles que supieran. Una vez terminado el examen, se procedía a la calificación del mismo, por medio de votación secreta, usando en ella habas y altramuces. (El altramuz es un fruto menudo y achatado, que se da en legumbre o vaina, y se cultiva preferentemente en Andalacía y Extremadura El que obtenía a su favor mayor número de habas, era aprobado, y por el contrario, al que más altramuces contaba, se le declaraba suspenso. En tiempos de Sebastián Caboto, al cual me referí antes, la calificación se daba conforme a los votos de los que integraban el severo tribunal, levantándose una acta que legalizaba un escribano público.

Asombra pensar que no sólo eran hombres rudos, avezados al

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peligro, los que valerosamente se metían en las cuatro tablas mal clavadas de una nao, paa perderse en el infinito azul del mar, sino que con ellos arrostraban también la aventura las mujeres y hasta los niños pequeños de quienes venían a la América en pos del “Vellocino de oro”. Si en el recorrido de Sevilla a la Indias podía, como término medio calcularse que se invertían unos siete u ochos días hasta Las Canarias, veinticinco o treinta de allí a Santo Domingo, la Habana o la Deseada –puntos de bifurcación de las flotas de Nueva España y de Venezuela, Nueva Granada y Tierra Firme-; más doce o quince días y aun dieciocho, ya se tratase de venida o de regreso, desde La Habana a Veracruz y desde La Deseada a Cartagena y Portobelo, la duración de las escalas, no obstante estar minuciosamente prescrita , era muy difícil calcularla con exactitud, sin contar con que la invernada en estas tierras a menudo se prolongaba hasta seis meses. En el mejor de los casos las flotas no retornaban a Sevilla hasta nueve meses después de su salida, ni se prevenían más de dos salidas al año para la América.

Nuestro personaje debe haber usado ya el astrolabio inventado por Alonso de Chaves, a quien se le nombró cosmógrafo oficial de la Casa de la Contratación por real cédula del 4 de abril de 1528. Fue entonces un instrumento muy útil, que ahora nos parecía hasta pobre y ridículo, pero que constituye una de las reliquias históricas que guardan las vitrinas del Museo Naval de Madrid. Solamente las flotas que zarpaban con rumbo a esta Nueva España, merecieron la distinción de traer un piloto mayor, según lo cuenta Veitia de Linage en su obra intitulada “Norte de la Casa de la Contratación”, en su libro II, capítulo IX, página 139. Obra que fue impresa mucho después por Juan Francisco de Blas, en Sevilla, el año de 1672.

Por lo que respecta a Antón Nicardo es casi seguro que haya recibido el tratamiento de capitán, pues ya el cronista Joaquín Hazañas y de la Rúa asienta en su libro “Vazquez de Leija”, lo siguiente: “En cuanto al título de Capitán preciso es tener en cuenta que los individuos de la Universidad de Mareantes de Sevilla, corporación formada por los dueños y maestres de las naves que hacían el comercio de América, podían todos usar y usaban el título citado, habiendo por tanto quien lo llevaba sin haberse embarcado nunca”.

El 20 de noviembre de 1956, ante la nada grata perspectiva de que las pesetas se iban por distintos conductos, muy a mi pesar tuve que resolver mi regreso a la “suave Patria”. Para embarcarme, ya no era necesario cruzar de nuevo España y hacerlo en cualquiera de los puertos del Cantábrico, sino irme simplemente a Cádiz, separado de Sevilla por tres horas de camino en lo que ellos llaman un “autocar”. Fue así como subí por la escala del “Marqués de Comi

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llas”, una mañana húmeda y fría en que el temómetro había descendido a los cuatro grados bajo cero. Caía una llovizna pertinaz, y todo Cádiz se arropaba en el manto sutil de la bruma.

Como bagaje espiritual traía yo el resultado de mis investigaciones: 43 datos relacionados directamente con las pacientes obras que se fueron ejecutando al través de los siglos para concluir la fortaleza de San Juan de Ulúa; 15 casos desconocidos que tuvieron como escenario a la Nueva Veracruz, cuando se trasladó de La Antigua al lugar que hoy ocupa, iniciando su flamante existencia con el nombre de “Ciudad de Tablas”, y lo más importante aún: la identificación clara y precisa del “maestre y señor de nao” que dio su nombre a la punta geográfica que todos conocemos, ingresando así a la toponimia mexicana.

Lo había hecho todo a base de mi propio esfuerzo, y regresaba feliz y satisfecho, con el regocijo interior que produce el darse cuenta de que no se había perdido tan excelente oportunidad. Voy a terminar esta plática, pues de ningún modo alcanza la categoría de una conferencia, con las muy atinadas palabras del historiador hispano don José Pulido Rubio, autor de un documentado libro sobre la recia personalidad de los pilotos mayores que pasaron, dejando huella indeleble, por la Casa de la Contratación. Tuve ocasión de saber que fue uno de los que mejor abrevaron en esa fuente maravillosa de consulta que es el Archivo General de Indias. Dice lo siguiente: “La acción encaminada a trasmitir a los demás el hecho histórico estudiado, es un mandato de la realidad. No todos se pueden poner en contacto directo con las fuentes históricas, para sentir el hecho histórico. Por esto, la misión del historiador ha de consistir en hacer sentir a los demás lo que él siente, cuando se trata de obras de conjunto, y si de obras de Investigación, procurar además poner al alcance el mayor número de fuentes, mediante copias, dibujos, fotografías, para que penetrando directamente el oyente o el lector en el corazón de las mismas, pueda mejor sentir los hechos que se relatan. Por lo que hace al investigador, el alma ya lanzada por los derroteros de la vida espiritual, no puede detenerse: se continúa deseando, se continúa queriendo, se continúa trabajando. A una desilusión, sigue una nueva esperanza, a un saber conseguido, el ansia de conquistar otro, a un enigma descifrado, la ilusión de encontrar otro más obscuro que aclarar, y así se continúa en inquietud permanente”.

Palabras que hago mías porque corresponden exactamente a mi estado anímico. Que esta modesta investigación, sirva de punto de apoyo para que nuevas generaciones ahonden más en el asunto, y de ese modo se vaya enriqueciendo más y más la historia de México y particularmente la de Veracruz. Para los señores que patrocinan

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gentilmente el programa de radio y televisión por medio del cual se aspira a ganar el Gran Premio de los 64,000 pesos, mi más encendida gratitud, porque gracias a esa recompensa, con la que jamás había soñado, pude hacer realidad un viejo sueño. Mi gratitud también para todos, sin excepción, los que me orientaron y me ayudaron servicial y amablemente en los momentos en que más desesperaba de no poder reivindicarme, obteniendo el dato anhelado. Gratitud que guardo también para la Secretaría de Marina y el H. Ayuntamiento de esta ciudad y puerto, al inyectarme un gran estímulo con el patrocinio de mi plática, que ha permitido reunir esta noche, para mí inolvidable, a grandes y cultos representantes de las letras, que vinieron especialmente desde la ciudad de México a acompañamos.

Gratitud, sí, para las instituciones que, como el Ateneo Veracruzano, pugnan por la difusión de la cultura. Un saludo muy cordial, desde aquí dentro, a la Heroica Escuela Naval Militar, a la Escuela Náutica “Fernando Siliceo” y al Instituto Veracruzano, donde ilustres maestros modelaron nuestros espíritus, preparándonos para la lucha por la vida.

Saludo que también envío, muy afectuoso, a mis queridos compañeros de “El Dictamen”, decano de la prensa nacional. Y para ustedes, señoras y señores, el reconocimiento amplio y sincero por haberme escuchado esta noche pacientemente. Al hacer un mutis discreto por la derecha, mi recuerdo va hasta aquellos valientes marinos que no se arredraron ante la imponente anchura del mar. Sucesivamente fueron dejando la “galeaza”, que todavía empleaba remos a la par que velas; la “carraca”, que no rendía grandes ventajas, y se hicieron señores en el “barinel” portugués y en la “carabela” española, por todos los rumbos y bajo la luz parpadeante de todos los astros.

He dicho.

***

Notas relacionadas:

Biografía de José Peña Fentanes (Pepe Peña).

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