Skip to content

1956: Un amor de Doña Beatriz del Real.

29 octubre 2016
Fragmento de la ilustración del relato

Fragmento de la ilustración del relato “Un amor de Doña Beatriz del Real” Autor: Francisco Fernández Terán.

*

Francisco Broissin Abdalá escribió a mediados del siglo XX un relato teniendo como tema secundario la Leyenda de la Condesa de Malibrán, denominándolo: “Un amor de Doña Beatriz del Real”. Él lo denominó leyenda pero en realidad es una narración de ficción propia, hasta se podría definir como un cuento;  en donde el protagonista es un personaje ficticio  llamado don Juan de Gasca y Gómez Díaz, descendiente de una familia noble española, narrando desde su llegada a la ciudad hasta su muerte en manos de verdugos sirvientes de Beatriz del Real. La leyenda popular que tiene como protagonista principal a Beatriz del Real, en este relato solo sirve de trasfondo.

En el prólogo del libro, el autor aclara esto:

“Estas “Leyendas de Veracruz” son una modesta recopilación de las tradiciones que allá en años mozos escuché de labios de los ancianos. Han sido escritas, como es natural, sin un estricto apego a esas narraciones, y sí con un mucho puesto por la imaginación; pero sírvame de disculpa el que todas las consejas brotan espontáneamente, y cada quien las reforma a su gusto y a su estilo, pero siempre conservando su fondo inicial. Y esto es lo que he buscado.”

Aunque el autor se contradice al indicar que es una “recopilación” pero “un mucho puesto por la imaginación”, es una buena advertencia para leerla sin tomarla como una verdadera leyenda.

El autor fue un periodista y escritor nativo de la ciudad, siendo más conocido a nivel popular por su libro “Leyendas de Veracruz”, en donde incluyó este relato que se comparte ahora. Esta es la versión que se publicó en la segunda edición en 1956, (1) pero se conoce otra publicada en “Escritores veracruzanos: reseña biográphico-antológica” de 1945, (2) entre ambas solo hay pequeñas variantes en la redacción.

Los siguientes párrafos sirven como ejemplo de las diferencias:

1945:

“…y frente al palacio de doña Beatriz, pasa ahora un acicalado mancebo que nerviosamente retuerce las guías de sus mostachos, y posa la enjoyada mano sobre el pomo de la larga tizona, en el plan de conquistador más grande, en su pensar, que se ha presentado a la señora marquesa.”

1956:

Poco después veíase pasar por frente al palacio de la señora Condesa de Malibrán a un acicalado mancebo que nerviosamente tuerce las guías del mostacho, y posa la enjoyada mano sobre el pomo de la larga tizona, en el más genuino plan de conquistador de corazones, que, a su pensar, se hubiere presentado a doña Beatriz del Real…”

En la publicación de 1945, se confunde el título nobiliario y le atribuye el de “Marquesa” aunque en otras partes del mismo texto le asigna el de “Condesa”; en 1956, quita esa palabra y uniformiza todo el texto sólo con el título de “Condesa”.

Sobre la leyenda poco puede decirse ya que solo da generalidades; al comentar sobre su belleza, lo que se rumoreaba de ella sobre brujería,  que había llegado hacia poco, pero no aporta datos precisos, no sugiere, ni precisa donde quedaba la casa en la ciudad, ni el nombre de la puerta de la ciudad por la que la vio entrar, por señalar dos datos.  Hasta podría decirse que la historia podría estar ubicada en cualquier ciudad porteña, a no ser que menciona a la “Villa Rica de la Vera Cruz” que por cierta esta ciudad nunca fue “Villa Rica”, para mayor precisión en ese entonces la ciudad se llamaba “Nueva Veracruz”; la ciudad que había tenido el nombre de “Villa Rica de la Veracruz” estaba y todavía está a orillas del río Huitzilapan, hoy conocida como La Antigua.

*

UN AMOR DE DOÑA BEATRIZ DEL REAL.

Autor: Francisco Broissin Abdalá

Don Juan de Gasca y Gómez Díaz, hidalgo valiente y arrogante, desembarcó en las playas de la Villa Rica de la Vera-Cruz, una mañana canicular del año de gracia de 1 . . . después de hacer un accidentado viaje desde las Españas, a bordo del galeón “María Mercedes”, que hacía un recorrido similar a la ruta que siguiera don Cristóbal Colón, para seguir después y terminar su travesía en la Villa Rica.

Era don Juan de Gasca y Gómez Díaz el tercer vástago de una noble familia, a cuyo primogénito se dedicó al servicio de las armas del Rey; al segundo, Dios lo llamó para que le sirviera en el sacerdocio; y sólo don Juan no encontró ocupación digna de su condición, aunque a fe que no le preocupaba mucho aquello mientras que en la casa señorial de los Gasca y Gómez Díaz tuviera pitanza segura y doblones en el bolso.

Pero un buen día, picóle a don Juan el mosquito de las aventuras; tanto oía hablar de la Nueva España, que sin pensarlo poco ni mucho empaquetó sus mejores trajes, reunió sus joyas, saqueó la faltriquera de su hermano el Capitán, y, previo acto de contrición recogió la limosna que en su iglesita había recaudado durante ocho días su venerable hermano el sacerdote, se encomendó devotamente a todos los santos del cielo, y partió para la tierra extraña que ardía en deseos de conocer. Fué así como nuestro héroe se encontró en la Villa Rica de la Vera-Cruz, aquella mañana canicular en que hasta las piedras despedían rayos de fuego.

Encontró acomodo don Juan en una de las mejores hostelerías, y después de acicalarse como correspondía a hombre de su linaje que busca aventuras de cualquier guisa, lanzóse a las calles ansioso de lucir su gallardía, (qué bien gallardo era nuestro don Juan), y comenzó a recorrer la ciudad, pues que una voz interior decíale que aquí encontraría las emociones que le incitaran a venir a estas playas tan remotas.

Así, en su recorrido, sorprende a don Juan la noche; pero la obscuridad no le arredra y con su característica audacia se aventura sin temor alguno en las sombrías callecillas o por los tortuosos callejones; únicamente por precaución empuña la daga cuajada de pedrería que le obsequiara un buen marido agradecido por las atenciones que le mereciera su mujer, y reposadamente, con ese paso lento y majestuoso que era digno de prosapia, prosiguió su camino, hasta que ante sus ojos desemboca cerca de una de las puertas de la ciudad un brillante cortejo que da escolta a bellísima dama, que señora principal debe ser puesto que todos le rinden homenaje. Don Juan contempla a la dama, y ésta lo mira fijamente al pasar por su lado, mientras que el aventurero siente que algo extraño recorre todo su ser.

¡Y a fe que la señora doña Beatriz del Real, Condesa de Malibrán y dama de otros títulos nobiliarios muy esclarecidos, es una realísima hembra, que con una carita de ángel, un cuerpo escultural, y una gracia irresistible, trae de cabeza a todos los señores de la Villa Rica, quienes por cierto no hacen caso alguno de ciertos rumores que dicen de pactos con el demonio, de contubernio con seres infernales, o de algo sobrenatural, y todos siguen cual falderillos a esa soberana belleza que es la reina de la ciudad!

La calle está ya desierta, pero don Juan permanece estático, fija la mirada por donde desapareciera la hechicera mujer. ¡No sabe quién es ella, pero sí sabe que la anhelada aventura está ya en puerta! Se lo dice así el desordenado latido de su corazón, y la extraña mirada que se le clavó en el cerebro, mirada cuyo verdoso resplandor tiene ante sí.

Nuestro don Juan sigue su camino; va embebido en pensamientos agradables en los que la heroína es la linda para él desconocida, y él, pues no podía ser menos que el protagonista.

Bruscamente es arrancado de sus pensamientos. ¡Un lamento terrible; un alarido salvaje atraviesa el espacio hasta alcanzar un extraordinario fragor, y va a perderse a lo lejos, dejándolo con los cabellos erizados y el cuerpo escalofriado!

¡El quejido horripilante que, pasado los años, quitará el sueño a los pacíficos vecinos de la ciudad,  había sido escuchado por primera vez por don Juan de Gasca y Gómez Díaz!

Pero el mancebo no se arredraba, y pasado el momento de pavor, sigue su camino hasta cruzarse con un caballero a quien detiene para preguntarle gentilmente a qué se debe lamento tan horripilante; la sorpresa es muy grande pues recibe por contestación que nada se ha oído. Hace la misma pregunta a varias personas, y nada, nadie ha escuchado nada.

¿Es pues, esto un aviso dedicado exclusivamente a mí?, se pregunta; y nuevamente ante su imaginación se aparece la mirada de aquellos ojos verdes, profundos y misteriosos, que arrojan reflejos endemoniados.

Pero don Juan está enamorado; don Juan suspira y vuelve a suspirar; y llega por fin a su albergue después de haber indagado el camino, que si no lo hiciera no hubiese encontrado la hostería. Y tiene, como es de rigor en estos casos, sueños muy extraños, sueños en los que se enlazan la desconocida que le ha cautivado, el salvaje quejido de agonía espantosa, y otros detalles más que le hacen pasar una noche agitada y sin descanso, pues que apenas conciliaba el sueño, resonaba el terrorífico alarido en sus oídos y le hacía despertar sobresaltado y hasta hubo vez que empuñara su daga y buscara bajo la cama y tras las cortinas, esperando encontrar algo. Más apenas aparece el sol, ya don Juan está de pie y a poco sale de la hostería, dispuesto a averiguar todo lo que pueda acerca de la dama y también acerca del grito espantoso que no lo deja tranquilo ni un momento.

Recorre don Juan los palacios de ricos hidalgos, igual que las miserables pocilgas de gentes del pueblo; nadie ha escuchado el grito horroroso, pero todos, ricos y pobres, están de acuerdo en que la dama es la muy ilustre señora doña Beatriz del Real, que ha concedido a la ciudad el privilegio de su presencia desde hace algún tiempo; y en voz baja, alguien ha insinuado al preguntón algo acerca de brujas y aquelarres, lo que despierta en el galán, no recelos ni desconfianzas, sino iras y disgustos en contra de los que se atreven, envidiosamente, a lanzar tamaño desacato a dama tan gentil.

Poco después veíase pasar por frente al palacio de la señora Condesa de Malibrán a un acicalado mancebo que nerviosamente tuerce las guías del mostacho, y posa la enjoyada mano sobre el pomo de la larga tizona, en el más genuino plan de conquistador de corazones, que, a su pensar, se hubiere presentado a doña Beatriz del Real…

II

Cierta noche don Juan Gasca y Gómez Diaz, malhumurado y con desaliento, puesto que no ha logrado volver a contemplar a la dama de sus pensamiento, desemboca en la calle que da al palacio de está,  y al volver la esquina tropieza con violencia en contra de un embozado que ha de ser caballero, pues que el porte es de tal.

“Vive Dios, imbécil, fijáos donde andáis” — ruge el desconocido agresivamente.

“Lo de imbécil lo podéis masticar, asno enjaezado, y ando por donde quiero al igual que esta hoja toledana está dispuesta a ayudaros a hacer la digestión”, — es la rápida respuesta de nuestro amigo, que como puede verse, tiene el genio bastante vivo.

Y tan vivo o más lo tiene el desconocido, que se desemboza y desenvaina la espada. Los aceros se cruzan, y en menos tiempo que se tarda en decirlo, don Juan de Gasca y Gómez Díaz recibe en el pecho algunas pulgadas de acero. Con esas pulgadas de acero dentro del pecho nadie puede permanecer en pie, y esto fue lo que ocurrió a don Juan, que rueda por los suelos, cosa que es de rigor en tales casos, manchando de sangre y lodo el rico traje que estrenara en ese día para ver si lucirlo podía ante su dama.

El ruido del breve combate atrae a la ronda que veloz se acerca; pero el desconocido, vuelto a embozarse, ríe sarcásticamente y desaparece;  sólo flota en el ambiente un penetrante olor a azufre, y los hombres de la ronda sienten para sobre si un hálito de muerte, mientras recogen el cuerpo inanimado del desventurado galán.

Los curiosos que nunca faltan en estos casos, ven entonces que las puertas del palacio de doña Beatriz del Real se abren para dar paso a un grupo de servidores, quienes explican a los guardias que su señora es amiga del herido y desea encargarse de su más rápida curación para evitarle mayores males. Y el solo nombre de doña Beatriz es mágico conjuro para que se acceda solícitamente a sus deseos, con lo que don Juan de Gasca y Gómez Díaz, sin saberlo, se encuentra aposentado en el palacio de su adorada, con el pecho taladrado por la dolorosa herida.

III

Pasan los días; don Juan es nuevamente el hidalgo gallardo que enajenara su alma al encanto de la Condesa de Malibrán; y pide permiso de ésta  para agradecerle por salvarle la vida. Entonces, por vez primera, el doncel se encuentra frente a la doña Beatriz; toda su audacia desaparece; toda la elocuencia de que diera muestras brillantes en ocasiones bien parecidas a ésta, se ha esfumado. Sólo queda un hombre enamorado, ante una bellísima mujer que sabedora de su influjo, le aplica el irresistible embrujo de su mirada verdosa.

Y el hombre se postra ante ella como si fuera una divinidad: todo desaparece de su vista para solo ver a Ella, la mujer hechicera que su corazón anhelaba y los reflejos demoníacos de los ojos verdes figúransele tiernas miradas de querube; todo parece un sueño, hasta que sin explicarse el milagro, don Juan de Gasca y Gómez Díaz, se encuentra en los brazos de doña Beatriz del Real, la hechicera Condesa.

Como la necesaria continuación del sueño, así pasa la vida don Juan en el palacio de la misteriosa dama. Él, que nunca dejara de ir los domingos a escuchar la misa, si no devotamente, cuando menos, como casi todo el mundo, para que vean que cumple, no recuerda ya ese tiempo; él, que siempre salía a lucir su gallardía en calles y plazas, permanece ahora en su habitación, viviendo nuevamente con la imaginación los hechizos de su dama, a la que dedica para adorarla cada día, cada hora, cada minuto.

Don Juan  espera confiado, puesto que “Ella” le ha prometido una sorpresa muy agradable.

IV

Lánguida, aparece ante el caballero la Condesa; un estrecho abrazo los confunde; los labios se unen con ese fuego que sólo la pasión enciende… y el hidalgo tiene un brusco despertar para  encontrarse en poder de los hombres de armas de doña Beatriz, atado de pies y manos, en el centro de una sala de tormentos en la que su mirada espantada descubre toda clase de instrumentos de tortura nunca imaginados.

¿Qué ha pasado? —se pregunta; ¿Dónde está doña Beatriz? –inquiere-; y sólo le responden las risotadas y sarcasmos de los verdugos que preparan un instrumento desconcertante en el cual colocan al infeliz hidalgo.

¡Después…  gritos de agonía!, clamores de espanto; los muros de piedra se estremecen ante el dolor de aquellas quejas, mientras la soldadesca encanallada, aprieta… aprieta… aprieta… hasta las paredes saltan trozos de carne sangrentadas; los pisos desaparecen entre ríos de roja y joven sangre; y así también de rojo están teñidos los verdugos, cual monstruos del infierno.

Por fin, el silencio, el Gran Silencio…

Don Juan de Gasca y Gómez Díaz, ha pagado su amor a doña Beatriz del Real, Condesa de Malibrán.

*

Fuente: Broissin Abdalá, Francisco, Leyendas de Veracruz, 2ª. edición, México: Editorial Grijalva, 1956, pp. 93-100.

***

Referencias:

(1) Broissin Abdalá, Francisco, Leyendas de Veracruz, 2ª. edición, México: Editorial Grijalva, 1956. pp. 93-100

(2) Illescas, Francisco R, Escritores veracruzanos: reseña biográphico-antológica, México : Imprenta Veracruz, 1945, pp. 654-659

***

Notas relacionadas:

Dar click sobre imagen para leer todo sobre

Veracruz banner Malibran Beatriz del Real 01

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: