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1861: La tradición de Malibrán.

13 junio 2016
Ruinas de Malibrán en 1847, durante la invasión estadounidense. Grabado hecho en base a un dibujo de George C. Furber.

Ruinas de Malibrán en 1847, durante la invasión estadounidense. Grabado hecho en base a un dibujo de George C. Furber.

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En 1861, Nicolás Pizarro Suárez incluyó la leyenda de Beatriz del Real en la novela “La Coqueta”, esta versión es la más antigua que se conoce y presenta características que la diferencian de las versiones publicadas en el siglo XX. El texto que se reproduce se tomó de la edición de 1982.

Primero conviene hacer los siguientes comentarios:

Esta es la primera vez que la leyenda aparece en algún escrito conocido. Pizarro rescató la leyenda de la mano del capitán Sebastián I. Campos:

“… el venerable Pizarro Suárez, mi compañero en los paseos á las ruinas de Malibrán, cuya leyenda tradicional, la de Da. Beatriz del Real, le agradó tanto, que después, en su bonita novela La Coqueta, la hizo figurar en dos ó tres capítulos en los cuales colaboré…” (1)

La leyenda está incluida en una novela por lo tanto el autor se tomó la libertad de narrarla como lo requería, sin la obligación de transmitirla tal como la escucho, ni de quien lo hizo y mucho menos de investigar la veracidad de los datos.

El autor solo se refiere a la leyenda como “La tradición de Malibrán” y al personaje central no le atribuye ningún título nobiliario, por otro lado, la narración  contiene  varios datos, que aunque distorsionados, se pueden relacionar con la historia real de los personajes nombrados.

 Temporalidad. De entrada la ubica a principios del siglo XVIII o alrededor de 1700, aunque da la impresión que el autor solo tuvo la intención de ubicar el hecho narrado en un tiempo lejano a su momento, como una manera  de marcar distancia, no  establecer una época precisa. Algunos autores del siglo XX y actuales, han tomado este dato como real; incluso a uno que otro le ha servido como pretexto para hacer contemporánea a Beatriz del Real y su hacienda con Lorencillo y el ataque de 1683. Nada más falso. La etapa adulta de Beatriz del Real transcurrió durante la segunda mitad del siglo XVIII y falleció en 1802. El autor señala que las apariciones dejaron de suceder y por lo tanto, poco a poco se fue olvidando. Lo que explica que tan solo unos 50 años después, ya se había olvidado su ubicación en el tiempo.

Título nobiliario. En ningún momento, el autor relaciona al personaje con un título nobiliario, solo apunta una vaga e incierta creencia de que “descendía por línea transversal de los reyes de España”. Esto, seguramente, avivo la imaginación y popularmente se le atribuyó el título nobiliario que le daría mayor alcurnia al personaje. Esto sin duda se conjugó con que se aseguraba había tenido su casa habitación en la calle llamada “Condesa”, así que es de suponerse que no se tardó en relacionar uno con lo otro, resultando la creencia de que el nombre de la calle se había puesto por el título de Beatriz. Un supuesto falso, porque el nombre de la calle ya existía, por lo tanto, fue del nombre de la calle de donde se tomó lo de “condesa” y no al revés.  A principios del siglo XX se le atribuía tanto el título de “Condesa” como “Marquesa”, y que puede presumirse, que ya avanzado el siglo XX, es cuando empieza a predominar lo de “condesa” y además, se añade al título  el nombre de su hacienda: “Condesa de Malibrán”.

Matrimonio. Beatriz del Real no estuvo casada con Juan Malibrán. Beatriz se casó en 1751 con Lorenzo de Arrinda, en 1765 enviuda, se volvió a casar en 1771 con Miguel Laso de la Vega, y en 1795 quedo viuda, nuevamente. La que contrajo matrimonio con Juan Malibrán fue su hermana María Magdalena, el 5 de julio de 1757. Juan murió en 1766. Como dato curioso, Pizarro puso el nombre de Magdalena a la protagonista de su novela y la hacía descendiente de Beatriz. ¿Coincidencia o el autor conocía el nombre de la hermana de Beatriz?

Esterilidad y brujería. No se menciona la esterilidad de doña Beatriz. Ni se le relaciona con brujas o la brujería.

Los pecados. Solo se le atribuye la crueldad con sus esclavos, su gusto por la fiesta y por ser “de costumbres no muy rígidas”

El padre Burgos. El autor especifica que las apariciones de Beatriz duraron varias generaciones, hasta la llegada del padre Burgos a la capilla del Santo Cristo. El padre Esteban Antonio de Burgos llego como teniente de cura de la capilla en 1786. Evidentemente, hay un error en la cronología de la leyenda narrada por Pizarro, ya que Beatriz murió hasta 1802, así que difícilmente podría ser un fantasma en 1786.

El padre estuvo muchos años a cargo de la capilla, el ultima documento localizado firmado por él es del 30 de diciembre de 1808, pero no se sabe cuándo dejó la capilla. La firma está muy temblorosa lo que denota edad avanzada. Por lo tanto, si sucedió el encuentro entre el padre Burgos y el fantasma de Beatriz debió ser a los pocos años de su fallecimiento y no varias generaciones después.

Beatriz y el padre Burgos se conocieron y tuvieron cierto trato cercano, hasta el punto que ella lo nombró como uno de sus albaceas.

Por último, hay que destacar que los tres personajes mencionados en el relato son reales, solo hay diferencia en su temporalidad, que se pueden entender a partir de la misma explicación que ofrece el autor: “no volvió a verse la terrible aparición, y poco a poco fue perdiéndose el recuerdo de doña Beatriz del Real…”

***

LA TRADICIÓN DE MALIBRÁN.

Debemos anteponer para las personas que no conozcan la población de Veracruz, y el desarrollo notable de inteligencia que muestran los negros y los descendientes de éstos en la costa, que nada es tan común como oír aun entre individuos de la última clase del pueblo, alguna conversación bien seguida, con frases adecuadas, que atraen la atención del viajero, principalmente por la propiedad de las voces y su acentuación del todo castiza.

Francisco, que pasaba una gran parte del día en el café dedicado a la charla, era todavía más notable por cierto talento imitativo y de asimilación, en virtud del cual se apropiaba desde luego aquellas expresiones que le parecían de grande efecto, repitiéndolas con cierto magisterio cómico.

Tomando en esta vez el aire de suficiencia con que acostumbraba hacer sus relatos ante el auditorio de cargadores y guardafierros que de continuo le rodeaba en el café, comenzó así su relación:

-La historia de que voy a ocuparme es larga y antigua.

Andrés se sonrió sin interrumpirle, y el criado continuó como si leyera en sentido histórico.

-Hace unos ciento cincuenta años, según me han referido algunas personas de edad muy avanzada, vivía extramuros de esta ciudad doña Beatriz del Real, casada con un señor Malibrán; ambos eran sumamente ricos y de tan elevada alcurnia, que se ha creído que la señora descendía por línea transversal de los reyes de España. Poseían un magnífico castillo a una media legua de aquí, hacia el Sur; al lado del castillo tenían habitaciones para muchos esclavos, y los edificios necesarios para varios trabajos en gran escala que había sistemados, cercado todo por un extenso valladar, que además encerraba un jardín delicioso. De estos objetos no existen ahora más que ruinas imponentes y todavía espaciosas, a pesar del abandono absoluto en que han estado por espacio de un siglo, que permiten conjeturar lo que fueron.

-¿Esas ruinas son la que se divisan más allá de la Laguna de los Cocos, abajo de Casa Mata? –preguntó el joven.

-Exactamente, y llevan el nombre de Malibrán, único recuerdo que queda del marido de doña Beatriz, tal vez porque murió con mucha anticipación respecto de ésta, o acaso por la importancia que gozaba la castellana, quien recibía la primera visita de los virreyes con los que seguía después en correspondencia epistolar.

La tradición cuenta que doña Beatriz era hermosísima, cruel hasta el extremo con sus numerosos esclavos, y de costumbres no muy rígidas. Señora de horca y cuchillo, ella misma ejercía la justicia entre sus súbditos, sin que nadie osase indagar lo que pasaba en el interior del castillo, ni menos moderar su crueldad. No es de extrañarse que con tan duro despotismo, su servidumbre fuese humilde, quieta y laboriosa, y que acrecentase día a día el caudal de la señora.

Diariamente se le veía al caer la tarde atravesar la llanura, y luego las calles de la ciudad, en un carruaje tirado de fogosos caballos. Al oír el ruido, que no podía equivocarse con el de otro carruaje, pues entonces no existía sino el suyo, las madres hacían la señal de la cruz sobre sus hijos, porque era general la creencia que había de que estaba condenada en vida.

El coche se detenía en la calle de la Playa en una casa que tiene el frente hacia los almacenes de artillería, que eran también de doña Beatriz, y que como la de extramuros se halla en ruinas. Permanecía en ella hasta la media noche, en una sociedad de nobles de ambos sexos y ricos mercaderes, que se abandonaban a toda clase de satisfacciones, inclusas las prohibidas. Se bebía, se jugaba, se galanteaba, y terminada la tertulia regresaba doña Beatriz haciendo sentir el ruido de su coche en lo más hondo de la envidia de los dormidos habitantes, que se sobresaltaban con aquel ruido mientras no llegaron a acostumbrarse; pasaba por la puerta de Merced, que ya encontraba abierta, apagándose poco a poco el rumor según que iba avanzando sobre la arena y césped que cubren la llanura.

Así vivió por largos años, sin que en todos ellos se supiese que tuviera alguna vez clemencia con sus esclavos, tratándolos con sumo rigor hasta su muerte, siendo tan implacable con ellos que, según he oído decir, dejó un fuerte legado para que se emplease en cadenas, a fin de sujetar a los que quisiesen rebelarse. Razón fue ésta, y muy poderosa a mi juicio, para que en la primera noche después de enterrada viniese a penar.

-¿A penar, y tan pronto?

-Sí, señor amo; esa noche comenzó a oírse de nuevo el ruido del coche de doña Beatríz, sólo que desde entonces venía a las doce, precedido de un esplendor como de fuego en dirección de Malibrán, que se iba aumentando conforme se acercaba el coche a la ciudad, a la que entraba como siempre por la puerta de Merced, precediéndoles dos enormes perros negros que venían despejando el campo, gracias al fuego que arrojaban por ojos y boca. La comitiva dejaba a su paso un olor de azufre con la particularidad de que para poder distinguirla de doña Beatriz toda envuelta en llamas por supuesto, era preciso estar con gran atención esperándola, precisamente a la hora en que daba la primera campanada de las doce, en el reloj de la parroquia, que era la misma iglesia de la Merced que hoy se ha desplomado. Después de este momento ya no era visible.

El coche llegaba hasta su antigua casa que estaba desierta, pero se abría la puerta del zaguán por sí sola iluminándose los aposentos; volvía a cerrarse la puerta inmediatamente, de manera que lo único que podía distinguirse desde la calle eran las parejas que se ponían a bailar la zepirupa.

-¿Y quiénes bailaban? –preguntó Andrés conteniendo la risa.

-Los diablos seguramente, u otros condenados en compañía de doña Beatriz.

-¿Y qué tanto duraba ese sarao?

-Media hora solamente, era el tiempo en que se lograba oírse el son de una música.

-Que sería infernal.

-No, señor amo; porque se repetía lo mismo que había hecho doña Beatriz en vida; se oía también el ruido del oro, porque había juego, y algunos llegaron a ver fantasmas abrazados uno del otro que se estrechaban amorosamente, y en medio de la danza se daban unos horribles besos que resonaban estrepitosamente.

Concluido el baile, doña Beatriz se volvía a su castillo con el mismo infernal acompañamiento, y apenas entraba en Malibrán, comenzaba a oírse ayes y quejidos lastimeros, y el chasquido de los latigazos, que en aquella hora recibían los esclavos acompañado todo con ruidos espantosos de grillos y cadenas que se arrastraban por el suelo. Esto duraba hasta el primer canto del gallo.

-¿Pero quién oía eso? –se atrevió a objetar Andrés.

-¿Quién había de ser?, los habitantes de las vecinas rancherías, y algunos traficantes que pasaban por Malibrán en la madrugada.

Así las cosas, corrían los años transmitiéndose la historia de la aparición de unas generaciones a otras, hasta que pasó a residir extramuros un sacerdote a quien le fue encomendada la capilla del Cristo del Buen Viaje, y a quien inmediatamente le impusieron de lo que ocurría, suplicándole que como sacerdote hiciera cuanto estuviese a su alcance para desterrar aquella terrible aparición. El sacerdote, conocido con el nombre del padre burgos, dícese que después de haberse preparado convenientemente para atacar a los espíritus malignos, rodeándose de los santos óleos y de reliquias que había en la iglesia, dejó que pasase a la ciudad una noche el infernal carruaje, yendo en seguida enteramente solo a tomar asiento en el puente del Tenoya, lugar por donde precisamente tenía que pasar doña Beatriz, a la hora en que regresaba el carruaje, y cuando le vio salir de la ciudad, empuñó en una mano los óleos sagrados y en la otra un crucifijo pequeño que llevaba a prevención, y a la distancia conveniente, sin amedrentarse por el extraño espectáculo que se presentó a su vista, dirigió la palabra a doña Beatriz mandándole que en el nombre del Salvador de los hombres, le dijese el motivo que la precisaba a volver a este mundo, del que hacía tiempo había salido. Doña Beatriz le contestó con voz doliente y cavernosa, que sólo por permisión divina se veía obligada a abandonar su sepulcro, con objeto de compurgar los grandes pecados que había cometido, representando las escenas que en vida formaban todo su placer, y que ahora sólo le servían de pena y mortificación; que esto duraría aún muchísimo tiempo, si por su buena suerte no se hubiese movido el mismo padre a arrostrar con tan grande valor el peligro de habérselas con los espíritus infernales que la atormentaban; y que supuesto que estaba elegido por Dios para hacer que cesasen los dolores y tormentos que sufría, le rogaba que fuese a su casa de Malibrán, y en un extremo del segundo patio, hacia la izquierda, cavase la tierra y extrajese una cantidad de dinero que había allí enterrada, y que con ella ofreciese muchas veces el sacrificio de la misa, aplicándolo a su alma, y haciendo otras obras piadosas para que ella lograse, si era posible, algún alivio. Prometió hacerlo así el padre Burgos, y desde luego el carruaje y su comitiva desaparecieron súbitamente con un  trueno espantoso, dejando asombrado al padre, quien cayó en un repentino desmayo, encontrándose cuando volvió en sí, en su cama, rodeado de sus feligreses, quienes le dijeron que lo habían levantado del puente creyéndole muerto.

Probablemente el padre Burgos cumplió el encargo, pues desde aquel día no volvió a verse la terrible aparición, y poco a poco fue perdiéndose el recuerdo de doña Beatriz del Real, entre los moradores de extramuros, y los de la ciudad, hasta nuestros días, en que uno que otro suele hacer memoria de esos sucesos.

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Fuente de texto: Pizarro Suárez, Nicolás, La Coqueta, México: Premia Editora, 1982, pp. 22-26

Fuente de grabado: Furber, George C., The twelve months volunteer, or, Journal of a private, in the Tennessee regiment of cavalry, in the campaign, in Mexico, 1846-7, Cincinnati: J. A. & U. P. James, 1850, p. 530

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Referencia:

(1) Campos, Sebastián I., Recuerdos históricos de la ciudad de Veracruz y Costa de Sotavento del estado durante las campañas de “tres años,””la intervención” y el “imperio,” México: Oficina tip. de la Secretaría de fomento, 1895, p.24

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Notas relacionadas:

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