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Rafael Domínguez: El Baluarte de Santiago (1946)

21 septiembre 2015
Baluarte de Santiago ya con los trabajos de mejoramiento hechos a principios de la década de 1940. Fuente de foto: Ruben Rodríguez González (facebook)

Baluarte de Santiago ya con los trabajos de mejoramiento hechos a principios de la década de 1940. Fuente de foto: Ruben Rodríguez González (facebook)

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En 1946, Rafael Domínguez publicó un texto relacionado al Baluarte de Santiago como parte del libro “Veracruz en el ensueño y el recuerdo: apuntes de la vida jarocha”, no proporciona la fecha en que fue escrito pero podría suponerse que es de principios de la década de 1940.

El autor ofrece una descripción del estado de abandono en que encontró este monumento, luego explica como da a conocer esto en un artículo así como su importancia histórica, haciendo ver que ameritaba trabajos de conservación. Narrando que al principio esto molesto al Presidente Municipal en turno (¡que raro! Hasta lo debe haber regañado, pidiéndole que lo hiciera él, como ocurre hoy en día), pero que al final logró que se pintara, limpiara y se le pusieran bancas.

***

Capítulo XX

(fragmento)

Por último, me llegué hasta el histórico baluarte de Santiago, y allí, haciendo verdaderos esfuerzos para apartar la maleza que lo rodeaba, pude leer otra inscripción que dice:

24 DE JULIO DE 1812

A LOS HEROICOS HIJOS DE VERACRUZ PRIMEROS EN SUCUMBIR POR LA INDEPENDENCIA DE LA PATRIA

CAYETANO PEREZ

JOSE EVARISTO COLINA

BARTOLOME FLORES

JOSE NICASIO ARIZMENDI

JOSE IGNACIO MURILLO

JOSE PRUDENCIO SILVA

GLORIA Y GRATITUD ETERNAS.

15 DE SEPTIEMBRE DE 1910.

Me quedé un largo rato contemplando esta página muda de la historia, comentando en silencio el triste estado de abandono en que se le tenía, y me retiré de aquel lugar, casi horrorizado, asqueado, entristecido, con el propósito de escribir algo alusivo a aquel cuadro desconsolador.

Y escribí, en efecto, con el título de El Baluarte de Santiago, el siguiente artículo:

“Pocos serán, sin duda, los que ignoren que Veracruz estuvo circundada, hasta el siglo pasado, por una muralla construida para resguardarla y protegerla contra las frecuentes incursiones de los piratas. Mas lo que con seguridad no han de saber muchos es que a lo largo de esa muralla, de trecho en trecho, alzábanse nueve baluartes fortificados para la defensa del puerto.

“La necesidad de ensanchamiento de la ciudad, por una parte, y la ninguna utilidad que, por otra, prestaba ya la muralla, pues la causa que motivó su construcción había desaparecido, determinaron su total demolición, que comprendió también la de ocho de los dichos baluartes, sin que nadie cayera en la cuenta de que bien pudieron quedar en pie tres o cuatro de aquellos bastiones gloriosos, como exponentes de una época de constantes inquietudes para la ciudad, como han quedado en la de Campeche, que también estuvo amurallada, los baluartes de San Luis, Santa Rosa, San Carlos y San José.

“Cuando el vasto imperio romano invadió a Atenas, respetó su clásica obra monumental. Cuando los turcos entraron triunfantes en Constantinopla, conservaron, si no con respeto religioso, al menos con profundo sentido artístico, entre otras muchas cosas de indiscutible mérito, la catedral de Santa Sofía, como obra maestra de la arquitectura bizantina. Cuando los reyes católicos consumaron la reconquista, arrojando a los moros del territorio español, no tomaron por injuria de los musulmanes los grandes monumentos que éstos dejaron en toda España como recuerdo de su dominación de ocho siglos.

“Todo esto, porque las obras perennes, las obras monumentales, las arquitectónicas, son el reflejo de su época, el índice de una civilización cualquiera, son páginas de piedra, páginas mudas del pasado, elocuentísimas páginas, fácilmente penetrables al pensamiento humano. Por eso tales obras son sagradas y dignas del mayor respeto en todas partes.

“Pero con todo lo sensible que sea el caso de Veracruz, ya es irremediable. La inconsciencia humana hizo desaparecer para siempre los baluartes de San José, San Fernando, Santa Bárbara, Santa Gertrudis, San Javier, San Mateo, San Juan y Concepción. Hoy sólo se irgue, como centinela silencioso y solitario del puerto, a un costado del viejo hospital de San Sebastián, ahora Aquiles Serdán, el baluarte de Santiago. Es el único que se salvó de la demolición, la única página muda de aquella época en que la ciudad no dormía ni tranquila ni confiada, el único testigo inerte de aquellos días de inquietud.

“Y ni por eso, ni siquiera por tratarse del solo superviviente que con su tosca fisonomía carcomida por los años, minada por el tiempo devorador, nos revela algo de lo que fue esta heroica tierra en la época colonial, ni porque es la única fortaleza simbólica de la ciudad, la hemos conservado con el cariño que merecen las cosas antiguas.

“Allí está abandonado y sucio el arcaico bastión, convertido en guarida de soldaderas y alimañas, en muladar, en sentina, en estercolero popular. Allí está convertido por obra y gracia de la incuria de las autoridades y de la indiferencia de los veracruzanos, en antro pestilente, en foco de infección y acaso en refugio de vampiros de todas clases.

“Francamente, no hay derecho para este abandono, tratándose como se trata una reliquia histórica. Al conjuro de un sentimiento noble, del más sincero veracruzanismo ¿no hemos procurado restaurar, hasta el embellecimiento, el antiguo palacio municipal? ¿No se ha invocado ese mismo sentimiento veracruzano para evitar el derrumbe de la torre de la parroquia, y el templo todo entero no se está restaurando también con insólito empeño? Para llevar a cabo estas restauraciones ¿no se ha valorado la circunstancia de que tales monumentos son reliquias históricas de imprescindible conservación? Pues también el baluarte de Santiago es una reliquia histórica. Merece nuestra atención. Por muchos títulos es digno de que se conserve, con respeto y dignidad, como la parroquia y como el palacio municipal, cuyas golondrinas con su alegre y sonoro piar han brindado tantas horas placenteras a nuesto (sic) actual alcalde, a extremo tal que ahora que temporalmente se han ausentado, siéntese mustio y nostálgico el dinámico funcionario, no obstante que estas golondrinas no son como las de Bécquer, porque éstas si volverán.

“Con todo, el baluarte de Santiago sigue allí, solo y triste, profanado por indeseables moradores, destruyéndose lentamente, sin recibir más caricias que los rayos del sol, o las brisas del mar. o los tibios fulgores de la luna que en las noches serenas lo pintan de plata.

“Más si las razones alegadas no fuesen bastante poderosas para obligarnos a la conservación del baluarte de Santiago, tengamos presente que esta histórica fortaleza es guardadora de los nombres de aquellos heroicos hijos de Veracruz, que el 22 de julio de 1812 sucumbieron por la independencia de la patria: Cayetano Pérez, José Evaristo Colina, Bartolomé Flores, José Nicasio Arizmendi, José Ignacio Murillo y José Prudencio Silva, como muy claro lo dice la lápida conmemorativa que ostenta en uno de sus flancos. Y estos nombres, según la propia lápida, merecen “gloria y gratitud eternas”. Pero lejos de tal reverencia, se está cometiendo el mayor de los desacatos con tan insignes varones, porque el abandono de este baluarte prócer significa a la vez el de aquellos nombres gloriosos que, por merecer la lámpara votiva de nuestra admiración, debieron estar consagrados por los siglos de los siglos en un lugar de pública veneración, entre el humo del incienso purificador de nuestro cariño, no entre los miasmas asfixiantes de un estercolero.

“Por los altos e infrangibles fueros de la civilización, por el cariño siempre sincero y hondo a Veracruz, por el nombre amado de la patria, conservemos decorosamente el Baluarte de Santiago”.

El artículo tuvo un revuelo maravilloso. El señor presidente municipal de entonces montó en cólera contra mí, pero como hombre educado y de buen sentido, convino, al fin, conmigo en que yo tenía razón, y poco tiempo después tuve el gusto de ver la histórica fortaleza remozada, siquiera, por un baño de cal, libre de breñas y malezas y circundada por algunas bancas de mampostería, donde sentarse, para contemplar, con más o menos comodidad, el arcaico monumento.

***

Fuente de texto: Domínguez, Rafael, Veracruz en el ensueño y el recuerdo: apuntes de la vida jarocha, Editorial Bolívar, 1946, p. 175-178

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Notas relacionadas:

Veracruz: Inscripción de 1635 en el baluarte de Santiago.

Veracruz: ¿Aquí hay restos de la muralla?

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