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1952: El Cristo del Buen Viaje en Veracruz.

5 junio 2015
Capilla del Santo Cristo del Buen Viaje en los años 1950s.

Capilla del Santo Cristo del Buen Viaje en los años 1950s.

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Los edificios antiguos además de ir cambiando físicamente con el paso de los años, también, van cambiando las percepciones que de ellos se tiene, se les crea o recrea su pasado, sobre todo cuando casi no se sabe de ellos. Se localizó esté artículo publicado en 1952 que comenta un hecho que ocurrió en 1938, es decir apenas unos 14 años atrás pero que lo presenta ya con grandes distorsiones.

El artículo trata sobre la capilla del Santo Cristo del Buen Viaje ubicada en la calle Manuel Doblado de la ciudad de Veracruz, y esta firmado por el poeta yucateco Mario Ancona Ponce (1925-1972). Fue publicado en el periódico El Informador, de Guadalajara, el 29 de enero de 1952.

El autor visitó la capilla, seguramente, cuando iba de paso por la ciudad, y alguien le narro lo que se conocía sobre el Cristo y el edificio. El autor retoma los datos y armó su artículo haciendo énfasis en su importancia como santuario pero intercala datos erroneos del incendio de 1938.

Lo primero que se desea destacar, es que a pesar de tener pocos años el incendio de la capilla ya se había olvidado el año que ocurrió y el autor debió repetir lo que le contaron: 1934, en lugar de 1938. Curiosamente este dato hasta la actualidad, sigue olvidado por todos. A los más que se aventuran a señalar cronistas de la ciudad es la década, no más.

Segundo, ya se había deformado la magnitud del daño y el autor plantea que el edificio fue reedificado desde los cimientos.

Este artículo nos muestra la visión que se tenía de la capilla a mediados del siglo XX, pero sobre todo lo que se contaba a los visitantes.

El Cristo del Buen Viaje.

Por Mario Ancona Ponce

Colaboración exclusiva para EL INFORMADOR

Quien visite el modesto y sencillo templo del Parque de Zamora en Veracruz, famoso por su Cristo y su ubicación, no podrá menos de advertir la reciente construcción del mismo y una interrogación quedará ante sus ojos: ¿Cómo es posible que tal iglesia esté consagrada por la tradición histórica, si, desde los cimientos hasta las torres, apenas cuenta con quince o veinte años de levantada? ¿Será por el lugar? ¿La imagen que adorna su altar mayor podrá ser la causa de su notabilidad indiscutible?

Como construcción es poca cosa para poder medirse con las soberbias líneas de la Parroquia veracruzana o la vetustez de la iglesia de La Pastora. Su importancia, sin embargo, es mayor que la de las dos anteriores. Y la devoción a la santa imagen es ella venerada, es la más arraigada y profunda en el alma jarocha. Es que bajo la moderna fachada reconstruida, la iglesia del Cristo del Buen Viaje conserva el viejo y sólido trazo que siglos atrás, le dieron los navegantes y guerreros españoles. Y desde entonces se adora en sus altares al Crucificado, patrono de los hombres de mar, como imborrable rayo de luz, como guía y protector a través de las distancias, como poder aplacador de tempestades.

Los hombres, los fanáticos hombres de una generación, fueron los encargados de violar, con sus aberraciones cínicas y cobardes, lo que el tiempo y el mar habían respetado. Invicta hasta 1934 en su recia estructura, fue en ese año –año trágico de hiriente memoria para México-, cuando la iglesia del Cristo del Buen Viaje fue incendiada y dinamitada, no respetando la voracidad de los incendiarios ni la autoridad de sus archivos ni la santidad de sus aras. Todo fue pasto de las llamas. Hasta las viejas campanas, precipitadas al vacío, se retorcieron de dolor, quedando mudas para siempre. Sólo quedaron en pie sin un rasguño, ni una mácula, sin el más nimio deterioro, la Virgen de Guadalupe y el Cristo del Buen Viaje.

El pecho hundido colgando inerme de los peñones de los hombros; el cuello impotente desmayando hacia la diestra la cabeza coronada de espinas; los negros cabellos envolviendo a medias con sus sombras el sereno dolor del rostro; los brazos laxos abiertos en cruz, tensos bajo el enorme peso del cuero exanime; las rodillas inútiles separadas en arco breve, el Cristo del Buen Viaje, desde su trono de abnegación y generosidad, ha orientado las proas y henchido las velas de los errantes aventureros del mar y de la vida.

Ante el Cristo del modesto templo y el inmenso amor se han postrado conquistadores intrépidos, virreyes prudentes, piratas audaces, pescadores sencillos, y bravos capitanes. Almas complejas y verticales, bruscas y sublimes, ambiciosas y sacrificadas, soñadoras y prácticas, volubles y firmes. Todas trashumantes como olas ante la eternidad del Nazareno. Hombres de mar unos, marinos de la vida otros, pero navegantes todos y, por tanto, ásperos y enteros, curtidos de soledad, valientes y decididos. Viriles hasta el tuétano de los huesos.

La tierra –pedestal de lodo y barro donde se levanta como un monumento de tradición y fe la Iglesia del Cristo del Buen Viaje-, es también histórica. En ese lugar, en ese pequeño círculo de espacio, oyeron los conquistadores una de las primeras misas oficiadas en suelo americano. Por eso al penetrar al atrio se advierte la sensación de estar acompañado por los muertos paladines resucitados. Y los rayos del sol, chocando en los cristales, mienten los reflejos de sus espadas y armaduras. La imaginación, entonces, se esfuerza en descubrir a los pródigos fundadores de mundos, tratando de sorprenderlos en los sombríos ángulos del templo. Y aun llega a adivinarlos.

¡Tanta historia y tanta fe hay encerradas en ese pedazo de tierra y esa Cruz!

Se aclara en un instante la interrogación y se comprende todo el fondo, todo el cimiento que en el subsuelo del alma jarocha han formado el modesto templo y el Cristo del Buen Viaje, al paso de los años. Su más pura tradición marina está en los brazos abiertos de esa Cruz. Y su más noble esfuerzo de creación fecunda, palpita en ese pedazo de tierra que conserva frescas todavía las huellas de los descubridores españoles.

A través de los siglos los brazos del Crucificado siguen abiertos a los aventureros errantes. Siempre esperan. Nunca se cansas. Los clavos que los sostienen, impotentes para desgarrar las manos y permitir al cuerpo descolgarse del madero, permanecen firmes, como si obedecieran la voluntad del Cristo de aferrarse a su Cruz para siempre. Y en el altar del templo sigue clavado el Cristo del Buen Viaje, acompañado por el dolor insondable de una Dolorosa, esperándote a ti.

Viajero del mar, viajero de la vida, si alguna vez en tu afán de trotamundos llegas a Veracruz, no dejes de visitar al Cristo del Buen Viaje. Encomiéndate a Él, tu que nada temes y todo arriesgas, y recoge tus anclas y despliega tus velas.

Mérida, Yuc., enero de 1952.

Mario Ancona Ponce.

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Fuente:
Ancona, M., “El Cristo del Buen Viaje”. El Informador, Guadalajara, Jalisco, México, 29 de enero de 1952, p. 4

***

Notas relacionadas:

Nueva Veracruz: La misteriosa fundación de la ermita del Santo Cristo.

(Click en imagen para leer más)

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One Comment leave one →
  1. 6 junio 2015 3:54

    Mil gracias por llenar mi alma de tantas cosas de mi amada tierra…Nunca mi agradecimiento sera poco

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