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Cosamaloapan: Mojigangas de antaño.

15 noviembre 2014
Mojiganga en las calles de Cosamaloapan en el 2012. Foto tomada del video de Youtube de MrCultureando.

Mojiganga en las calles de Cosamaloapan en el 2012. Foto tomada del video de Youtube de MrCultureando.

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Autor: Edmundo H. Fentanes

Desde horas tempranas de la noche comenzaba el zócalo a reunir, en sus bancas de hierro, grupos indistintos de personas que, con sombreros de petate, y en camisas y guayaberas las unas, y con rebozos y enaguas de percal las otras, más parecían oriundas de ranchos comarcanos, que vecinas de mi tierra. Y si una parte de esa gente concurría después a la celebración de los maitines en la iglesia parroquial, también mucha se quedaba a esperar la salida de la anunciada mojiganga. Y conforme el tiempo transcurría, el número de presentes aumentaba hasta constituir un grueso cordón que se movía, con ondulaciones de serpiente, por todo el perímetro de aquel céntrico paseo. Pero el punto en donde la aglomeración humana se acrecentaba, y más laberíntica se hacía, era por el lado del zócalo que mira hacia el Poniente, en virtud de estar ahí reunidos los varios puestos de manta y de lonas impermeables, cuyos iluminados mostradores ofrecían, en su pintoresca miscelánea saturada de gratos olorcillos, tejocotes y manzanas; juguetes de barro y de latón; membrillos y biznagas de corte poligonal; camotes de Puebla; duraznos pasados y confituras policromas; barras de jamoncillo bicolor y trozos de jalea cristalizada; pilas de cacahuates y de nueces; higos y chilacayotes compuestos; amén de que acaudalaban otras cosas, como tentación martirizante para mis antojos de pequeño.

Próxima a ser la mojiganga trasladada del patio de la casa municipal –en donde era construida- a la calle, acostumbrábase también vaticinar los preparativos entusiastas que de ese número se hacían, por medio de cohetes que, al par que nos bañaban de júbilo con sus ecos detonantes, prendían, en la serena obscuridad del cielo, la visión maravillosa de sus fugaces surtidores.
Y en presencia de una nutrida multitud estacionada frente al tramo de calle que limita con el zócalo por su costado del sureste, iban siendo sacadas de una en una las figuras que componían la mojiganga, y distribuídos los pedazos de reatas untados de brea, que se emplearían como hachones, entre los sujetos que se acercaban a pedirlos.

Dentro de la serie de imágenes construídas casi todas de carrizo y de papel de periódicos, recuerdo que había unas, que parecían estar como animadas, en virtud del efecto plástico de sus colores, y de la hábil precisión de sus bien coordinados movimientos. Y aunque por aquel entonces, mis pocos años no me daban riendo para valorar el mérito artístico de las figuras más salientes, no olvido, sin embargo, la naturalidad de acción con que movía un sacerdote, desde el púlpito, su cabeza y sus brazos en ademanes tribunicios; con que estiraba y recogía un enorme pato su largo cuello; con que abría y cerraba el abanico de sus alas una gentil y bella mariposa; con que una muerte contraía, en irrisorios bailoteos, su esquelética armazón de carrizos untados de cal; con que un cirquero ejecutaba sus ejercicios acrobáticos en torno de un trapecio; además de haber otras que, en su pasividad, reunían, en cambio, bellos atributos de corma y color. Pero de todas esas figuras que indistintamente me hacían verbenear los ojos, la única con la que ni ánimo no comulgaba, por la mala impresión que me producían sus gigantescas dimensiones, era con la mujer-fantasma. Y el motivo de mi desconcierto ante el tamaño descomunal de esa figura, no era justamente la sola fealdad de su estampa langaruta, sino el hecho de servir de juego –cosa que en mí no pasaba- para el hombre que la traía, y que de repente la dejaba caer, a su antojo, sobre algún distraído espectador, o sobre grupos de muchachas que menos esperaban recibir, en sus cráneos o en sus rostros, el desagradable contacto de la figura susodicha.

Dispuesta la mojiganga a lo largo de la calle, entre dos hileras de hombres que portaban sendos hachones encendidos, cuya luz amarillenta contribuía a dar mayor realce a la serie de muñecos, iniciábase el paseo –que tenía como itinerario algunas de las calles más céntricas del pueblo-, a los vibrantes acordes de una marcha, que los músicos de la banda municipal ejecutaban; acordes que a ratos ni se oían por el clamor inusitado de la festejadora muchedumbre que iba atrás, y por los ensordecedores estallidos de los cohetes que surcaban el espacio, deshaciéndose después en “un raudal de lágrimas de oro”.

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Nota: Esta narración fue titulada por el autor como: “Los embalses y las mojigangas que vi de niño”, pero se dividió en dos partes para darles igual reelevancia a ambas tradiciones.

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Fuente de Texto: Fentanes, Edmundo H. Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz, 1954, pp. 143-145

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Notas relacionadas:

Cosamaloapan: Los embalses de antaño.

Cosamaloapan: Bailes de tarima de antaño.

Veracruz: La feria del Malecón y los paseos a Sacrificios.

Veracruz: Los papeleros en la estación de Los Cocos.

Veracruz: Los viejos de fin de año.

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