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Cosamaloapan: Los embalses de antaño.

14 noviembre 2014
Zona en donde se llevaba a cabo el embalse y ruedo a principios del siglo XX.

Zona en donde se llevaba a cabo el embalse y ruedo a principios del siglo XX.

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Autor: Edmundo H. Fentanes

Al hacer memoria de estas dos festividades, que en mi terruño suelen todavía celebrarse el dia siete de Diciembre –aunque han venido perdiendo mucho del ascendiente popular que en otras épocas tuvieron-, no me mueve otro deseo más simpático, ni más legítimo, que el de enjordanar mi espíritu de hoy con las risueñas impresiones que esas mismas fiestas me brindaron de pequeño, ya que “en el examen retrospectivo –como Emerson afirma-, las cosas que fueron revisten gratísimas formas, como las nubes muy lejanas”.

Ese día, en mi casa, el almuerzo estaba sazonado más temprano que de costumbre, a fin de que antes de la hora para la cual se había anunciado el embalse –pues siempre comenzaba entre dos y tres de la tarde-, mi papá y yo nos encontrábamos en la Ribera, nombre con que hasta la fecha esa calle se conoce por estar tendida paralelamente al río. Como había, además, la circunstancia de barruntar los preparativos de esa fiesta, por medio de cohetes voladores y de arranque, todo era que sus ecos jubilosos y triunfales conmovieron el espacio, incentivando mis gratas ilusiones de pequeño, para que a la desesperada me entregase yo a engullir los últimos bocados. Y sucedía, que cuando llegábamos a la calle de la Rivera, y tendíamos la vista desde la vieja Plaza del Mercado hasta las inmediaciones del conocido Paso de la Virgen, nada de extraordinario que advirtiéramos en todo este trayecto, a no ser una bandada de chicuelos que, caída de los barrios más cercanos, corría de un lado a otro del ribazo, en seguimiento de los frágiles carrizos que aventaban los cohetes al tronar.

Con el entusiasmo que esos fuegos de artificio producían en la mayor parte de los habitantes de mi tierra, y que de punto aumentaba, desde el momento en que la banda del Municipio acudía a la ribera, abriendo su programa musical con un bizarro pasodoble, el tramo de calle antes mencionado, bien pronto servía de cauce a una nutrida multitud de espectadores, de diversas clases sociales, que, dispuestos a coger sin rienda ni medida el fruto del deleite y pasatiempo, movíase en grupos indistintos, de los cuales unos –los compuestos de niños y mujeres-, terminaban por estacionarse en la banqueta, defendiéndose del sol con sombrillas y paraguas; otros por meterse en los corredores de las casas vecinas, y los más –que estaban integrados por hombres y muchachos del pueblo- iban a situarse a la orilla del río, o muy cerca del embarcadero donde encontrábanse reunidas las canoas que se destinarían al embalse, y que ostentaban, por lo mismo, a sus costados, encendidos matices policromos, y banderas tricolores de papel.

Mientras en la canoa de más capacidad y de más artísticos adornos, se instalaban los músicos, en las restantes se introducían hombres de jacarandoso natural, y sujetos a quienes el aguardiente les hacía de consumo verbenear sus tarabillas, en expresiones saturadas de donaires y agudezas.

Entre los acordes entusiastas de la música, y los ecos alborotadores de los cohetes que cruzaban el espacio a la continua, salían las canoas río adentro, para luego, desde ahí, comenzar el desfile acostumbrado, a lo largo del caudalosos Papaloapan.

Mis ojos, no obstantes el parpadeo involuntario que los cohetes producíanles, con sus tremendas resonancias, no dejaban de alcanzar a ver, allá a lo lejos, y separadas de las demás embarcaciones, el bulto reducido de una que, tripulada por tres hombres, iba a todo remo en dirección de un varadero que hay del otro lado del río. Cuando éstos saltaban de su cocuyo a la orilla, otra de las canoas tocaba también el mismo paso, pero sin que nadie de su tripulación desembarcara, y corriese a la zaga de los dos primeros en llegar, y que en volandas subían –pues eran los comisionados para hacer el embalse de los toros –la pendiente escalonada del barranco.

Embalse en Tlacotalpan. 2013.

Embalse en Tlacotalpan. 2013.

Empequeñecidos por la distancia, se me antojaban los tales hombres verdaderos muñequitos, y toros de barro en miniatura los tres de carne y hueso que estaban sujetos a sendos árboles de mango. Acercábanse al novillo que más a la mano les quedaba, y al paso y medida que uno de esos hombres tiraba del animal por su rabo, el otro poníase a quitarle los amarres de los cuernos, no sin que el toro buscase su defensa, repartiendo embestidas y patadas que no hacían blanco en sus momentáneos lidiadores, por esquivar éstos el bulto con mañosa presteza. Después con dos reatas de vaqueros, y tirando de una el hombre que venía por delante, y de la otra el que corría detrás, pero a cierta distancia del toro los dos, era conducido el cornúpeto al barranco, y luego a duras penas bajado, hasta hacerlo entrar en las aguas del río.

Una vez que iniciaban el viaje de regreso, la aveza del toro apenas si se distinguía como un punto, ante el cerco que le formaban al cayuco las demás embarcaciones que salían a encontrarlo. Y los pocos bríos que el infeliz animal acaso conservaba de su vida arisca en las dehesas de Nopalapan, o de San José del Carmen, en la travesía los acababa de perder, ya que sus acompañantes, en el bárbaro desenfreno de sus entusiasmos removidos por los vapores del aguardiente, no desaprovechaban momentos para venirle pegando, con sus sombreros de petate, al toro en el testuz, para retorcerle el rabo, o para que algunos cabalgaran en los lomos del cornúpedo y se pusieran a nadar con él.

No bien pasaban de medio río las canoas, entre el alboroto ensordecedor de la multitud que las tripulaba, y cuyos gritos y palabras malsonantes el aire nos traía, cuando una corriente de impaciencia, de emoción incontenible, transmitida de un espectador a otro, impulsaba a una parte del pueblo humilde congregado en la ribera, a moverse de sus sitios, y a concentrarse a poca distancia de la playa y del lugar en que el toro iba a ser sacado. Y detrás de esa gente que, como un alud, se precipitaba sobre los ribazos arenosos de la margen izquierda, abríanse camino, y con riesgo de atropellar a los de a pie, las briosas cabalgaduras de un grupo de charros –vaqueros en su mayoría- que, sin ostentar los peculiares atributos que asocia esa palabra, conocían los secretos del lazo y la manera de tirarlo en forma de mangana.

Engrillado a las veces de calambres, salía el toro del agua sin poder casi sostenerse en sus patas, no siendo raro que se echase en la orilla a descansar, rodeado de una multitud de curiosos, que sólo de oírla gritar, era para que el cornúpedo no se levantara, y menos que embistiera a los que cruelmente se complacían en retorcerle la cola, en darle de puntapiés a mansalva, o en abrumarlo a golpes de sombrero. Más no pudiendo el toro incorporarse por sus propias fuerzas, había siempre alguno que, sujetándolo del rabo, como si fuera éste una palanca, impulsaba al animal a que se irguiese. Y reintegrado de sus energías en parte, comenzaba primero a caminar, y luego a correr como si intentase ponerse en cobro de la multitud, que presurosa lo seguía muy de cerca, en unión de los jinetes cuyas reatas revolaban por lo alto, en espera de hacer gala y bizarría con el lazo oportunamente desenvuelto sobre las patas, o en torno de la testa del cornúpedo de marras. Después de que los charros se cansaban de ejecutar en el cuerpo del toro, algunas de sus manganas predilectas, conducíanlo a cabeza de silla hasta un corral que de antemano levantábase en una céntrica plazuela, inmediata al Paso de la Virgen.

Tlacotalpan en el 2013.

Tlacotalpan en el 2013.

Una vez que lo encerraban en el toril, volvían grupas nuevamente hacia la calle de la Rivera, para salir al encuentro del segundo toro, y realizar con él faenas semejantes a las cumplidas con el anterior.

Terminando el embalse, mucha de la gente que había ido a presenciarlo, trasladábase a la mencionada plazoleta, donde el corral estaba hecho de palos y bejucos. Por asalto los espectadores trepaban a él hasta situarse entre los huecos que tenía ese rustico cercado, a fin de no pasar inadvertidos ninguno de los jocosos incidentes de la lidia.

Un clamoreo ensordecedor, acompañado de una salva no menos estruendosa de silbidos, resonaban por toda la plazuela, en momentos en que uno de los toros puestos a prueba, no sólo revolcaba a tal o cual iniciado en el arte de la tauromaquia, sino que lo hacía poner pies en polvorosa, obligándolo a escabullirse por debajo de la cerca. Iguales demostraciones de regocijo había entre el público apiñado en el corral, cada vez que algún hombre del pueblo, con más zumos de aguardiente en la cabeza, que habilidades de charro en las piernas, montábale a un novillo de esos, y en las primeras cabriolar y corvetas que el animal ejecutaba para desembarazarse de su carga, salía el jinete de antuvión por encima de los pitones, al paso que iba a dar con su pobre humanidad en tierra.

Pardeando la tarde, y ya cuando el corral se hacía lobrihosco, el público se retiraba satisfecho de haber reído a mandíbula batiente, con las escenas más aparatosas y movidas de la lidia.

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Nota: Esta narración fue titulada por el autor como: “Los embalses y las mojigangas que vi de niño”, pero se dividió en dos partes para darles igual reelevancia a ambas tradiciones.

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Fuente de Texto: Fentanes, Edmundo H. Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz, 1954, pp. 139-143

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Notas relacionadas:

Cosamaloapan: Bailes de tarima de antaño.

Veracruz: La feria del Malecón y los paseos a Sacrificios.

Veracruz: Los papeleros en la estación de Los Cocos.

Veracruz: Los viejos de fin de año.

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3 comentarios leave one →
  1. Carlos Gerardo Santiago Varela permalink
    3 septiembre 2016 23:46

    Buenas noches mi nombre es Carlos hace muchos años mi tío Luis me canto una canción “leopoldo fierro” la he buscado sin resultado mi papá es de Santiago ixmatlahuacan podría ser que usted supiera donde la puedo conseguir me encantaría regalársela a mi papá que al igual que a mi nos gustó mucho o la letra tocamos un poco la guitarra.

    • 4 septiembre 2016 7:20

      Buenos días, Carlos: No la conozco, pero te recomiendo que dejes un mensaje en el grupo de facebook “Cosamaloapan antiguo y su conservación” en el participan personan con amplios conocimientos en música regional e historia, así que estoy seguro, alguien la habrá escuchado. Saludos y gracias por comentar.

  2. 15 noviembre 2014 9:09

    Interesantes relatos de usos y costumbres que lamentablemente se han ido perdiendo. .felicidades

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