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Cosamaloapan: Bailes de tarima de antaño.

23 octubre 2014
Foto original: Leyenda del Son Cosamaloapan / facebook

Foto: Leyenda del Son Cosamaloapan / facebook

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Autor: Edmundo H. Fentanes

No había sábado de Dios, allá en mi pueblo, que no se oyeran, a la caída de la tarde, como salvas glorificadoras de grandes fechas, fuertes detonaciones de carabinas venaderas que arrojaban a los cuatro vientos del poblado, el anuncio estrepitoso de algún baile de tarima.

Por el lugar en que se oían estas fuertes detonaciones, se sacaba a dos luces el barrio que pasaría la noche en vela, soportando el ingrato clamoreo de la pedestre muchedumbre que, movida por alientos de febril animación, seguramente esperaría, sin punto de reposo, la hora mágica del alba.
Mas si el eco de esos disparos, con que era de rigor anunciar los bailes de tarima –viejo sistema que ha desaparecido con la moderna introducción de los cohetes-, despertaba en cocineras de reconocida fama como bailadoras, mil júbilos de fiesta que subían a sus bocas en forma de reíres espontáneos, no así entre los asustadizos zopilotes que, sobrecogidos de terror, volaban a la baja altura, dispersándose por distintos rumbos, hasta esconderse tras de los tejados del distante caserío.

Y si con mucha anticipación las pujantes carabinas de tipo venadero, se encargaban de dar regocijada nueva acerca de los dos o tres fandangos que por lo regular había los sábados, en la noche, en determinados barrios de mi pueblo, con no menos anticipación veíanse a varios hombres distribuir, frente a la casa donde iba a ser el baile, los distintos muebles que componen todo el aparato de esa fiesta regional; ora la tarima de recio maderamen surcada a lo largo de hendidura que señalan la separación de los tablones estropeados por el uso de luengos años de batalla, como descoloridos por las frecuentes lavadas de la lluvia; ora las bancas de flexible contextura dado lo corrido de su asiento; o bien las humosas candilejas que suspendían de una cuerda cruzada por lo alto y sostenida a dos horcones que colocaban en posición equidistante de la anchurosa tarima. Y allá de tarde en tarde la decoración se complicaba con una manta que extendían sobre el conjunto abigarrado de los muebles, a fin de guarecer a la heterogénea concurrencia de la húmeda intemperie.

Y antes de que la noche cerrara por completo, ahogando entre sus sombras los perfiles de las casas, encendían las humosas candilejas, cuyas flámulas rojizas bañaban de coloraciones sangrientas el espacio de calle que cubría la tarima juntamente con las bancas sin espaldar distribuidas en hileras.

Como los sencillos filarmónicos, que daban cumplimiento a sus demandas de ir amenizar tal o cual fandango, eran los primeros en aparecer y en instalarse a horcajadas, con sus vihuelas y guitarras, en sendos taburetes, asían por el cabello la ocasión para entretenerse en afinar a su entero gusto las cuerdas de sus instrumentos musicales. Y después de someter a éstos a una corta prueba de registros, a que las exigencias del oficio instaba, ocurríanseles a los empíricos cultivadores de la música regional, a manera de obertura, arrancar, con hábil maestría de sus vihuelas y guitarras, los acordes de un alegre son.

Vieja costumbre que, además de utilizarse como piedra de toque para atraer la curiosidad del vecindario, servía también de trinchante a muchachas bailadoras y a sujetos de numen vivaz, para que canturearan quintillas preñadas de silvestres erotismos, amén de que otros contertulios hicieran derroche de donaires, recorriendo de un extremo a otro la tarima, en una serie de afiligranadas evoluciones de cuerpo, como de menudeados estremecimientos de pies.

Ya reunidas las muchachas bajo del sangriento fulgor que dilataban los mecheros en sus parpadeantes combustiones a que los obligaba el vientecillo de la noche, bien podía uno estimar los clásicos adornos de jarocha que ostentaba cada una con modesta presunción. Sus peinados reducíanse a dos trenzas bien ajustadas alrededor de sus cabezas mediante un listón de seda verde, roja, gualda o tricolor, cuyos extremos ocultaban, en parte, la raya que dividía en dos crenchas sus lustrosas cabelleras; mas cuando el encendido perigayo les faltaba, sustituían el tal perendengue con manojitos de flores naturales que prendían cerca de una oreja o en el frondoso nacimiento de sus trenzas.

Alrededor de sus cuellos descotados, advertíanse varias sartas de coral o de azabache que armonizaban por su color, con los aretes que traían en el lóbulo de cada oreja; sujetos a sus bustos gallardeaban sendos pañuelos de seda cuyas puntas triangulares las unían, en la mitad de sus pechos, con alfileres de diversa forma; amén de lucir en sus cinturas opulentas –dada la libre hipertrofia de sus carnes nunca sometidas a prisiones de fajas ni de corsés- unos delantales negros ribeteados de encajes, que contrastaban con la nítida blancura de unas enaguas crujientes en fuerza de almidón y de planchado, y cuya amplitud traía, por asociación de ideas, el histórico recuerdo de aquellas holgadas crinolinas que usaban las mujeres en los tiempos de la infeliz María Antonieta; pero si pecaban de ancho esas enaguas, que enorgullecían, en los momentos de bailar, a ciertas muchachas de mi tierra, no andaban tampoco muy cortas de pluma respecto de su largo; con decir, que apenas si daban puerta, por entre los holanes de sus fimbrias, a las punteras de los zapatos que calzaban las presumidas bailadoras. Y si éstas ufanábanse en llevar los mejores trapos a un baile de tarima –fuera de los rumbosos que se concertaban en los días feriados de la Virgen Patrona o en las noches memorables de los quince de Septiembre-, los bailadores, así como también los copleros de cartel, engreíanse con el acicalamiento de su misma limpieza, en consorcio con ese otro lujo natural que le abonaban sus sombreros de palma echados hacia atrás o caídos a los ojos; sus blusas de manta bicolor o sus camisas de céfiro cuando alardeaban de elegantes; sus pantalones ajustados a sus cinturas; rematando su típico indumento en zapatos de una pieza, que servíanles más bien de cepo que de lujo a sus pies poco acostumbrados a hormas de esa índole, y muy hechos al libre contacto de la tierra.

Pero en llegando la hora de bailar, ni quien pusiera reparo en dolores de juanetes ni en ampollas levantadas por el roce de sus mismos zapatones; pues mientras los unos subían a la tarima rondando a sus respectivas compañeras, con lucidos contoneos de cabeza y menudeadas genuflexiones de piernas, los otros agrupábanse a la vera de los apoltronados filarmónicos, a fin de modular, con varios redobles de garganta, las estrofas de los eglógicos cantares; escuchándose, al paso y medida que los vapores del aguardiente ponían en los ánimos zumos de contento, gritos de selvática expresión despepitados por los más jacarandosos, a los bailadores más apuestos que gustaban, en determinados villancicos, extender sus bandas sobre la recia tarima, para hacer la suerte de la soga con el ritmo de sus pies en movimiento, como quitarse sus sombreros para calárselos en prenda a sus parejas de baile.

Cuando esas suertes de gallardos visos y de pasmosa agilidad, eran ejecutados por Bejuco –sujeto que iba a mi terruño cada sábado-. El entusiasmo de la divertida concurrencia rayaba en desbordante frenesí. Y nadie de los que cultivaban amistad con tan señero bailador, de fama bien adquirida en varias leguas a la redonda, dejaban de bautizarlo con el mote que venía cabalísimo y pintado a su escuálida figura, pues asociaba ciertos rasgos que lo hacían verdaderamente inconfundible como al propio don Quijote de la Mancha; mas si éste se identificaba por soportar en su cabeza el pesado casco de Mambrino, y por guarecer su pilonga humanidad tras de crujiente armadura de caballero andante, Bejuco se conocía por usar sombrero tejido de palma, espigado de copa y alón por excelencia, que concordaba con su aspecto netamente rancheril; por abotanar una blusa rabicorta que apenas si lamía los comienzos de sus nalgas deprimidas; y por ceñir a sus piernas langarutas unos pantalones cuya precaria estrechez venía a pelo con el raquítico grosor de sus extremidades inferiores.

Fuente de Texto: Fentanes, Edmundo H. Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz, 1954, pp. 125-128

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Notas relacionadas:

Cosamaloapan: Los embalses de antaño.

Veracruz: La feria del Malecón y los paseos a Sacrificios.

Veracruz: Los papeleros en la estación de Los Cocos.

Veracruz: Los viejos de fin de año.

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