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1949: “Inauguración de una biblioteca veracruzana.”

25 agosto 2014

INAUGURACION DE UNA BIBLIOTECA VERACRUZANA

 Por Gabriela MISTRAL

Una biblioteca es un vivero, de plantas frutales. Cuando bien se las escoge, cada uno de ellos se vuelve un verdadero “árbol de vida” adonde todos vienen para aprender a sazonar y a consumar su bien.

Lo mismo que en el vivero, no hay en las bibliotecas plantas iguales aunque las haya semejantes, porque la biblioteca es un mundillo de variedad que no debe cansar nunca. Aquí están los fuertes y los dulces, los cuerdos y los desvariados, los serios y los juguetones, los conformistas y los rebeldes.

Una biblioteca es también un lindo coro de voces: ninguna de ellas desde la más aguda a la más grave, es igual a la otra, pero hasta las contrastadas acaban reconciliándose dentro de nuestra alma, gran reconciliadora. Lope y Quevedo que se pelearon bastante aquí estarán tocándose con los codos y nuestro padre el Dante, el desterrado, conversará con sus propios florentinos de los cuales divorció sus huesos.

Hasta puede decirse que una biblioteca se parece, a pesar de su silencio, a un pequeño campo de guerrillas: las ideas aquí luchan a todo su gusto. Nosotros, los lectores, solemos entrometernos en la brega sin sangre, pero lo común es que asistimos sin riesgo alguno al espectáculo gratuito y que enciende hasta a los tibios.

Los más acuden a una biblioteca por encontrarse a gentes de su credo o su clan, pero venimos, sin saberlo, a leer a todos y a aprender así algo muy precioso: a escuchar al contrario, a oírlo con generosidad y hasta a darle la razón a veces.

Aquí se puede aprender la tolerancia hacia los pensamientos más contrastados con los nuestros, de lo cual resulta que estos muros forrados de celulosa trabajan sobre nuestros fanatismos y nuestras soberbias, según hacen la lima alisadora y el aceite curador. Pero sucede también que, en ocasiones, tenemos aquí gozosos encuentros: eso pasa cuando nos hallamos con hermanos nuestros que vivieron lo mismo que nosotros vivimos y que se nos parecen como la gota a la gota de agua. Por parecérsenos ellos nos dan todo gusto y después de haberlos oído volveremos confortados a nuestras casas y nunca más nos sentiremos huérfanos.

Una Biblioteca es también el barco de Simbad el Marino o la mula de los Marco Polo, o el asno de Sancho: cada libro, bien mirado, es una aventura mental, que a veces, por lo vívida llega a parecer física. Como la gente de la provincia son sedentarios forzados, personas no navegadas, casi unos prisioneros de pies cortados, la caminata y la navegación se la conocen solamente gracias a los Sven Hedin o las Selma Lagerlöf, o por vuestro Mariano Azuela, vuestro M. L. Guzmán o por el Martín Fierro o por Benjamín Subercaseaux.

¡Qué fiesta! Vamos atravesando sierras, desiertos, cordilleras o mares frenéticos. Bastan unas pizcas de imaginación o de mera buena voluntad para hacer el viaje de bracete con el andador o jinete y esto es llevar compañía grande, pues hasta el Lazarillo de Tormes y el Periquillo Sarmiento son personas de toda calidad, aunque vayan despeinados y en harapos o tengan la lengua alácrita de más como Quevedo.

*

Una biblioteca, en ciudad pequeña, puede volverse, mejor que en ninguna parte, corro familiar de niños lectores o auditores y frecuente tertulia de adultos. Ella puede salvar a los hombres de la cantina mal oliente y librar a los chiquitos de la jugarreta en la vía pública. Pero al arte del bibliotecario es difícil: él tiene que crear el convivio de sus lectores en torno de unos anaqueles severos y fríos y el nuevo hábito le costará bastante hasta que quede plantado sobre la piedra de la costumbre vieja, que es muy terca. Para llegar a esto, la biblioteca de la provincia ha de volverse “cosa viva” como el brasero de nuestros abuelos que llamaba a la familia en sus brillos y su oleada de calor. La vida de las poblaciones pequeñas es un poco laxa, apática y mortecina. Los centros creadores de calor humano son en estos pueblos la escuela, los templos, la biblioteca. Si todos ellos colaborasen, no habría poblaciones indiferentes y sosas. Es preciso que el bibliotecario luche con la desabrida persona que se llama indiferencia popular.

Cuando la biblioteca es primera y única, los visitantes miran con desasimiento estos anaqueles alineados que se parecen a los nichos del cementerio. Entonces, hay que calentar los primeros de libros hasta que cada uno de éstos cobra bulto y calor de seres vivos. Son el bibliotecario o la bibliotecaria quienes irán creando la tertulia de los vecinos en esta sala; ellos darán alguna reseña excitante sobre el libro desconocido; ellos abrirán la apetencia del lector reacio, leyendo las páginas más tónicas de la obra con gesto parecido al de quien hace aspirar una fruta de otro clima, hasta que el desconfiado dé la primera mordida. A las frutas se parecen por ejemplo los libros de poesías: vuestro López Velarde vale por un tendal de fresas y Díaz Mirón por una granada recia y fina. A veces sin leer ningún texto, una biografía corta y movida despereza la curiosidad del lector hacia el autor remoto o el libro duro de majar.

Las bibliotecas que yo más quiero son las provinciales, porque fui niña de aldeas y en ellas me viví juntas a la hambruna y a la avidez de libros. Por eso mismo, yo vine a tener de adulta las fábulas que se oyen a los siete años, y hasta la vejez dura y perdura en mí el gusto del cuento pueril y del pintarrajeado de imágenes y me los leo con la avidez de todos aquellos que llegaron tarde a sentarse a la mesa y por eso comen y beben desaforadamente. Eran otros tiempos y en las quijadas de la cordillera el único libro era el arrugado y vertical de trescientas y montañas, abuelas ceñudas y que daban consejas trágicas.

*

Crear el convivio de que he hablado en la biblioteca es difícil, yo lo sé por mí misma, pero eso al fin se logra, cuando el bibliotecario tienen el don de saturar el ámbito de confianza y de retener en torno a las mesas a mozos y viejos. Pero yo no conozco gente alguna tan bien dotada para dar y recibir la confianza como en vuestra raza, tan galana de lengua además, y con la voz blanda tras de la cual se sigue como por un campo de trébol. Yo me conozco esta operación invisible del encantamiento por cuanto soy una que comió en vuestro México las mieles de la amistad rápida que sabéis dar y que ha celebrado siempre vuestra magia verbal, la cual resbala lo mismo de la boca de la madre hacia el niño que de la boca del hombre rural a quien se pide una noticia en la ruta. La empresa de crear un convivio en esta sala de lectura no resultará pues, muy larga, y una vez ganada, ella caminará sola según la naturaleza de vuestro pueblo que, en creando una tradición, no la suelta más.

*

Habéis puesto vuestra biblioteca bajo el patronato de un Presidente civilizador, don Miguel Alemán. Aunque mucho amemos los libros, bueno es darse cuenta de que no se civiliza solamente con ellos, sean de ciencia teórica, de filosofía o de letras; pobre civilización sería aquella que no asentase pie sobre la costra del mundo y tuviese la boca solo llena de textos recitados. Vuestro Mandatario ejerce su oficio de civilizador por vías más diversas y que sorprenden por su variedad, a causa de que estamos habituados a que los hombres de mando den, como en las dietas, el plato único de la política oral y estén vueltos hacia ella como al idolillo de jade.

El Presidente de México parece detestar la tierra baldía y con harta razón: ella nos parece fea y odiosa, aunque no sea otra cosa que un espacio terrestre ofendido por el abandono del hombre. Ustedes conocen suficientemente su drástica decisión de cancelar el desierto del Norte hasta volverlo una tierra normal sustentadora de hombres felices, y mejor que eso conocen su empeño testarudo de llevar el agua de la vida hasta las riberas altas de vuestro Papaloapán, río a la vez dado y esquivo, gozoso de ver y malo de aprovechar, dádiva providencial pero hasta ahora ineficaz para sus propias orillas.

El civilizar en nuestra América consiste en mudar sobre el semblante de cada patria las facciones bárbaras o ayudar a desperezarse a sus miembros afligidos trocando las arideces en verdor, abreviando las distancias fantásticas que nos divorcian y en suma, corrigiendo cuanto el sobrehaz muestra de ácido y de hostil al hombre. Esta noble violencia rectificadora que es preciso cumplir sobre la gleba misma tiene para el señor alemán una atracción particular que es la misma sentida por los héroes de cualquier tiempo: el imposible, la dificultad los enciende más y les dobla las voliciones. Ayúdenlo Dios y los suyos en la obra fenomenal de forzar y repartir el agua divina de vuestro segundo río.

Otra de sus constantes es la decisión de poblar el vasto cuerpo de México con las industrias grandes, las medianas y las pequeñas, hasta que cada mexicano no lleve en el ámbito de su casa, de su ciudad y de sí mismo otras materias ni materiales que no sean los salidos de su mano y de la máquina regida por brazos nacionales. Y quiere todo esto para quemar de una vez por todas el malhadado “test” que pesa sobre nuestra raza y que nos da como a individuos redondamente inhábiles para crear una civilización de tipo industrial, es decir como a una especie de mutilados que no tuviesen otro futuro que el de cargar, en una hebra de fellaho egipcio con un eterno coloniaje productor de materias primas y de café o dátiles.

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Hay mucho más todavía en esta “saga” civilizadora. Vosotros y yo leímos con la misma emoción un decreto presidencial por el que la parcela agraria ha pasado, de provisoria que era, a definitiva, y además hereditaria. Esta reforma cierra el círculo cabal de la legislación terrícola iniciada por por los presidentes Obre gón y Cárdenas, eleva el agrarismo mexicano a la categoría de una lección magistral dada al continente Sur, sumido todavía en un latifundismo zurdo y contumaz.

El texto substancial de la semana pasada ha llevado a millares de hogares la confianza, la paz, y la alegría; y todo esto, es decir de una seguridad dichosa, no de mera esperanza calenturienta necesitaba el indio, Adán terrícola por excelencia

*

El Patronato de esta biblioteca me ha traído a la memoria un Presidente Alemán poco conocido que es un buen lector de su historia y de su literatura patrias, junto con otro recuerdo todavía. Cuando México era nación discutida a causa de su patética jornada de sangre, el bloque de sus humanistas, de sus poetas y de sus pintores magnos, daba testimonio de su categoría cultural y de humanidad recóndita. Alegaban por él, lo cubrían como un bronce de escudo todas sus artes liberales y día a día estos altos tajamares paraban la avalancha mal intencionada de la prensa necia y banal, casi toda ella ciega para entender a un pueblo liquidador de su feudalismo rural.

México es deudor de esa silenciosa batalla a su cuadro de creadores, y sigue teniendo en ellos, para cualquier circunstancia dolorosa, la réplica arrolladora de una literatura y unas artes que le han dado el mayorazgo espiritual dentro de la raza indoamericana.

 Aquí queda el rostro del Presidente Alemán, bien celado por libros ilustres salidos de su gente. En el dulce silencio de la biblioteca habrá un diálogo amistoso entre el Civilizador y sus obreros intelectuales, conversación siseada y unitaria. Es cosa excelente el que un realizador dialogue con sus soñadores. He acudido a esta ciudad clavada en paisaje tan feliz, porque siento la mayor simpatía por el sacrificio que las poblaciones pequeñas hacen en bien de su cultura y peso esta materia como granos de diamantes. Cuesta mucho, a veces demasiado, juntar voluntades y dineros para una finalidad delicada. Vosotros habéis honrado en esta sala a muertos y a vivos, ninguno de los cuales tiene voz bronca para hacerse oír del empecinado y menos para hacerse recordar de los olvidadizos. Como miembro de esta familia parda que llamáis escritores, yo os agradezco la sala que nos regaláis por generosidad de la inteligencia y el corazón.

Señor Presidente Municipal, todos os quedamos obligados por esta congregación de libros hecha a la orilla del Papaloapán, corredor silencioso, correo de hombres que me ha traído hasta vosotros. Disponed de mí cada vez que esta chilena errante pueda serviros, aunque sólo sea para contar vuestras natividades como esta, que nacimiento es.

Jalapa, Veracruz.

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Notas relacionadas:

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