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Leyenda del callejón Líbranos Señor (José María Esteva, 1868)

6 agosto 2014
Callejón Líbranos Señor,que en la actualidad lleva el nombre de Holtzinger.  Fechad e foto: 5 de enero de 2014.

Callejón Líbranos Señor,que en la actualidad lleva el nombre de Holtzinger. Fecha de foto: 5 de enero de 2014.

*

En 1868, José María Esteva publicó una versión de la Leyenda del Callejón de Líbranos Señor ubicado en la ciudad de Veracruz, en donde el autor la enlaza con la narración de otra leyenda: La Mujer Blanca. Esta narración la terminó de escribir en La Habana, Cuba, y allí mismo la publicó.

Esta versión de la leyenda de Líbranos Señor es la más antigua que conozco y guarda cierto parecido con la de Ángel Rabanal publicada en 1958. Los personajes son un fraile misterioso que vivía en el callejón y una mujer que buscaba el perdón por haber provocado una desgracia amorosa entre su hija y su novio.

La leyenda de Líbranos Señor narrada por este autor sirve, casi, como epilogo de la historia central, así que es conveniente ofrecer un pequeño resumen de la misma, para entenderla.

La Mujer Blanca es una leyenda sustentada en una tradición popular de la villa de Medellín, Veracruz.

Los personajes centrales son Elena y Carlos Singüenza, los jóvenes enamorados; doña Clara, la madre de Elena y Juan de Lucena, pretendiente escogido por la madre.

Elena y Carlos eran novios desde hacía dos años y se carteaban cuando él no estaba en Medellín. La madre de Elena decidió por conveniencia económica que se casara con Juan, avisando a Elena su enlace con pocos días de anticipación. Ella le escribe a su novio citándolo a las dos de la madrugada junto al río. Carlos realiza el viaje desde el puerto de Veracurz hasta Medellín, encontrándose el río con una creciente, imposibilitando su cruce, exclama ayuda al diablo a cambio de su alma. Casi se inmediato aparece una canoa con la que cruz y llega al encuentro con su amada Elena.

Acuerdan volverse a ver al día siguiente, a la misma hora. Carlos al intentar cruzar el río de regreso, tiene un encuentro con el diablo que desea cobrar el favor otorgado.

Al día siguiente, los preparativos de la boda continúan. Elena ocurre a su cita, pero la espera es en vano.

El domingo se celebro la boda entre Elena y Lucena en la hacienda, de regreso a Medellín. En la playa del río ven a un grupo de hombres forcejando con una lagarta, al que finalmente matan y extraen de su interior, el cuerpo de un hombre. Elena reconoce los restos por una sortija, pero no dice nada, ya que a partir de ese momento pierde la razón. En el pueblo empezaron las murmuraciones, lográndose descifrar quien era el dueño de tal sortija y con ello el nombre del fallecido. Carlos fue sepultado.

Juan de Lucena, el desafortunado marido, de manera fortuita se entero de la historia su esposa con Carlos. Abandono el lugar, dirigiéndose a Veracruz con la finalidad de partir hace Yucatán.

Alrededor de un mes mas tarde, Elena falleció y con ello nació la leyenda de La Mujer Blanca.

***

LEYENDA DEL CALLEJÓN LÍBRANOS SEÑOR

Autor: José María Esteva

CAPITULO DÉCIMOCTAVO

I

En la ciudad de Veracruz se encuentra

Un fraile, misterioso peregrino

Que nadie sabe del lugar que vino

Ni sabe nadie para donde vá.

Ni nadie ha visto con la luz del dia

Si es severo ó afable su semblante;

Que del trato común vive distante

Y es tenido en olor de santidad.

.

En una miserable callejuela

Que sale á la muralla por un lado,

Y hácia el otro se va por el costado

De “Las Damas” la calle á sorprender;

Hay una casa de apariencia triste,

Tan antigua, tan lóbrega y sombría,

Que ningún transeúnte alcanzaría

Que habitada estuviese á comprender.

.

Por las grietas negruzcas de sus muros

Se agrupa el musgo y solitario crece,

Y á la yerba olvidada el viento mece

Sobre el viejo caidizo del balcón.

NI puerta se abre ni ventana alguna

En la noche, la tarde ó la mañana,

Ni en su interior jamás de voz humana

Se oye acento, murmullo, ni rumor.

.

Sepulcro, al parecer, abandonado

Del tiempo destructor á la inclemencia,

Olvidada y antigua residencia

De humanos seres que pasaron ya,

Se levanta en la angosta callejuela

Aquella casa lúgubre y sombría,

En sus muros mostrando todavía

La muerte pompa de su antigua edad.

.

Los nortes del invierno en sus cornisas

Las arenas del mar depositaron,

En sus huecos las aves anidaron,

Sus paredes la lluvia ennegreció.

De sus rejas, sus puertas y ventanas,

Ya gastadas ó rotas las molduras,

Abren anchas, profundas hendiduras

Que el agua pudre ó calcina el sol.

.

El viento de la noche algunas veces

Algun postigo que se abrió golpea,

Y en el Otoño la humedad gotea

Por la rota cornisa ó la pared.

Y al quebrarse los rayos de la luna

En sus tristes almenas ó en sus muros,

Fantasticos y lúgubres y oscuros,

Bultos sin forma por do quier se ven.

.

La gente aseguraba que en tal casa

Se escuchaban lamentos y suspiros;

Que de duendes, de brujas y vampiros

Era aquella la lóbrega mansión.

Y nadie en ella entraba, temeroso;

Años tras años se quedó vacía,

Y la gente del pueblo la veía

En las noches calladas con pavor.

.

El fraile transeunte aquella casa

Tomar quiso, al llegar, como morada,

Y una vida tan sola y retirada

Haceá los ojos de la gente allí,

Que por santo se tiene al peregrino

Que en la oración se vive y el ayuno,

Pues jamás, al pasar, lo ve ninguno

Ni hablar con nadie ni de allí salir.

.

Hay, no obstante, quien diga que á deshora,

Una noche de lluvia y tempestuosa,

Por la calle cruzando tenebrosa

A la luz de un relámpago lo vió.

Que llevaba calada la capucha,

Y cada vez que el rayo centellaba,

A su hábito parduzco rodeba

Un ligero azuloso resplandor.

.

El caso es que, sin verlo, cuentan todos

Anecdotas del fraile milagrosas;

Que los niños, los viejos y las mozas,

Lo tienen en olor de santidad.

Que todos por la fama le conocen

Con el nombre del “Santo Peregrino,”

Y nadie sabe del lugar que vino

Ni sabe nadie para donde vá.

.

II

Era una noche triste y pavorosa,

La casa entre las sombras se envolvía,

Y entre el silencio lúgubre se oía

El rumor de lejana tempestad.

De vez en cuando el viento algún postigo

O mal segura puerta golpeaba,

Y sordo por los aires se escuchaba

El ruido monótono del mar.

.

Las doce de la noche habían ya dado,

Sola estaba la oscura callejuela,

Y el Sereno, cual mudo centinela,

En la esquina mostraba su farol.

Una mujer de negras vestiduras,

Como sombra que vaga misteriosa

Atravesó la calle, y silenciosa

De la casa en la puerta se paró.

.

Llamó dos veces, y los golpes ecos

Del pesado aldabón enmohecido,

Hicieron que el Sereno sorprendido

Se volviese hácia allí para mirar.

Y el brillo de un relámpago luciente,

Pudo ver que la puerta se entornaba

Y la enlutada misteriosa entrba

Oculta, cuasi, entre las sombras ya.

.

La casa estaba oscura, tan solo una bujía

Brillaba allá en el fondo de un largo corredor:

El trueno algunas veces los techos sacudía;

El viento algunas veces silvaba en su interior.

.

El rayo por los aires brillando repentino

Hacía flotar fugaces relámpagos de luz;

Y no se vé en la casa del fraile peregrino,

Ni un santo, ni la imagen sagrada de la cruz.

.

Sentado en su poltrona, de aquella galería

Perdido entre la sombra se puede al fraile ver;

Su faz hasta los ojos el hábito envolvía,

Y está á los pies del fraile postrada una mujer.

.

Yo vengo, padre, esclama, buscando ese consuelo

Que dá á los pecadores la santa religión:

Me dicen que á la tierra bajado habéis del cielo;

Me dicen que se salva quien ha vuestro perdón.

.

Yo, pobre pecadora, la ruta de la vida

Haciendo mal á todos, señor, atravesé:

Llorosa á vuestras plantas hoy vengo arrepentida.

Y el fraile, allá entre dientes, le dice:-Ya lo sé.

.

Yo tuve una hija hermosa que estaba enamorada;

Que amaba con delirio, que amaba con pasión;

Y quise sus afectos forzar, y despiadada

Herí de muerte su alma y herí su corazón.

.

Objeto á su cariño le impuse caprichosa;

La hiel de la amargura en su alma derramé;

Y la hice desgraciada pudiendo ser dichosa.

Y el fraile, allá entre dientes, le dice: -Ya lo sé.

.

Matar con oro quise su afecto y su ternura;

Ahogar en oro quise la fe de su razón;

Mas ¡ay! La inteligencia huyó de su alma pura,

Y aun loca suspiraba de amor su corazón.

.

De Cárlos su querido, su amante infortunado,

También yo la existencia, señor, envenené;

Pues se felice pudo y lo hice desgraciado.

Y el fraile, allá entre dientes, le dice: – Ya lo sé.

.

De dos almas virtuosas dos almas criminales

Hacer pudo tan solo mi loca pretensión;

Pues yo crucé la vida no mas haciendo males,

Y Dios en mi conciencia castiga mi ambición.

.

Los dos pobres amantes del mundo ya partieron;

Yo fui ¡madre infelice! Yo fuí quien los mate:

Los dos, señor, sus almas quizá también perdieron.

Y el fraile, allá entre dientes, le dice: -Ya lo sé.

.

Pues bien, si ya la pena sabeis que me devora,

Si ya sabeis la causa, señor, de mi aflicción,

Llorosa á vuestras plantas está la pecadora

Y dicen que se salva quien ha vuestro perdón.

.

Entonces el embosoquitándo el perefrino,

Descubre su semblante, y dice:-No, mujer;

Si mal hiciste á todos, se cumple tu destino.

Ya es tarde, pecadora: estás en mi poder.

.

Un rayo en el instante estalla fragaroso;

Relámpago luciente alumbra el corredor,

Y puede doña Clara mirar el horroroso

Semblante, en aquel fraile, del negro, con pavor.

.

El viento silvó entonces las puertas sacudiendo;

Cayó á los piés del fraile privada la mujer;

Y el eco por los aires quedóse repitiendo:

Ya es tarde, pecadore: estás en mi poder.

.

III

Curioso el Sereno de la calle

Por ver si á la enlutada conocía,

La esperó, mas al ver que no salía

De la casa á la puerta se acercó.

Y oyó por dentro gritos y suspiros,

Ruido de cerrojos y cadenas,

Y con la sangre helada por sus venas

Se detuvo en la puerta con horror.

.

El extraño ruido proseguía,

Y al cabo, de la casa recelando,

Tocó su pito auxilio reclamando

De los otros Serenos como él.

Poco á poco llegaron y con ellos

El Alcalde llegó mas inmediato,

Oyó, quizá riendo, aquel relato

Y en la casa internáronse después.

.

Sola estaba la lóbrega morada;

Sola estaba la oscura galería;

Y ni al fraile se halló que allí vivía,

Ni á la enlutada que el Sereno vió.

En vano con ahinco de la casa

Los cuartos y escondijos registraron,

Pues tan solo murciélagos miraron

Que volaban causándoles pavor.

.

Oian, no obstante, lánguidos suspiros

Que el eco por los cuartos remedaba,

Y una peste ten fuerte se exhalaba

De azufre, á veces, de betún y pez,

Que el Alcalde salióse de la casa

Juzgando que era el Diablo el peregrino,

Y siguiendo espantados su camino

Los serenos saliéronse tras él.

.

Al punto circuló la historia aquella

Que escucha la gente horrorizada,

Y que fue Doña Clara la enlutada

Entre algunos llegóse á presumir.

Nadie supo después del peregrino;

Desde entonces la casa está vacía,

Y en las noches oscuras todavía

Se santigua el que pasa por allí.

.

Cuando se habla hoy del hecho, se asegura,

Mostrando con horror la casa aquella,

Que el Diablo en otro tiempo vivió en ella

Y á una pobre enlutada se llevó.

Y el vulgo, desde entonces, por las noches

Al pasar por allí duda y recela,

Y á la lóbrega y triste callejuela

Se le llama de “Líbranos Señor.”

*

Fuente: Esteva, José María, La mujer blanca: Leyenda mejicana, La Habana: Imprenta militar de la V. e Hs. de Soler, 1868, pp. 229-236.

***

Notas relacionadas:

Leyenda del callejón Líbranos Señor (Juan José González,1943).

Leyenda del callejón Líbranos Señor (Ángel Rabanal, 1958)

Nueva Veracruz: Callejón Líbranos Señor (hoy, Holtzinger)

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