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1969: Conferencia sobre historia de Veracruz.

16 mayo 2014

Conferencia dictada por el doctor Ernesto Lemoine Villicaña (1927-1993) el 22 de mayo de 1969 en el salón de actos del Museo de Veracruz, con motivo del 450 aniversario de la fundación de esta ciudad. Publicada en 1974 por el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Universidad Iberoamericana.

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MICROHISTORIA COLONIAL DE LA CIUDAD DE VERACRUZ

Ernesto Lemoine.

Acontecimiento de enorme significado en el desarrollo geohistórico de nuestro país fue la fundación, hace cuatro siglos y medio, de la hoy ciudad de Veracruz; sólo por haber servido de base (“cabeza de playa”) a la empresa conquistadora de Hernán Cortés, sino por haber sido el primer asiento formal, físico y jurídico, plantado por los europeos en la América Septentrional, que perdura hasta nuestros días.

Mas, con ser tan singular el suceso, es lamentable constatar lo mal que se le conoce y la serie de equívocos que se han perpetuado en torno a las mudanzas del asiento primitivo. Ello debido a dos causas fundamentales: a las contradicciones en que han incurrido los autores que desde el siglo XVI aludieron al asunto, ya la pérdida (irremediable, a lo que parece) de los testimonios claves que consagraron el nacimiento de esta institución geográfico-política.

Este trabajo — “microhistoria”, para aplicarle el género que ha puesto en boga el inteligente Luis González— no pretende enderezar graves y seculares entuertos, ni mucho menos cubrir vacíos documentales, hoy por hoy insalvables. Se limita a exponer, panorámicamente, algo de la secuencia geohistórica de la urbe veracruzana, apoyándose en autoridades confiables y en datos y reflexiones que, creemos, nos pueden acercar más a la comprensión de los hechos. La primera parte toca la problemática historiográfica de la erección de Veracruz y las vicisitudes de su trashumancia. En la segunda, veremos el desarrollo colonial de la ciudad, que entonces fue puerto y puerta de Nueva España y hoy lo es de la República Mexicana

Texto —hasta ahora inédito— de la conferencia dictada el 22 de mayo de 1969 en el salón de actos del Museo de Veracruz, con motivo del 450 aniversario de la fundación de esta ciudad.

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El arranque de esta historia tiene que principiar con la expedición de Juan de Grijalva que, bien se sabe, en 1518 prosiguió los descubrimientos en el punto en que los había interrumpido Francisco Hernández de Córdoba, siendo el primer europeo que reconoció en toda su extensión el litoral del actual Estado de Veracruz, comprendido entre los ríos Tonalá y Pánuco. Gonzalo Fernández de Oviedo, que es el único de los cronistas del siglo XVI que relata, fechándolos día a día, los incidentes de esta navegación, puntualiza que el jueves 17 de junio de 1518, las naves de Grijalva “llegaron junto a una bahía que se hace entre la tierra firme y una isleta que está entre la bahía y la mar, e surgieron allí con los navíos” (1). Sin desembarcar y luego de una rápida vista de ojos y del dictamen de los pilotos, Antón de Alaminos a la cabeza, Grijalva hizo levantar un acta en que se dijo que ésta “era tierra continuada e parecía otra tierra nueva, y que por tal se podía tomar en ella posesión”. Al día siguiente, viernes 18 de junio, los expedicionarios desembarcaron en la isla y, agrega Oviedo, “el capitán general mandó que se llamase isla de los Sacrificios y bahía de Sacrificios, allí donde los navíos estaban surtos entre las isleta e la tierra firme”.

El sábado 19, después de nuevo parecer de Alaminos, los navíos se arrimaron a otra isleta, situada hacia el noroeste y más cercana a la tierra firme, y ese mismo día, registra el cronista, “saltó en tierra el capitán general Juan de Grijalva, con parte de la gente, e tomó la posesión… y puso nombre a aquella provincia San Juan”. No por ser el día de San Juan como mucho se ha repetido, sino por el nombre del jefe de la expedición. A la isla y a la costa que frente a ella se dilataba, dice el padre Las Casas, amigo y confidente de Grijalva, los españoles “le pusieron entonces San Juan, y después, como se entendió que los indios llamaban a toda aquella tierra Ulúa, añadióse a San Juan, Ulúa, y así se llama el puerto y la isleta: San Juan de Ulúa; el acento [lo] tiene la u segunda”. (2)El toponímico, lo sabemos bien, quedó consagrado desde ese momento. A partir de entonces, el islote y el fondeadero de San Juan de Ulúa hicieron las veces de un observatorio desde donde se fueron develando las incógnitas de aquella parte del continente a la que los mismos compañeros de Grijalva empezaron a designar con el nombre, prometedor y muy significativo, de Nueva España.

El domingo 20 de junio, bajo unas enramadas levantadas de prisa, se dijo la primera misa en esta región. Los días siguientes se invirtieron en rescatar de los indígenas objetos preciosos, y el 24 Grijalva despachaba en uno de los navíos a Pedro de Alvarado, para que llevase a Cuba muestras de los tesoros obtenidos y

1. Historia general y natural de las lndias. Asunción del Paraguay, 1944 t. lll. p. 285.

2. Historia de las lndias. México, 1951, t. Ml, p. 212.

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Un informe de lo hasta ahí realizado por la expedición. “E así como el capitán Alvarado se hizo a la vela para la isla de Cuba -dice Oviedo -, en este punto y hora el capitán Grijalva, con lo restante de la gente y tres navíos que le quedaban, se partió de allí e siguió la costa adelante hacia el occidente” No esperó Diego Velázquez el regreso de Grijalva para iniciar los preparativos de una nueva y mejor aviada expedición. Le bastó con el informe, las muestras de oro y el entusiasta e intencionado relato verbal de Alvarado, para intuir que delante del sugestivo promontorio de Ulúa, el destino le tenía reservado una de las riquezas más fantásticas de todas las Indias.

Y cuando, a principio de octubre, Grijalva estuvo de vuelta en Cuba, se enteró contrariado y decepcionado —y de ello se dolió, años más tarde, en Santo Domingo, con su confidente el padre Las Casas—, de la nueva armada y del nuevo capitán que el gobernador disponía a toda prisa, para proseguir los descubrimientos iniciados por Hernández de Córdoba y continuados por él. Irrumpe así, para cumplir su cita con la historia, la figura de Hernán Cortes, el nuevo hombre de confianza de Diego Velázquez. La instrucción que éste le dio en Santiago de Cuba, el 23 de octubre de 1518, señala con insistencia una zona de operaciones mínima de esta tercera armada, acotada por dos extremos geográficos insulares: “las tierras e islas de San Juan de Ulúa e Cozumel” (3). Puntos de referencia tan vitales en la carrera de Velázquez, que el mismo año de la expedición cortesiana, el procurador de don Diego en España, Benito Martín, obtenía de Carlos V, para el gobernador de Cuba, el título de “Adelantado de las islas de Yucatán y Ulúa” (4). Y cuando, meses después, a través de su mismo procurador, se queja ante el monarca de la deslealtad de Cortés, explica que había enviado a éste, su sufragando él todos sus gastos, (sic) “a calar la isla de Ulúa y a poblar donde mejor le pareciere” (5)

Nada extraña, en consecuencia, que cuando Cortés inicie su periplo, lleve fijo en la mente un objetivo que lo obsede: San Juan de Ulúa. Nombre mágico que parecía señalar la ruta para la conquista de un imperio de fábula.

La flota de don Hernán salió de Cuba en febrero de 1519, y después de seguir, casi con fidelidad, el itinerario de Grijalva, echó anclas junto a San Juan de Ulúa en día “Jueves Santo”, según Bernal y Gómara, que historiadores del siglo pasado, uno de ellos Orozco y Berra, traducen como 21 de abril. A partir de

3. Publicada por Alamán, Disertaciones…, México (Publicaciones Herrerías, S.A.J. s.f., Apéndice al t. I, p. 5 ss.

4. Ibid., p. 9

5. Ibid.

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este momento se abre una de las interrogantes más molestas de nuestra historiografía colonial: la fecha y lugar de la fundación, material e institucional de Veracruz. El problema, cuando menos en uno de sus aspectos, se ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza, por la pérdida de tres piezas documentales básicas para desentrañarlo: la primera carta de relación de Cortés, el texto del acta de erección de la Villa Rica, y el primer libro de actas del cabildo de la misma.

Por su parte, los cronistas príncipes de la conquista, Gómara y Bernal, de cuyas obras se deriva –y se repite- lo más sustancial y vulgar que se conoce del tema, omiten, sistemáticamente, fechas esenciales para seguir la secuencia exacta de los hechos posteriores a la llegada de Ulúa; sin contar con que, se contradicen tan repetidas veces los dos escritores, que a menudo resulta imposible empalmar sus respectivos asertos.

Otros autores, coetáneos o posteriores, menos directamente informados de los sucesos, como Las Casas, Oviedo, Herrera o Torquemada, no nos sacan de las dudas. Y tampoco hallazgos documentales de épocas más recientes, como la copia de un original perdido, de la muy socorrida carta de 10 de julio de 1519, que el cabildo de la Villa Rica envió a Carlos V; texto, ciertamente interesante desde muchos ángulos, menos del que nos ocupa y preocupa, por sus graves omisiones, porque tergiversa y oscurece sucedidos y, en especial, por su amañado carácter de alegato político en contra de Velázquez: rasgo este último que no auxilia mucho a la objetividad histórica.

Sería largo y tediosos presentar aquí una compulsa de las diversas fuentes que tratan el problema; es más práctico resumir éste e intentar esclarecerlo, partiendo de los pocos datos cronohistóricos que se consideran, en verdad, indiscutibles.

Por principio, es grueso error insistir en que Veracruz fue la primera fundación española en la parte continental del Nuevo Mundo. Le antecedieron, por años que se remontan hasta una década, San Sebastián de Urabá, erigida por Alonso de Ojeda en 1509, que, dice el muy enterado Oviedo, “fue la primera población de cristianos en la tierra firme” (6); Santa María de la Antigua, asiento consolidado en 1510 por Martín Fernández de Encisco y Vasco Núñez de Balboa; y Acia, obra de Pedrarias Dávila, en 1516: estas tres poblaciones, de vida no muy prolongada, estuvieron en la zona del Darién, sobre el golfo de Urabá, en la parte noroccidental de la actual República de Colombia. Panamá, que este año celebra también su 450 aniversario, es pocos meses posterior a Veracruz, pues se fundó en agosto de 1519. Tratándose de nuestra ciudad, lo correcto es consagrarla como la fundación europea más antigua que perdura en el continente america-

6. Op. cit.X. Vl, p. 262

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no, pues las localidades del golfo de Urabá desaparecieron antes do 1530 y Panamá cambió de ubicación en el siglo XVII.

En cuanto a la historia, documental mente comprobada, de los primeros tiempos de Veracruz, disponemos de las siguientes cotas cronológicas:

a) Jueves Santo, 21 de abril de 1519, llega la expedición de Cortés a San Juan de Ulúa.

b) Viernes Santo. 22 de abril, ocurre el desembarco en las playas fronteras al islote, y Cortés, afirma Gómara y ratifica Bernal, “tomó el mejor sitio que le pareció entre aquellos arenales de la marina, y así asentó real y se hizo fuerte” (7)

c) 6 de julio. Desde la Villa Rica, ya establecida en Quiahuiztla –y adopto el toponímico fijado por Paso y Troncoso— , Francisco Hernández de Puerto Carrero y Francisco de Montejo, procuradores de la población, firman el recibo del inventario de los objetos preciosos que iban a conducir a España como obsequio al emperador.

d) 10 de julio. El Ayuntamiento de la Villa Rica fecha en este día una de las relaciones –la única que se conoce- dirigidas al emperador para informarle de lo hasta entonces realizado por la expedición cortesiana.

e) 26 de julio. Leva anclas, del puerto de la Villa Rica cercano a Quiahuiztla, el navío que conduce a los procuradores, con los regalos, la primera carta de relación de Cortés y los informes del Ayuntamiento, todo ello con destino a Carlos V.

f) 16 de agosto. Luego de haber dejado competente guarnición en la Villa Rica, este día inicia Cortés, desde Cempoala, su marcha al interior del país, en demanda de la metrópoli de Moctezuma.

Ahora bien, que sepamos, ninguna otra fecha, entre estas extremas, indican las fuentes históricas para determinar con exactitud los acontecimientos que ocurrieron en los intervalos de las arriba indicadas. Trataremos de llenar los vacíos que más directamente incumben al nacimiento y primeras vicisitudes de Veracruz, interpretando, sobre todo, a los imprescindibles Bernal y Gómara; más al segundo que al primero. El Viernes Santo, 22 de abril de 1519 es, sin lugar a dudas, la fecha clave que debe consagrarse como la de la fundación real de esta ciudad. Cierto que Cortés le dio al asiento el carácter de provisional, que en ese día no se levantó acta que testificara, jurídicamente, el suceso, y que a poco la localidad mudó de

7. Historia de la conquista de México, México, 1943, t. I, p. 103

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sitio. Pero, en apoyo de nuestro aserto, enunciamos las siguientes circunstancias, todas ellas de peso: el paraje de San Juan de Ulúa ya nunca más se despobló a partir de aquel 22 de abril; aquí, en fecha que puede localizarse hacia el fin de la tercera semana de mayo (según Bernal), o hacía mediados de junio (según Gómara), se erigió el ayuntamiento, se creó el primer poder político-administrativo de Nueva España, y se institucionalizó el organismo municipal; o sea, de una situación de hecho, se pasó a una de derecho. Aunque la Villa se trasladó al norte, pocos días después de su instauración legal, al sitio de Quiahuiztla, el paraje del primitivo asiento, ya con el nombre de “San Juan”, o con el de “Ulúa”, o con el de “San Juan de Ulúa”, siguió considerándose como “puerto” de la Villa Rica. Por último, es decisivo el hecho de que, luego de trashumancias que se prolongaron ochenta años, la Veracruz errante, en su doble carácter de burgo legal y comunidad material, volvió a su punto de origen, a las playas de Ulúa, para ya no desprenderse más de este lugar.

En consecuencia, es legítimo historiar, sin interrupción, la vida de esta Veracruz- Ulúa, que es la que realmente cumple ahora su 450 aniversario; y considerar, como incidencia accesoria, la etapa peregrina (tan bien analizada por Lerdo de Tejada, Orozco y Berra y Paso y Troncoso) que en un lapso de ochenta años se sintetiza en los nombres de Veracruz-Quiahuiztla y Antigua Veracruz.

Conviene, sin embargo, recordar lo fundamental de esta etapa. Cortés, con los informes de la expedición de Grijalva, que, se han dicho, avanzó hasta la latitud del río Panuco, supuso que de Ulúa podría hallarse un puerto mejor que éste, ideal para la instalación definitiva de la Villa Rica. Con tal pensamiento, envió dos navíos, al mando de Montejo, a explorar en busca del ansiado fondeadero. Un poco arriba de los 19° y 40′ grados, Montejo descubrió un paraje que parecía convenir a su objetivo: un abrigo costero, resguardado por un promontorio que hoy se denomina, precisamente, Punta de Villa Rica, y un arrecife o islilla, “de feo nombre”, según Bernal, por masque lleve el del cronista, pues desde entonces se le conoce como Bernal o Bernal Chico. Muy cerca de esta presunta bahía, y montado sobre unos cerros, se hallaba el pueblo totonaca de Quiahuiztla. Aunque ni Montejo que lo vio, ni Cortés, que sólo lo conoció de oídas, quedaron muy convencidos de las bondades del lugar – al decir de Gómara -, don Hernán decidió, de cualquier manera, movilizarse con su ejército, para ir a plantar la Villa Rica en aquellos terrenos aledaños a Quiahuiztla. La flota lo siguió, para reunirse con él, en el día y sitio acordados. Y en una fecha, por desgracia no registrada en las fuentes, que puede colocarse entre fines de junio y principios de julio, se realizó el segundo establecimiento material de Veracruz. Minucioso y muy gráfico es el relato de Gómara. Cortés –escribe su capellán-

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“llevó muchos indios (de las vecindades)… con los cuales se cortó mucha rama y madera y se trajo con alguna piedra para hacer casas en el lugar que trazó, a quien llamó la Villa Rica de la Veracruz, como habían acordado cuando se nombró el cabildo de San Juan de Ulúa. Repartiéronse los solares a los vecinos y regimiento, y señaláronse la iglesia, la plaza, las casas de cabildo, cárcel, atarazanas, descargadero, carnicería y otros lugares públicos y necesarios al buen gobierno y policía de la villa”. (8) Que sobre las espaldas de miles de indios totonacas recayó el peso de los trabajos materiales del nuevo asiento, lo comprueba la Relación de Xalapa de 1580. En efecto, preguntado el informante del pueblo de CiguacoatIan sobre la demografía del lugar, respondió que éste “tendrá como 25 indios tributarios”, pero —agrega—, “antiguamente hubo muchos, como mil indios; consumiéronse por ir al servicio personal a la Villa Rica de la Veracruz la Vieja, que fue un pueblo de españoles que fundó el marqués del Valle, conquistador, junto a la mar, cuando conquistó, por ser allí el puerto donde venían las flotas de España” (9).

Paso y Troncoso, en sus exploraciones de Cempoala, localizó, a fines del siglo pasado, el sitio de esta segunda Veracruz; pero ignoramos las fuentes en que se apoyó para afirmar que “el primer nombre que se impuso a la puebla, según documentos de la época, fue la Villa Rica de la Veracruz del puerto de Archidona, como si dijéramos, del puerto de Quiahuiztla; que a esta población totonaca llamaron los españoles Archidona, por estar situado en una pendiente, como la ciudad así nombrada en la provincia de Málaga.”

Cerca de un mes después de la erección, exactamente el 26 de julio, levaba anclas, del fondeadero de Quiahuiztla, el navío que conducía los obsequios, las curiosidades de la tierra (entre otras, un grupo de indígenas) y las cartas de Cortés y del Ayuntamiento para el emperador.

Es oportuno decir algo de esta embajada, que tiene mucho que ver con la historia de Veracruz. Fernández de Oviedo escribe que Cortés, para neutralizar la prepotencia de Diego Velázquez, “envió al emperador, nuestro señor, la relación de las cosas que había visto y muchas muestras e joyas de oro e hermosos penachos y plumajes, y un presente muy rico de cosas mucho de ver y de gran valor, con dos hidalgos, uno llamada Alonso Fernández Puerto Carrero, e el otro el capitán Francisco de Montejo; las cuales cosas yo vi en Sevilla cuando las trujeron, cuasi en fin de aquel año de diecinueve, tornando yo a la Tierra Firme, e habían llegado estos

8. lbid.. p. 134

9. Papeles de Nueva España, Madrid, 1905, t. V, p. 116

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mensajeros e procuradores de Cortés pocos días antes.” (10). Ahora bien, los procuradores depositaron aquel tesoro en la Casa de la Contratación, de donde se remitió al emperador, quien lo recibió en Valladolid a principios de abril de 1520.

La idea, generada en el siglo XVIII por el historiador inglés Robertson, de que las cartas perdidas de Hernán Cortés y del Ayuntamiento de la Villa Rica, podrían encontrarse en Viena, se desvanece si meditamos en que, por ese tiempo, Carlos V, abrumado por la política europea, se interesaba poco, personalmente, en los asuntos de Indias; en que, entre 1519 y 1520, permaneció bastante tiempo en España, como para enterarse aquí, y no en Alemania, de las cuestiones de sus dominios ultramarinos; en que, es poco probable que transportara con su persona los bromosos archivos que testimoniaban, día a día, la problemática de todo su imperio; y, por último, en que la primera embajada de Hernán Cortés cumple su cometido, actúa, entrega sus informes y es escuchado en tierra española. Así tenemos que Puerto Carrero y Montejo se trasladaron de Sevilla a Barcelona, donde se encontraba el emperador, en noviembre de 1519; y fueron recibidos por éste, a quien entregaron las relaciones escritas de sus poderdantes.

Uno de los cronistas clásicos del César. Pero Mexía, contemporáneo a los sucesos, ha dejado constancia de la recepción de Barcelona: “Entre estas embajadas que tengo dichas escribe, le vino al emperador una, de la cual, por ser de muy grande valor e importancia, merece que de ella hagamos más larga e particular cuenta y mención… y esta fue de Hernán Cortés. … [que envió desde Nueva España] sus mensajeros al emperador, a Barcelona, estando ya de partida para Castilla, que fueron dos hidalgos, llamados Hernando Puertocarrero y Francisco de Montexo, con los cuales envió grandes muestras y joyas de oro, y plumajes, y otras cosas de primor y estima de aquella tierra, y relación de los edificios de cantería y poblaciones que había hallado, y de los peligros y batallas que con los naturales había pasado; y le envió a suplicar le hiciese merced de la gobernación de aquella tierra. El emperador hubo grande alegría con esta nueva y recibió muy alegremente a los mensajeros de Hernán Cortés. Y aunque por entonces no se le otorgó todo lo que pedía, hasta ser más informado, mandóle responder a sus cartas y envióle a mandar procediese en su conquista conforme a las instrucciones que tenía.” ´(11)

Hasta aquí la crónica de Mexía, que nos conduce a la siguiente reflexión: ¿no es más lógico que las cartas perdidas de Cortés y del Ayuntamiento de la Villa Rica, se encuentren en los archivos de Barcelona (abundantes en papeles de Carlos V) y no en los de Viena? Por último, no debe olvidarse que Puerto Carrero y Montejo, pendientes de que las hazañas e intereses de su jefe no pasaran inadvertidos del emperador, siguieron a éste en su tránsito por España,

10. Op. cit. A. VIM, p . 231.

11. Historia del Emperador Carlos V, Madrid, 1945, p. 113

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hasta que se embarcó rumbo a Flandes. Precisamente de La Coruña, por los días en que radicaba ahí la corte y se disponía la flota para el traslado del monarca, datan dos declaraciones rendidas por Montejo y Puerto Carrero, el 29 y 30 de abril de 1520, respectivamente, al secretario regio Lorenzo Galíndez de Carbajal, en las que, una vez más, abonan la conducta de Hernán Cortés. (12)

Pero volvamos a Nueva España. Durante el transcurso de la campaña conquistadora, cuando conocieron mejor el país, Cortés y sus más cercanos colaboradores no tardaron en darse cuenta de la desacertada elección de Ouiahuiztla como puerto de la naciente colonia: el sitio quedaba un tanto marginal de las rutas naturales, trajinadas por los indígenas, que conducían a los centros vitales de altiplano; y, por otra parte, no superaba las ventajas de San Juan de Ulúa, que siguió siendo el preferido de traficantes y navegantes. A tal grado que, poco después de la caída de Tenochtitlan, Cortés ordenó que en sus cercanías, y hacia la banda del sur, se fundara una nueva ciudad, que sirviera de apoyo al puerto y, a la vez, se beneficiara de su movimiento mercantil.

Tal es el origen de Medellín, fundada en diciembre de 1521, cuyo primer alcalde fue Andrés de Monjaraz. De pasada, mencionemos la ostensible fuerza política de las instituciones municipales, que Cortés esgrimió para conservar el poder, Sus enemigos en la corte habían logrado una primera victoria el nombramiento de Cristóbal de Tapia como gobernador de Nueva España. Para oponerse a él, don Hernán le echó encima la autoridad de los cabildos; y en una junta, convocada por él en la ciudad indígena de Cempoala –por su cercanía a Villa Rica, a donde había llegado Tapia—, los procuradores de los ayuntamientos de México, Segura de la Frontera, Villa Rica y Medellín, acordaron, el 24 de diciembre de 1521, el rechazo de Tapia y un nuevo voto de confianza a Cortés (13). En el acta que al respecto se levantó, figuran como autoridades de Villa Rica, los siguientes conquistadores: alcalde, Francisco Alvarez chico; factor, Bernardino Vázquez de Tapia, y regidores, Jorge de Alvarado y Simón de Cuenca.

En los años inmediatos, la fundación de Quiahuiztla empezó a declinar; aunque a media legua de la costa y disponiendo de un fondeadero propio, en realidad el puerto de Nueva España seguía siendo San Juan de Ulúa, situado muy al sur de aquella segunda Villa Rica. El sentido práctico se impuso, y para

12. En Colección de documentos inéditos para la historia de España, Madrid, 1842, t. l, p. 486 ss.

13. Joaquín García lcazbalceta, Colección de documentos para la historia de México, México, 1858. t. l, p. 452

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conectar mejor la población con el camino real y con su verdadero puerto, las autoridades de México, aprovechando que Cortés se hallaba en su malhadada expedición a las Hibueras, decidieron, a fines de 1525, el traslado de la Villa Rica al paraje, hoy conocido con el nombre de Antigua, que la acercaba a Ulúa y la ponía en la ruta del litoral a la metrópoli del altiplano. En la carta que el contador Rodrigo de Albornoz dirigió al emperador, desde la “gran ciudad de Temistlán”, el 15 de diciembre de 1525, le informa: “En esta Nueva España, Cesárea Majestad, no ha habido muy buena disposición de puertos para los navíos que a ella vienen, y agora la Villa Rica de la Veracruz se muda seis leguas de donde estaba, junto a un río que dicen de Canoas, que es en el mismo término suyo hacia la villa de Medellín; porque del puerto de San Juan, donde agora vienen los navíos, sube un brazo de mar a este río donde agora se pasa la dicha villa, y otro al de Medellín; y éste (es decir, el del río de Canoas) está más cerca para desembarcar la ropa de los navíos dos leguas que el de Medellín; y así se podrán desembarcar más a placer las mercaderías que de aquí adelante vinieren, y sin tanta costa.” (14)

El asiento de Quiahuiztla se abandonó por completo, y en unos cuantos años la maleza cubrió de tal manera sus ruinas, que durante siglos se perdió hasta la memoria del lugar donde el conquistador había erigido la segunda Veracruz.

Vida más prolongada tuvo la tercera, aunque no por ello más garantizada, porque aunque en el asiento del río de Canoas (hoy río de Antigua) se hizo traza en forma, se repartieron solares se concentró regular número de vecinos y se levantaron buenas construcciones, civiles y religiosas, el puerto de Ulúa, con su progresivo movimiento mercantil, siguió polarizando el interés económico y estratégico de toda la comarca, a costa de sus dos satélites, la propia Villa Rica al noroeste, y Medellín al suroeste.

El contraste se hizo más evidente en la segunda mitad del siglo XVI, cuando empezó el auge minero de Nueva España, y verdaderos ríos de plata empezaron a salir rumbo a Europa por la puerta, inevitable e imprescindible, de San Juan de Ulúa.

Aunque en el sitio de la primera Veracruz, que acabaría por ser el de la cuarta y última, no había traza formal de poblado, se fueron edificando desde los iniciales días cortesianos, en la parte más cercana a la isla, almacenes para las mercaderías, tiendas de abasto, mesones para los pasajeros y albergues para las numerosas recuas. Parece ser que el principal monopolista de este tipo de instalaciones fue un Juan Baustista Buitrón, célebre en el siglo XVI por su bien provista

14. lbid.. p. 484

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negociación, denominada Venta de Buitrón, lugar de paso obligado para cuanto viajero iba o venía de España. En el mapa que acompaña a la Relación de Tlacotalpan de 1580, figura frente a la isla en forma destacada dicha venta; junto con otra de Ramírez (15). Y el nombre cobró tal crédito, que a veces con él se designaba al puerto, llamándole “Banda de Buitrón” (16). El padre Ponce, que visitó el lugar en 1585, lo describe, cita la Venta de Buitrón, “hecha en la mesma playa, frontera de la isla de San Juan”, otras dos ventas, varias casas, un hospital y la fortaleza de la isla, donde el gobernador de ella, o “castellano” como se le designaba, lo agasajó todos los días que ahí estuvo. (17)

El problema de que la Villa y el puerto no estuvieran juntos, sino separados por una distancia de unas cinco leguas, hizo crisis en los últimos años del reinado de Felipe ll. Ante un alud de peticiones para que Veracruz se moviera, una vez más, para fundirse definitivamente con el puerto de Ulúa, el monarca dio su aprobación, que puso en práctica su sucesor, Felipe III, en el año de 1599, siendo virrey el conde de Monterrey. Algunos vecinos se opusieron al cambio, y los oficiales de real hacienda le enviaron un memorial al rey, negándose a trasladar las cajas reales “a la banda de Buitrón [porque] demás de ser aquel sitio tan yermo y malo para poblar, por ser todo arenales y no haber agua, sino sólo una ciénega encharcada donde bebe el ganado, que es muy dañosa para la salud de la gente, [no hay] ni leña ni yerba” (18). Pero los intereses económicos, fiscales y militares que estaba en juego superaron, con mucho, a los inconvenientes, y ante eso, el conde de Monterrey, con inusitada energía, ordenó el traslado de las corporaciones y de todas las oficinas públicas, que para el año de 1600 ya funcionaban en Ulúa, donde de inmediato se hizo la clásica traza reticular de la ciudad. Hemos paleografiado en el Archivo General de la Nación, un testimonio coetáneo del título de erección de la cuarta Veracruz, otorgado por Felipe III y refrendado en Chapultepec, el 28 de marzo de 1600, por el virrey conde de Monterrey. En tan notable documento leemos estas enfáticas determinaciones del monarca: “Y porque mi voluntad es que, en cuanto sea posible, la dicha ciudad sea favorecida y honrada, y atento a su antigüedad ya los buenos y leales servicios que de ella he recibido, se conserve y perpetúe su nombre: mando que la dicha población, sita en la banda de tierra firme del puerto de San Juan de

15. Papeles de Nueva España, t. V, frente a p. 1 .

16. Archivo General de la Nación, Reales Cédulas (Duplicados), t. l bis, f. 31, Real Cédula de 7 de junio de 1599.

17. Relación. . . de algunas cosas. . . que sucedieron al padre Fray Alonso Ponce, Madrid, 1873, t. ll, p. 318

18. Documento citado en la nota 16.

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Ulúa, se llame para siempre LA NUEVA VERACRUZ, y de esta manera se intitule y nombre por escrito, de palabra o en lo judicial o extrajudicial, y en las cartas y papeles y comunicación de la gente” (19)

Y así, cual otro hijo pródigo, Veracruz retornó, al desputar el siglo XVII, al lugar de su nacimiento.

Pero, a diferencia de Quiahuiztla, el asiento del río Canoas no murió del todo, Antigua Veracruz conservó su rango edilicio y fue la cabecera de la “alcaldía mayor” del mismo nombre; pero en el siglo XVIII empezó a decaer y a despoblarse, razón que motivó el traslado de la sede de la alcaldía a Misantla, aunque la jurisdicción conservo el nombre de “La Antigua” con el agregado de “y Misantla”. Más tarde, con el sistema de intendencias, ya no figuró en la lista de “partidos” o subdelegaciones” de la intendencia de Veracruz. Y, a partir de 1810, la guerra emancipadora casi acabó por arruinar el poblado. A mediados del siglo XIX, don Miguel Lerdo de Tejada evocaba con nostalgia romántica el histórico lugar: “Todavía hoy —escribía el ilustre veracruzano— a pesar de lo mucho que sufrió el pueblo de La Antigua durante la guerra de independencia…, existe allí un pequeño caserío con algún vecindario, conservando su primitivo nombre, como un triste y solitario monumento destinado a recordar a los transeuntes el punto que ocupó en otro tiempo la Villa Rica de la Vera- cruz ” (20).

***

La designación oficial impuesta por la real cédula de Felipe III, de Nueva Veracruz (sin el “Villa Rica” de los primeros tiempos), fue simplificándose hasta quedar en el siglo XVIII Veracruz, a secas; única, unívoca e inconfundible ciudad que España poseía en Indias.

Superado el problema del divorcio geográfico entre el burgo y el puerto, y fundidos ya para siempre, en un compacto y armónico organismo, los dos básicos elementos que forjaron el ser de Veracruz, los progresos de la ciudad se aceleraron. En el precioso, aunque un tanto idealizado, plano atribuido al ingeniero Adrían Boot, del primer tercio del siglo XVII, la planta urbana, con más de medio centenar de manzanas, se ve ya respetable; por más que, hacia la misma época, la ciudad no haya impresionado al bilioso Tomás Gage, que nos dice en su

19. Archivo General de la Nación, ramo Civil, t. 652, último expediente.

20. Apuntes históricos de la heroica ciudad de Veracruz, México, 1850, p. 290

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conocido libro de viajes: “El número de los habitantes será como de unos tres mil, entre los cuales hay muchos ricos mercaderes, algunos de ellos de 200, los otros de 300 y de 400 mil ducados de buen haber. No paramos mucho la consideración en los edificios, porque todos son de madera, así las iglesias y los conventos, como las casas particulares … [pero] el inmenso tráfico que tiene España con México, dan a [Veracruz] una grande opulencia y la convierten en depósito de todas las riquezas y mercaderías del continente americano y de las Indias Orientales” (21). Y poco antes de Gage, en la segunda década de esa centuria, el viajero Vázquez de Espinosa, también se hacía lenguas de las fabulosas riquezas metálicas que pasaban por el puerto, añadiendo: “La ciudad tendrá 400 españoles; toda la casería es de tablas, aunque ya se van fabricando muchas casas de cantería”; tiene buena iglesia mayor, varios conventos, un hospital y un excelente muelle (22).

Codiciada y amagada por las potencias enemigas de España, la vida de Veracruz, siempre en ascenso, registra a lo largo del último siglo de los Austrias y de la dieciochesca centuria borbónica los avatares locales que en proyección más amplia sacuden hasta sus cimientos la estructura íntegra del imperio hispánico: guerras internacionales que se suceden casi sin reposo, pérdida de colonias vitales (como Jamaica), piraterías, saqueos, asaltos a las flotas de la plata, tratados de paz desventajosos, alianzas imprudentes: en suma, el paulatino declive de España como potencia mundial. Bajo tan depresivas perspectivas, el gobierno de Madrid hace esfuerzos desesperados y costosos por resguardar la puerta de Nueva España, su más preciada colonia. La Armada de Barlovento, las fortificaciones de San Juan de Ulúa, el amurallamiento de Veracruz, son algunos de esos actos pánicos que muestran la sicosis que a lo largo de dos siglos conmovió el espíritu de nuestra porteña comunidad.

Un atractivo plano de 1727, original en el Archivo General de la Nación, nos muestra a la ciudad ya rígidamente encorsetada, con sus murallas y fortines, que en un informe militar de 1748 se describen como “un simple parapeto de mampostería de vara y medio de alto, en el cual está plantada una estacada de dos varas”, protegiendo todo el recinto, de trecho en trecho, ocho baluartes (23).

Por fortuna, Veracruz, a diferencia de La Habana, Manila o Buenos Aires, no padeció, durante la Colonia, los efectos de una invasión militar extranjera. Que tales desdichas se le tenían reservadas para una época posterior, la de la Independencia.

21. Nueva relación que contiene los viajes de Tomas Gage en la Nueva España, Guatemala, 1946. P. 30.

22. Compendio y descripción de las Indias Occidentales. Washington, 1948, p. 121.

23. Archivo General de la Nación, ramo Historia, t. 363, f. 24 ss.

Pág. 82

El final pacífico del Antiguo Régimen, antes de estallar la tormenta revolucionaria de 1810, registra, hasta cierto punto, la apoteosis colonial de Veracruz. La visita de Gálvez y sus trascendentales reformas económicas –una de ellas, sobre el cultivo y el comercio del tabaco— no es ajena al suceso. La creación de las Intendencias, que convierte a la ciudad en capital de una vasta e importante jurisdicción territorial, aumenta su rango edilicio y su esfera político-administrativa. Con el Consulado y la Imprenta, se enriquece su comercio y su cultura. Y a la vuelta del siglo, la muy técnica construcción del camino real de México al puerto, con ese soberbio alarde de ingeniería que es el Puente del Rey (hoy Puente Nacional), acaba por consolidar su valor estratégico, económico y humano.

Luego estalla la guerra de independencia, que salpica de violencia, de crueldad, de terror y heroísmo, muchas comarcas de la Intendencia de Veracruz, aunque sin llegar nunca al puerto, preservado por los realistas a lo largo de once años de sangrienta y despiadada lucha. En 1821, y en la villa de Córdoba, se testifica el colapso de la dominación española en México. Aunque será hasta 1825, cuando se arree del castillo de San Juan de Ulúa la última de las banderas que simbolizaban la presencia del régimen colonial en nuestro suelo.

Pero, si quisiéramos escoger un suceso, pequeño ya la vez profundo, nacional sin dejar de ser veracruzano, que reflejara el tránsito de los viejos tiempos a la nueva era, en estas fértiles comarcas orientales del país, yo refería el siguiente: don Carlos María de Bustamante, fervoroso insurgente y fiel compañero de Morelos, capturado por los realistas, permaneció aquí, ya en el castillo de Ulúa, ya en una cárcel del puerto, durante más de tres años, en que se le siguió proceso por infidencia. El 30 de mayo de 1821 pudo huir de Veracruz, para ir a prestar sus servicios al Ejército Trigarante.

Salió por la puerta de la Merced y, nos cuenta en su autobiografía, en el camino “detúveme varias veces al contemplar un lugar donde había padecido mi alma tribulaciones sin cuento; sin embargo, hice al cielo votos por su prosperidad, En la Antigua los independientes habían destruido un fortín hecho por los españoles durante la insurrección de los años anteriores. Sus cenizas estaban aún calientes. Subí sobre ellas y los escombros. Desde su altura vi por última vez el mar y canté un himno a la libertad de mi patria, que me sugirió el gozo de que estaba poseído” (24). Sentimental y todo, la escena estaba saturada de pasado y de porvenir: en la Antigua Veracruz, una de las primeras fundaciones europeas que marcaran el surgimiento de Nueva España, los ojos conmovidos de un gran patriota, trescientos años más tarde, veían nacer, frente al mar, a su México independiente.

24. Hay tiempos de hablar y tiempos de callar, México, 1 833, p. 29.

***

Fuente de texto: Humanidades anuario, Volumen 1, México: Instituto de Investigaciones Humanísticas, Universidad Iberoamericana, 1974, pp. 67-82.

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Notas relacionadas:

Acta de Cabildo de la ciudad de Veracruz (Hoy, La Antigua) de 1607.

Veracruz – Nueva Veracruz: Dos ciudades y un nuevo cabildo.

1602: Carta del cabildo de la Nueva Veracruz al Virrey.

Juan Bautista Buitrón es un nombre equivocado.

Nueva Veracruz: Provisión Real del 28 de marzo de 1600.

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2 comentarios leave one →
  1. Juan permalink
    22 septiembre 2015 13:23

    Resulta muy interesante y bien fundamentada conferencia y mejor aún publicada en este blog el cual aprovecho después de leerla y descubrir el nivel de detalle, para preguntar a cerca de una pequeña capilla construida en el islote de san juan de ulua que hasta apenas unos pocos años atrás aun existía, no se si aun exista y mucho menos s de que año data, pero parece muy antigua…. ¿podría ud. publicar algo del origen o historia de esa pequeña capilla? Muchas gracias

    • 27 septiembre 2015 13:58

      Tengo algunos datos aislados sobre la capilla pero no he realizado ninguna búsqueda detallada de la historia de la capilla, espero pronto hacer alguna nota con los datos existentes. Gracias por comentar.

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