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Veracruz: La feria del Malecón y los paseos a Sacrificios.

8 mayo 2014
Vista general del malecón, al fondo se alcanza a distiguir el kiosco, ya sin la cubierta superior. Posiblemente algún huracán la destruyo porque también se ve reparado el techo del edificio de Sanidad.  Foto tomada antes del año de 1937.

Vista general del malecón, al fondo se alcanza a distiguir el kiosco, ya sin la cubierta superior. Posiblemente algún huracán la destruyo porque también se ve reparado el techo del edificio de Sanidad. Foto tomada antes del año de 1937.

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Autor: Edmundo H. Fentanes

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LA FERIA DEL MALECON Y LOS PASEOS A SACRIFICIOS.

III

-¡Corales!… ¡Corales para los malos vientos!…

Se oye salir enronquecido ese pregón de la garganta de un sujeto, de humilde catadura, que, en su incansable actividad de ladino mercader, exhibe en una de sus manos la sarta de corales puestos a la venta, repitiendo su monótono clamor por entre el laberinto que la gente forma en su constante ir y venir.

De una barraca a la otra, de las construídas en líneas paralelas, y a la entrada del espacioso Malecón, se extienden chorros de luz incandescente, que caen sobre el asfalto roído de ese paseo, y que eclipsan, por breves momentos, los que transitan por allí, con la sombra alargada y caprichosa que proyectan de sus cuerpos.

Vistas desde lejos esas barracas, cree uno tener ante sus ojos los perfiles de un aduar. Y mientras por un lado se levantan las cercadas con tablas, las cubiertas por una mano de pintura, las que permanecen por tiempo indefinido, y que atesoran diversas curiosidades marinas, como cestos construídos de puros caracolitos eslabonados, cajas repujadas de conchas más disímiles, arbolitos madrepóricos, estrellas de mar, navíos en miniatura artísticamente suspendidos sobre una esmaltada concavidad de grandes caracoles, cortinas de tupidas sartas de pequeños gasterópodos de idéntica forma, en cuyo centro se dibuja la silueta del águila de nuestro escudo nacional, o se recortan los contornos de cualquiera otro motivo mejicano, y que son de exótica novedad para nuestros visitantes; por el otro lado del Malecón, yerguen su antiestética armazón improvisada, y apenas protegida de una manta que les sirve de techumbre, los expendios de refrescos, en cuyos mostradorcitos se alinean frascos cilíndricos de enorme vientre de cristal, que transparentan el tinte de cada una de las bebidas que contienen , o bien éstas se ocultan en una serie de cubos de ancha boca y de esmaltado peltre, distribuidos a lo largo de unas mesas.

Y expuestas al aire libre sobre otra mesa, provista de un mantel, se agrupan, simétricamente, tortas condimentadas con más arte, que nutridas de apetitosa ración alimenticia; no sin que en la heterogeneidad de cosas que allí se ponen a la venta, y que dan al extremo sur del Malecón pintorescos atributos de feria nocturna, figuren también rimeros de taquitos y empanadas colocados a los bordes de sartenes de amplia superficie circular, y que despiden incitantes olorcillos capaces de “hacerle agua la boca” al más inapetente.

A continuación, y dentro del paseo, se alza una especie de palco, protegido por arriba de hojas de palma superpuestas a manera de rústico techo, y el cual palco se destina, por su dominante posición, a servir de asiento a los jarochos filarmónicos. Y frente a esta enramada tropical, que luce banderines tricolores y cadenitas de papel de china, que contrastan con el verde oscuro del follaje, se distribuyen mesitas para dar alojamiento a las parejas de bailadores que deseen, en sus treguas de descanso, atenuar la resequez de sus gargantas sitibundas, con vasos de refrescos, o botellas de cerveza, de paredes trasudantes por las frías.

Una concurrencia lo más disímil se estaciona en torno del lugar que ocupan las parejas, en los momentos en que la música pone arrestos de entusiasmo en las filas de los incansables bailadores. Y el deleite por bailar sube de punto, cuando por sobre la vocinglera multitud ruedan elásticas, saltarinas, tentadoras, las armonías de un danzón, inebriado de un picante sabor como de rumba.

Allí, de preferencia, se codean, artesanos y “trabajadores del musculo”, que suman toda su elegancia corporal en la limpieza de sus camisas y en el planchado de sus pantalones: y fámulas que, dentro de su humilde condición social, ostentan ciertos perejiles en sus trapos y exagerados pintarrajeos en sus oscuras fisonomías; no escaseando, tampoco, sus parejas de bailadores que, procedentes de la capital de la República, disfrutan, como todos los demás, de las típicas excelencias de esa fiesta al aire libre, movidos por el raro antojo de sentir, en tierra baja, los efectos voluptuosos de la música criolla y sandunguera de nuestro cálido ambiente.

Atardecer en el Malecón. alrededor de 1936.

Atardecer en el Malecón. alrededor de 1936.

Hacia el extremo norte del paseo, se levantan emborronados de penumbra, como fantásticas siluetas, las arboladuras y los cascos de los pailebots que están ahí atracados en espera de excursionistas que deseen encudriñar entre las sombras, y con ayuda de la luz que la linterna de su faro extiende, la isla de Sacrificios –luciente esmeralda prendida en el corpiño azul de nuestro Golfo-, así como otros puntos más lejanos de la costa.

Un escaso número de lámparas –bien eléctricas o de alcohol- iluminan, con pinceladas de color amarillento o verdoso, el fondo reducido de esas embarcaciones, que lentamente cabecean hasta rozar el borde pétreo del Malecón, como si estuvieran dormitando ante el embarazoso cautiverio de sus fuertes amarres. Sobre la tenue claridad que se dibuja en cada uno de los palos de esas canoas de velamen recogido, se advierten los retazos oscuros de una serie de banderolas que, amustiadas por la humedad y la quietud de la noche vernal, esperan renacer, de sus múltiples colores, con el astro del día, y aletear, gallardamente, con el impulso donairoso de las auras marinas.

Momentos antes de que los trajineros pailebots enderezan sus proas hacia la isla de Sacrificios, un jazz de desabridas disonancias, o una alegre danzonera llevados a bordo, avientan, desde sus barcos respectivos, sobre la heterogénea multitud que, en parte transita festejadora por el abierto Malecón, y en parte permanece sentada y entretenida con la sabrosa espiritualidad de las tertulias, que el trato social encauza, los aires más modernos y conocidos de la juventud bailadora.

Por encima del barullo que la gente forma, en sus expansiones vocingleras, al reunirse a corta distancia de los barcos de recreo, ora para ver a los que suben a bordo de éstos, o bien para incorporarse después a la entusiasta legión de excursionistas nocturnos que convierten en salón de baile la reducida cubierta de esas naves, se oyen a intervalos las voces de los vendedores de boletos, que claman, en un esfuerzo agudo de laringe, ya espaciado por medio de bocinas de metal, o si no difundido con ayuda de una mano colocada a manera de aparato resonador sobre sus bocas, estas palabras difieren solamente por el timbre de sus fonéticos matices:

-¡Boletos de excursión a Sacrificios!… ¡Pasen… señores… pasen… que el barco va a salir!… ¡Viajes redondos por un solo precio!…

Casi puros jóvenes, del uno y del otro sexo, constituyen el pasaje de los barcos, que hacen sus excursiones nocturnas a las islas vecinas.

Amartelados los unos; simples amigos los otros, y desconocidos los más, todos nadan en las aguas de sus propios gustos durante la travesía, importándoles muy poco no ver y admirar las perspectivas del paisaje marino emborronado de sombras, y a cuyo fondo parpadean, como fuegos fatuos, las trémulas lucecitas de los faros más lejanos.

Las parejas de novios huyen de la luz y el bullicio, como quirópteros espantados, y se acogen a la discreta penumbra de algún sitio recogido, para cobrarse ají, con mucha usura, caricias y besos antes otorgados. Y los que van tras de la fácil aventura amorosa, que el azar, con cualquier pretexto, les trame, primero extienden su vista de curiosos espectadores sobre los grupos de muchachas, que pasean su simpatía o su belleza de un extremo al otro de la nave, para luego hacer la elección de una, y esperar el momento de sacarla a bailar, o acercarse a ella en forma distraída, e insinuar, con cualquier motivo baladí, el dialogo esperado. Y si el pretenso es un poco observador, busca como tema el mar –deidad que nuestros excursionistas reverencian con avasalladora idolatría-, seguro de obtener, a la postre, un simpático ascendiente sobre su compañera de viaje. Pero el mar, que cobra sus impuestos a los extraños que navegan por sus aguas agitadas, puede interrumpir el cauce delicioso de un idilio que comienza a bordo, en virtud de las revoluciones gástricas producidas por el mareo, y que fatalmente condice a que las palabras antes soñadoras, musicales, sutiles, en su cantarino dejo arribeño, de la locuaz metropolitana, se truequen en náuseas de efectos repulsivos, y en frías emanaciones de sudor copioso, que hacen al amartelado dar de ojos en la red del amor que había comenzado a tejer, si no es que abandona, más que volando el botín de sus esperanzas defraudadas.

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El texto original no tiene fecha pero esta entre otros de los años 1930’s, por lo que puede suponerse que fue escrito en esos años.

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Fuente de Texto: Fentanes, Edmundo H., Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz,  1954, pp. 109-113

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Otros textos del mismo autor:

Veracruz: Los viejos de fin de año.

Veracruz: Los papeleros en la estación de Los Cocos.

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2 comentarios leave one →
  1. Victor Fentanes permalink
    8 mayo 2014 10:51

    Gracias por el texto, nos permite conocer un Veracruz que hace muchas decadas dejó de existir.

    Victor Fentanes
    ASQ-CQE/Process Engineer
    Sonoco Reels

    • 8 mayo 2014 11:01

      Gracias por su mensaje, casi instantaneo, es grato saber que le interesan estos textos. Por otro lado, me permite el atrevimiento de borrar sus telefonos, usted sabe, en estos tiempos en México es muy peligroso.

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