Skip to content

Veracruz: Los papeleros en la estación de Los Cocos.

28 enero 2014
Veracruz alameda estacion cocos face luis villanueva veracruz blog 01

Estación de Los Cocos. Publicada en: Remate Dominical. Digitalizada por: Raul Zamorano. Foto compartida en facebook por: Luis Villanueva.

*

Autor: Edmundo H. Fentanes

Después de un crepúsculo de luces mortecinas, y desaparecido el sol tras del Poniente, comenzó la noche de desleír el negro de humo de sus sombras. Por el Sur, y casi a punto de tocar los perfiles brunos y gallardos de un pinar que se levante por detrás del edificio de cemento en donde están las oficinas de la cercana estación de Los Cocos, correspondiente a la línea del Ferrocarril Mejicano, empinábase la hoz de plata de una luna nueva, rodeada de un sinnúmero de estrellas, aún desvanecidas de su brillo, por efectos de la luz difusa. Y hacia el Oeste, y en dirección de los solares inmediatos, poblados de árboles e indistintamente de palmeras, cuyos frutos sirvieron acaso de motivo para bautizar con su nombre esa estación –punto en que se abren los brazos de acero de tres vías ferrocarrileras-, señoreaban las esbeltas hijas del trópico que, en parte, parecían juntar, por obra de la misma perspectiva los plumeros ennegrecidos de sus follajes con las copas no menos oscuras de las arboledas más distantes, y en parte dejaban ver, por los huecos caprichosos de sus estípites cilíndricos, retazos de horizonte todavía iluminados de suaves resplandores.

Frente a un expendio de cerveza, situado en el crucero de dos calles –la de Alacio Pérez y la antigua del Ferrocarril-, de trazas más bien lugareñas que ciudadanas, dormitaban cabizbajos tres jumentos de pelambre amarillenta. Sobre la grupa hecha de costales, que uno de esos burros traía sostenida a sus lomos por cinchos de piel a medio curtir, estaba a horcajadas un niñito como de cuatro años de edad que, con el torso casi horizontal a la rústica montura, cubría su cabeza con una gorra de visera revirada hasta el comienzo del cuero cabelludo.

En la esquina de esa misma casa, cuyo despacho es casi exclusivamente de cerveza y junto a una botillería de tapacete de madera y de forma piramidal, se hallaban dos mujeres (que a do dudar se sitúan ahí todas las tardes) vendiendo dulces y tamales. Una, la que tenía a su cuidado y atención la venta de los primeros –que eran puras golosinas condimentadas con azúcar, y expuestas dentro de un cajón de vidrio con marcos de madera-, sumaba a su color bronceado de indígena cabal, cierto desaseo en sus ropas que hacíase más patente en su cabeza de cabellos desgreñados. En cambio, la otra, a pesar de su vejez, estereotipada en las arrugas de su rostro y en las nieves de sus canas, ofrecía un aspecto de mujer pulcra, de observante estricta de las disposiciones sanitarias en vigor, ya que su testa la coronaba con una boina de tela blanca. Sus ojos escudriñadores de mujer inteligente, movíanse vivarachos y expresivos detrás de los cristales de unos espejuelos de armazón como de plata.

Los barrotes de la minúscula sillita, en que el cuerpo de la anciana vendedora descansaba, apenas si se advertían por entre los pliegues de sus enaguas de percal.

A su vera había un tenatón, cuya boca la tapaba una servilleta de manta, bajo de la cual quedaban defendidos los tamales del polvo callejero, al par que conservaban su tibieza dentro de la clásica envoltura de sus hojas de maíz.

En la esquina opuesta, y frente por frente de una carnicería, se levanta un cobertizo de madera destinado a servir de fonda a parroquianos de paladar nada escolimoso. A esa hora en el local de la sórdida hostería cenaban tres sujetos que acomodados en sendas mesitas despojadas de mantel, sacaban a luz su ranchera procedencia por los sombreros de palma que traían. Sus cuerpos con dificultad se bosquejaban, en virtud de que un mezquino foco incandescente ponía macilentas claridades en el reducido comedor. Y en la inmediata cocinita, saltaban de cuando en cuando partículas bermejas que, en fugaces chisporroteos, se extinguían como devoradas por las sombras más espesas que ahí prevalecían.

Dispersados como unos escolares a la hora del recreo, así estaban los muchachos voceadores de periódicos, momentos antes de que el tren de Méjico hiciera su entrada en la estación de Los Cocos.

Silbidos intercadentes, epítetos procaces, y nombres patronímicos aislados, brotaban de ese humano falansterio constituído de muchachos que, por su edad y estatura, tocan los extremos: los que lindan en la infancia desmedrada, y los que ya campean en una lozana pubertad.

En el grupo de los primeros –prototipos de arrapiezos amasados en las durezas de una vida miserable, ayuna quizás de afecciones tiernas, y seguramente corrompida por los malos ejemplos recibidos en el libertinaje de su gobierno propio-, conocí a uno que ostentaba en su cabeza un sombrero de fieltro negro, arrugado de copa, y cuyas alas, anchas y caídas, empequeñecían más el cuerpecito de gnomo de su dueños. Nervioso como un colibrí, y de tendencias juguetonas, el vivracho mozalbete tan pronto corría, en tropel abierto, tras de algún chiquillo de su misma condición, como tan presto buscaba la manera de retozar con otro. Parecía que el sombrero y los pantalones de él –que eran también de una talla más larga que la de sus piernas- andaban por el aire.

Cerca de mí había otros muchachos haciendo rueda a varios camaradas que, en su calidad de cobradores y de representantes de algunos agentes de publicaciones metropolitanas, introducían en bolsas de lona percudidas por el uso cotidiano, los dineros –producto de las ventas- que iban recibiendo, y que, al rodar hasta el fondo de las escarcelas plegadizas, producían un metálico sonido.

En cuanto el tren asomó, en un recodo del camino, hecho ya un mar de sombras inconsútiles, el monóculo ignicente de su linterna eléctrica, proyectando sobre las cintas de acero de sus rieles, su brillante cono de luz, los muchachos comenzaron a correr en bandadas hacia el edificio donde están las oficinas del Ferrocarril Mejicano, no sin que una tipluda vocecita prorrumpiera nerviosa:

-¡Ahí viene el tren!…

Y a una velocidad moderada, pasó la jadeante locomotora frente a mí, removiendo el polvo con las alas de sus ruedas, y espaciando a la continua por el aire, el clamoreo triunfal de su campana, hasta que al fin detúvose la máquina, y entonces todos los carros del convoy, por la misma inercia del reposo, en forma gradual se estremecieron, como si pugnaran por desasirse de sus frenos. Y poco después de esta maniobra, ví a unos papeleros cuyas figuras brotaban borrosas de las sombras, y que, provistos de sendos paquetes sin abrir, venían corriendo a un costado del tren, seguidos de otros muchachos que comenzaban indistintamente a pregonar el nombre de ciertos diarios. Y a mano derecha de la vía, y con ansias de acabar pronto con su tarea repartidora, un muchacho aquí, y a pocos pasos otro más allá, procedieron a tirar, animados de todos sus fuerzas contra el suelo mondo y polvoriento, cada uno de sus rollos de periódicos. Tras del estrépito que los paquetes producían al chocar con la dureza de la tierra, terminaban sus apretadas envolturas por ceder, y por abrirse en línea horizontal.

Durante la repartición de los diarios, y entre el corro de muchachos que se movían de un lado a otro, al paso y medida que echaban por esos trigos, decíanse con voz atropellada:

-Te cambio dos Universales por Prensas.

-Dame un Excélsior por un Nacional.

Y sin preocuparse por el reguero de papeles que dejaban en el suelo –basura que después de la brisa terrenal transporta caprichosamente a otros parajes más distantes-, se desbandaron unos por la calle de Alacio Pérez, a fin de saltar a los estribos del primer tranvía que pasara; otros se dirigieron al punto en donde los esperaba el automóvil que contratan todos los días, y los más se precipitaron a los carros de carga del convoy ya en movimiento, a despecho de ir en posturas incómodas, para después bajarse en las inmediaciones de la cárcel de Allende, y echar en volandas a correr hacia el corazón de la ciudad, anunciando, a grito herido, el nombre de cada uno de los periódicos de Méjico.

1936.

*

Fuente del texto: Fentanes, Edmundo H. Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz,  1954, pp. 119-122

***

Esta foto de 1916, solo se relaciona con el relato por ser la llegada de un tren y la banda de chiquillos que andan alrededor. Es la unica que recuerdo que podría adaptarse al texto, después si encuentro otra más adecuada la pondre.

Esta foto de 1916, solo se relaciona con el relato por ser la llegada de un tren y la banda de chiquillos que andan alrededor. Se advierte que no fue tomada en la Estación de Los Cocos.

***

Notas relacionadas:

Veracruz: Los viejos de fin de año. Autor: Edmundo H. Fentanes (1954)

Leyenda del callejón Líbranos Señor (Juan José González,1943).

Leyenda del callejón Líbranos Señor (Ángel Rabanal, 1958)

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: