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Veracruz: Los viejos de fin de año.

26 enero 2014
Paseo de El Viejo, fotografía de Joaquín Santamaría (1936 ca.), Fondo Joaquín Santamaría, Archivo General del Estado de Veracruz.

Paseo de El Viejo, fotografía de Joaquín Santamaría (1936 ca.), Fondo Joaquín Santamaría, Archivo General del Estado de Veracruz.

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Autor: Edmundo H. Fentanes

Pocos han de ser los lugares de nuestro país que festejan en forma tan genuinamente bulliciosa como aquí se festeja, la memorable noche de San Silvestre; pues hay una vieja costumbre de simbolizar el año en agonia, con una serie de muñecos andrajosos, que aúnan a su ridículo empaque, la humorística intención que en ellos pone el travieso espíritu infantil. Y nadie más que la parlera chiquillería de ciertos barrios, es la encargada de escoltar, en tumultuosa procesión, a esos sujetos que, sin acobardarse ante las ironías de su triste destino, esperan de un momento a otro el duro trance a que a veces los somete la agresiva ociosidad de los pequeños. Por fortuna, la abnegación de los decrépitos ancianos es superior a la burleta más pesada de los niños. U solo esí es como se admite la gran dosis de cachaza que tiene cada viejo para hacer rostro y pecho a los tormentos que irremediablemente pasan durante la odisea de su larga procesión.

Sin Embargo, los muchachos procuran acomodarlos a su gusto en sillas o poltronas desvencijadas por el tiempo y leprosas por la mugre, y que, cuando menos, ponen a salvo de percances más terribles, el cuerpo contrahecho de los tales monigotes.

Atados éstos con fuertes ligaduras a las maderas de esos muebles antañones, asumen un aspecto donairoso de viejos raboverdes que luchan por conservar en el fondo de su manifiesta senectud, bríos de años moceriles y ardores de pasadas Primaveras. Pero el Invierno de sus largas existencias se han complacido en ponerles atributos de vejez desoladora, advirtiéndose en sus testas inclinadas, un cúmulo de canas ungidas de dolor y de experiencia; y asomados bajo de unas cejas enmarañadas y tupidas, viven sus ojillos, cuya expresión casi cegata, está pidiendo a gritos espejuelos; amén de añadir a sus figuras venerables, unas barbas espesas y rizadas como las que lucían los antiguos patriarcas hebreos.

Imposibilitados de recoger, mediante ciertas flexiones sus extremidades superiores –achaque que les proviene de agudas anquilosis-, cuelgan rígidas y atrofiadas azotándose entre sí, con ese trágico abandono que tienen los brazos de un cadáver conducido a lomo de mula. Y enfrascados en ropas que son más bien harapos dignos de rimar con el heterolóclito montón  de desperdicios que cargan los traperos de sus bolsas, exhiben los vejetes, por los mismo, una semblanza de ruina extraordinaria que mucho los acerca a la andrajienta condición de esos espantapájaros que colocan los campesinos en sus milpas.

Ansiosa, pues, la gaitera chiquillería de coger sin rienda ni medida el fruto del deleite y pasatiempo de su saladísima ocurrencia – a costa por cierto de esas irrisorias caricaturas de la edad provecto-, échanse a la calle, como un torrente de alegría, desde que se divisan las primeras estrellas en la bóveda celeste, y se enuncian por distintos rumbos de la ciudad enjaranada, entre las estridencias de pitos y clamores de cencerro, cuyos ecos pastoriles traen en sí evocaciones de veredas campesinas. Y sin miramientos de ninguna especie, la vocinglera caravana tanto se detienen frente a la puerta de un zaquizamí, como en el umbral de una mansión palaciega.

Con tipludas vocecitas burdamente acompañadas de músicas salvajes, canturrean las estrofas de este monótono estribillo:

“Una limosna para este pobre viejo

que ha dejado hijos, que ha dejado hijos

para el año nuevo”.

Y cesa el trinado lamentable cuando uno de los mozalbetes más desparpajados –que anda en calidad de tesorero -, ve complacida su mano pedigüeña con la dádiva de una moneda que recibe, y que el resto de la pandilla se encarga de devolver la merced doblada, con alborozos marejeantes de gritos y fanfarrias.

Y la procesión cascabelera de muchachos continúa su derrota, trayendo de Herodes a Pilatos a los pacientes monigotes cuyos cuerpos van desvencijándose al paso y medida que la jornada se prolonga; pues de arrogantes que son en un principio, tórnanse a la postre en figuras desgarbadas maltrechas y abatidas por un inaudito sopor como de muerte.

Hasta que a cierta hora de la noche, el cortejo numeroso de muchachos, que antes les formaba compañ+ia, queda reducido a tres o cuatro que son los indicados de poner fin a la odisea nocturna. Y en medio de la calle que mejor se les antoja, sacrifican en auto de fe a sus muñecos, como unos verdaderos victimarios de la Santa Inquisición.

Y mientras la llama voraz va convirtiéndose en brasas humeantes las vísceras de trapo de los infortunados monigotes, los muchachos retozan en torno de la hoguera, celebrando con regocijadas parlerías, las exequias de otro año transcurrido.

Para nosotros, en recambio, tiene una distinta expresión sentimental el adiós de un año viejo que declina rodeado de dolamas, y la espera de un año nuevo que surge poseído de férvidas ilusiones y cargado de halagadores acontecimientos.

Y en medio de esta incertidumbre en que nuestros espíritus se abisman sobrecogidos de inefable emoción –seguramente por sentirse beneficiados con el primero, como por conocer las muchas nuevas que trae en sus alforjas el segundo-, aguardamos la hora solemne de las doce de la noche del súbito diorama de tristeza que sentimos ante el año viejo que claudica, y las risueñas esperanzas que ciframos en el nuevo huésped que entra.

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Fuente de Texto:

Fentanes, Edmundo H. Sensaciones y estampas veracruzanas, Veracruz: Editorial Veracruz,  1954, pp. 61-63

Fuente de foto:

Abad González, Luisa (Coord.), El patrimonio cultural como factor de desarrollo; estudios multidisciplinares, Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha y del Ayuntamiento de Almonacid del Marquesado, 2006, p. 134.

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2 comentarios leave one →
  1. Victor M Fentanes Orozco permalink
    27 enero 2014 14:41

    Tuve la fortuna de vivir esta tradicion en mi infancia, algo que de a poco se olvida en las actuales generaciones….un gusto leer Edmundo Fentanes, primo de mi abuelo

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