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Nueva Veracruz: Ciudad de tablas (Parte IX)

22 septiembre 2012

Libro: Ciudad de tablas. Autor: Francisco del Paso y Troncoso

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COMENTARIOS FINALES DEL AUTOR

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He querido que nos paseáramos juntos por la ciudad antigua, evocando los recuerdos del pasado al resucitar en minuciosa descripción a la Ciudad de Tablas. Aquel panorama retrospectivo he ido comparándolo con lo que fue presente para nuestra puericia; es decir, con la ciudad que por primera vez vimos cuando en ella despertamos a la luz de la razón. Por último, el pervenir que nuestra niñez no podía preveer hoy que, transcurrido ya medio sigo bajamos por la pendiente de la vida, también quise que lo tuviéramos a la vista.

De los tres cuadros, el del tiempo pasado, que tiene como representante a la Ciudad de Tablas, nos ha dejado entrever lo que podríamos llamar su vida de gestación, cuando recogían los primeros vecinos, humildemente, maderos de las embarcaciones varadas y con ellos fabricaban ventas, casas, chozas y una capilla para el culto religioso.

A los pocos años de haberse convertido en población formal ostenta los títulos de ciudad y cabecera de provincia, y, a despecho de sus envidiosos que con desprecio la denominan de Tablas, aparece gallarda en nuestro panorama con su espléndida fortaleza inexpugnable para el tiempo en que se levantó; con su numerosa flota fondeada en su bahía y amarrado cada vaso a la cortina del fuerte; con su Casa de Cabildo, residencia también del Alcalde Mayor que regía la provincia; su Real Aduana, en que los Oficiales Reales con título de Tesorero y Contador, despachaban las flotas y percibían los impuestos; su Casa de Inquisición, asiento de los delegados del severo Tribunal; sus siete iglesias, todas con campanario de aguja: una Parroquial, cuatro de Ordenes mendicantes, una de Orden hospitalaria y la última de Orden docente; sus dos hospitales, y finalmente su extenso caserío de tablas, modesto por la construcción, pero distribuido tan ordenadamente, que pudo llegar a ser uno de los más regulares de nuestra nación; sus grandes plazas, numerosas placetas y anchas calles; agraciada la población por la frondosidad de sus jardines y huertas, y surcada por su riachuelo, que le traía caudal de aguas medianamente potables, no estancadas como actualmente. Retrocediendo del año actual una media centuria, y considerando el tiempo presente de nuestra niñez hemos visto surgir a la Plaza fortificada con sus murallas, puertas y baluartes; a la Ciudad Heroica tres veces, con sus ruinas en el centro del caserío mostrando la población orgullosa: techos caídos y paredes acribilladas, como puede ostentar los girones de su bandera un regimiento aguerrido; a la Veracruz de sólidas construcciones, hechas a toda costa con piedra múcara de sus arrecifes arrancada, y con cal en los “Hornos” elaborada; embellecida con azoteas vistosas que descansaban sobre fuertes viguerías, labradas en caobos y cedros rojos, descollando, entre todas aquellas fábricas, grandes conventos de dilatados y silenciosos claustros, hermosos templos de torres cuadradas y atrios espaciosos, con población activa cuyo movimiento marítimo estaba representado por barcos veleros, y elterrestre por arrias, carros, diligencias, literas y volantas.

El tiempo futuro de nuestra niñez es el que hoy, provectos ya, vemos con asombro cuando pasamos por nuestra ciudad, cuyo aspecto ha cambiado tanto. Su recinto ya no es de muralla, sino de rieles y estaciones; el movimiento marítimo se hace principalmente por buques de vapor, y el terrestre por vías ferradas; en las fábricas del poblado ya no se ven ruinas: constrúyense más modestamente con ladrillo y madera de pino, pero resultan menos costosas y se levantan así con más rapidez y en mayor número; su población, ogaño tanto y más activa que antaño, ha sustituido con tendencias pacificas el espíritu guerrero de otros tiempos; en los atrios de los templos han construido casas; los conventos hoy son establecimientos industriales, mercantiles, bibliotecas; tal torre que congregaba fieles en nuestra niñez a toque de campana, hoy proyecta radiante luz que advierte al marino los peligros de la costa. Tiempo extraño, nuevo, que no podemos nosotros juzgar con entera imparcialidad, porque nos ofusca el arrullo de nuestros primeros años y nos dominan las impresiones de la puericia. Dispuso la Providencia Divina que naciéramos en el mismo suelo; démosle gracias porque nos ha permitido vivir hasta el día, conservando vivas también las impresiones de la niñez y las afecciones de la patria.

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Termino aquí, pidiendo a Ud. Mil perdones por haber ensartado esa retahíla de noticias para corresponder a su amable carta, y por haber demorado tanto en contestarla. Le dirá la fecha que lo escrito se ha zurcido poco a poco y en retazos, robando tiempo de otras ocupaciones. Además, el asunto le hará comprender que, si resido fuera de México, mi corazón, mi espíritu y mis recuerdos allá están; y aquí vivo en atmósfera mexicana, rodeado de mi pequeño gabinete de objetos que concentran mi atención en la patria y me hacen amarla más y más cada día.

En esta bellísima Ciudad, cuna italiana del arte y de la ciencia, tengo en estudio varias materias, pero principalmente dos Códices. En la Biblioteca Laurenciana el de Sahagún, que transcribo, traduzco del mexicano y gloso; la labor es dura, pero tengo hecha cerca de la mitad, y cuando regrese de la Europa Central (donde pasaré una parte del año estudiando Museos y Bibliotecas) espero, Dios mediante, acabar el trabajo.

En la Biblioteca Nacional dedico al Códice nuevo los ratos que me quedan libres del otro, aprovechando ligeras diferencias en el horario de ambos establecimientos. Y en casa me dedico a variadas tareas, que sería largo enumerarle, para perfeccionar estudios, que de Madrid y Roma traje comenzados; y preparar otros que debo hacer en Alemania, Suecia, Francia e Inglaterra.

El tiempo que Dios me conceda de vida pienso dedicarlo a tratar cuestiones relacionadas con nuestro pasado; a reunir, ordenar e ilustrar materiales históricos, a trabajar en fin (siguiendo los consejos de Icazbalceta) para que otros en tiempo venidero y con datos copiosos, puedan dedicarse a escribir la Historia Nacional. En Europa es en donde más abundan esos materiales, por lo cual estimo tanto la resolución del Gobierno que me permite continuar coleccionándolos y estudiándolos. Para corresponder a tal confianza, me propongo legar a mi país el fruto de todos mis trabajos.

Mientras tengo el gusto de verle, permítame que lo salude con el afecto sincero de paisano y condiscípulo que le desea todo bien.

Suyo affmo. S. y amigo

BORJA

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