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Fotografías de José María Peniza y Trigos (1920s)

22 enero 2017
Núm. 7.- Edificio desconocido, posiblemente cerca de la ciudad de Veracruz, en la década de 1920. Las troneras en el cuerpo central hace suponer algún uso militar en el siglo XIX. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

Núm. 7.- Edificio desconocido, posiblemente cerca de la ciudad de Veracruz, en la década de 1920. Las troneras en el cuerpo central hace suponer algún uso militar en el siglo XIX. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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José María Peniza y Trigos (José Peniza), español radicado en la ciudad de Veracruz donde ejerció la actividad de fotógrafo en la década de 1920 (de acuerdo a la imágenes disponibles de él).

Nació en La Guardia, Galicia, España, alrededor del año de 1885. (1) Sus padres fueron José B. Peniza y Concepción Trigos, cuando menos tuvo dos hermanos menores que emigraron a Puerto Rico: Agustín (n. 1889) (2) y Juan Antonio (n. 1891). (3) No se conoce cuando llegó a México, pero ya estaba en el país en 1906. (4) El 31 de marzo de 1910, se le concedió la carta de naturalización mexicana, en ese momento era empleado federal y residente de Veracruz. (5)

En el Censo de 1930, esta registrado que vivía en la av. 20 de Noviembre número 113 junto con su esposa Josefa Silven, él ya de 45 años y ella de 38. Estaban casados tanto por la iglesia como por lo civil. No se registra a otra persona en la vivienda, así que puede suponerse que no tenían hijos o parientes viviendo con ellos. Se ocupaba como empleado y era masón. (1)

En la Fototeca José Malpica Mimendi de la ciudad de Veracruz, hay una fondo de fotografías de su autoría y recientemente, en agosto de 2016, se realizó una exposición de algunas de sus imágenes. (6)

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Núm. 11.- Veleros en el muelle de Veracruz a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

Núm. 11.- Veleros en el muelle de Veracruz a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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Núm. 65.- Velero Yucatán en la bahía de Veracruz, a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José Maria Peniza y Trigos. Compartida en facebook por Ruben Rodríguez González.

Núm. 65.- Velero Yucatán en la bahía de Veracruz, a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José Maria Peniza y Trigos. Compartida en facebook por Ruben Rodríguez González.

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Núm. 86.- Daños en el balneario y playa de Villa del Mar, a mediados de la década de 1920. Por el número de foto, es posible que la afectación que se ve corresponda a otra tormenta antes del huracán de septiembre de 1926. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

Núm. 86.- Daños en el balneario y playa de Villa del Mar, a mediados de la década de 1920. Por el número de foto, es posible que la afectación que se ve corresponda a otra tormenta antes del huracán de septiembre de 1926. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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Núm. 89.- Plaza de la Constitución o Zócalo de Veracruz, visto desde la esquina de la av. Independencia y la calle Lerdo, a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

Núm. 89.- Plaza de la Constitución o Zócalo de Veracruz, visto desde la esquina de la av. Independencia y la calle Lerdo, a mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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Núm. 108.- Los madrugadores, mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Fuente de foto: losprotagonistas-tarjetaspostales.blogspot.mx

Núm. 108.- Los madrugadores, mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Fuente de foto: losprotagonistas-tarjetaspostales.blogspot.mx

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Núm. 160. Vista de la costa veracruzana desde el rompeolas sureste. Entre los edificios que se distinguen a la izquierda esta el antiguo rastro. Mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Fotografía compartida en facebook por Ricardo Cañas.

Núm. 160. Vista de la costa veracruzana desde el rompeolas sureste. Entre los edificios que se distinguen a la izquierda esta el antiguo rastro. Mediados de la década de 1920. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Fotografía compartida en facebook por Ricardo Cañas.

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Núm. 218.- Villa del Mar alrededor de 1926, ya presentaba daños en los andadores y el kiosco de madera, aunque todavía existía la balaustrada del kiosco. Esta fotografía fue reimpresa y firmada por los Hermanos Gutiérrez en la década de 1930. Auto de la foto: José María Peniza y Trigos.

Núm. 218.- Villa del Mar alrededor de 1926, ya no existían los andadores y el kiosco de madera, aunque todavía estaba la balaustrada del kiosco. Esta fotografía fue reimpresa y firmada por los Hermanos Gutiérrez en la década de 1930. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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Parque Zamora a mediados de la década de 1920. Al fondo la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje.

Núm. 223.- Parque Zamora a mediados de la década de 1920. Al fondo la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos.

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Carro alegórico de la cervecaría Moctezuma en el carnaval de Veracruz en 1927. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió la foto en facebook: Ruben Rodríguez González.

Carro alegórico de la cervecería Moctezuma en el carnaval de Veracruz en 1927. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió la foto en facebook: Rubén Rodríguez González.

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Carro alegórico de la cervecería Moctezuma en el carnaval de Veracruz en 1927, estaba sobre la calle Rayón, casi esquina con la av. Independencia; a la izquierda se alcanza a ver parte del Salón Variedades y al fondo, las palmeras del Parque Juárez. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió la foto en facebook: Ruben Rodríguez González.

Carro alegórico de la cervecería Moctezuma en el carnaval de Veracruz en 1927, estaba sobre la calle Rayón, casi esquina con la av. Independencia; a la izquierda se alcanza a ver parte del Salón Variedades y al fondo, las palmeras del Parque Juárez. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió la foto en facebook: Rubén Rodríguez González.

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Las siguientes tres fotografías fueron compartidas en facebook por Armando García, el 15 de diciembre de 2016, la diferencia con el grupo anterior de fotos radica en que fueron coloreadas a mano y que en la firma, además del apellido, pone las iniciales de su primer nombre y su segundo apellido (J. Peniza T.). ¿Serían realizadas en una etapa posterior a la década de 1920?

No se tiene la seguridad que las dos fotos de interiores sean de algún edificio de Veracruz, se sospecha que son de la ciudad de México, habrá que confirmarlo.

Espadaña de la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje en Veracruz. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

Espadaña de la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje en Veracruz. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

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Fotografía coloreada a mano de algún convento o iglesia. No se está seguro que sea de la ciudad de Veracruz, se sospecha que es de la ciudad de México. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

Fotografía coloreada a mano de algún convento o iglesia. No se está seguro que sea de la ciudad de Veracruz, se sospecha que es de la ciudad de México. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

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Fotografía coloreada a mano de algún convento o iglesia. No se está seguro que sea de la ciudad de Veracruz, se sospecha que es de la ciudad de México. A la izquierda, se identificó un confesionario. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

Fotografía coloreada a mano de algún convento o iglesia. No se está seguro que sea de la ciudad de Veracruz, se sospecha que es de la ciudad de México. A la izquierda, se identificó un confesionario. Autor de la foto: José María Peniza y Trigos. Compartió en facebook: Armando García.

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Referencias:

(1) “México censo nacional, 1930,” database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:S3HY-DZHQ-ZPY?cc=1307314&wc=MG85-4HD%3A287605901%2C294316101%2C287913801 : 1 April 2016), Veracruz-Llave > Veracruz > image 1740 of 1771; Archivo General de la Nación, Distrito Federal (National Archives, Distrito Federal).

(2) “Puerto Rico, Registro Civil, 1805-2001,” database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YSRR-2S?cc=1682798&wc=9PTJ-6TG%3A129440301%2C131194501 : 14 October 2014), Barceloneta > image 211 of 289; oficinas del ciudad, Puerto Rico (city offices, Puerto Rico).

(3) “United States Census, 1910,” database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:33S7-9YBC-9Z1J?cc=1727033&wc=QZZC-C6W%3A133640701%2C138364701%2C137437701%2C1589219079 : 11 November 2015), Puerto Rico > Fajardo > Norte > image 42 of 71; citing NARA microfilm publication T624 (Washington, D.C.: National Archives and Records Administration, n.d.).

(4) Archivo General de la Nación, Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Archivo Histórico,  1906, Caja 0516, TSJDF Folio: 090642, 8 de marzo de 1906.

(5) Diario Oficial Estados Unidos Mexicanos, 11 de abril de 1910, p. 483 y Diario Oficial Estados Unidos Mexicanos, 18 de julio de 1910, p. 226

(6) Cuatro exposiciones y 11 autores en la Fototeca de Veracruz, Plumas Libres, 26 de agosto de 2016, consultado el 22 de enero de 2017. (Ver aquí)

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Notas relacionadas:

Postales editadas por La Mercantil (1918-1923)

Fotografías de Gutiérrez Hermanos (1930s-1940s)

Fotografías de Casa Bada (1920s-1930s)

Fotografías de Manuel Bada (1910s-1920s)

Antón Lizardo: de lo falso a la verdad histórica.

24 diciembre 2016

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Al sur de la ciudad de Veracruz y Boca del Río, se encuentra la Punta de Antón Lizardo, ahora bajo la jurisdicción del municipio de Alvarado. En este lugar se ha formado un pequeño pueblo y las instalaciones de la Heroica Escuela Naval de México.

En la década de 1950 cuando se estaba estableciendo la escuela, según cuenta José Peña Fentanes,  hubo la duda de quién sería ese personaje y el motivo por el que la punta lleva su nombre. Deben haber surgido varios planteamientos al respecto, de ellos solo se conoce la primera hipótesis del mismo José Peña: un jesuita del siglo XVIII de nombre Antonio de Lizardi, posteriormente acepto que estaba equivocado.

Algunas personas del pueblo con suficiente imaginación y con la finalidad de llenar el vació que les dé una identidad, han recreado una leyenda.  En internet varias páginas la relatan, pero hay una en donde se hizo la pregunta hace varios años y varios usuarios de manera anónima dicen expresar lo que se cuenta en el pueblo, se reproducen dos comentarios:

“Antón Lizardo es el nombre de un pirata español, que esperaba el paso de los barcos que entraban al Puerto para asaltarlos, y tenía su hacienda donde construyó un fuerte que hasta la fecha existe y se encuentra a una cuadra antes de la H.E.N.M. con el tiempo se le puso su nombre al pueblo. soy nieta de fundadores del pueblo, asi va la historia.

respondido por anónimo Jun 27, 2011”

“Hola chicos y chicas soy originaria de la localidad de Antón Lizardo, según la leyenda del pueblo, que esta localidad se llama así por un pirata llamado Antonio de Lizardi, el cual tenía un fuerte que hoy en día son unas ruinas abandonadas, que se encuentran a la orilla de la carretera, frente a la gasolinera y a un costado de la Iglesia católica San Pedro y San Andres y a 2 cuadras de la H.E.N.M. este fuerte era para desembarcar y guardar los robos que hacia dicho pirata… no crean de todo lo que se cuenta o digan… pero en realidad no hay ningún túnel que llegue a la Isla de En medio… así como ese supuesto hay muchas leyendas que también un túnel llega a Reino Mágico… la Hacienda de la Condesa de el Malibran… la isla de los Sacrificios… en fin así como también la leyenda que en esas ruinas hay fenómenos paranormales y que una serpiente enorme emplumada que habla jeje… en fin… por cierto nunca se llamo el pueblo Heroica Escuela Naval Militar… antes de que la escuela Naval se fundara el pueblo ya tenía ese nombre ella se fundó en 1957 o 1958 y en la película piratas del Caribe 3 mencionan a el pirata Antonio de Lizardi (osea que existio)… y en la constitución política de 1857 mencionan que Miguel Miramón intentó atacar a Veracruz en contra de Juárez con unas embarcaciones en las costas de Antón Lizardo, en el cual perdió la batalla porque Juárez se había aliado con unos piratas españoles por el cual Miramón se retiró en fin hay mucha información que luego les compartiré espero sus dudas estén aclaradas.

 respondido por anónimo Ene 17, 2013” (1)

Como se ve, ya tienen varios años en la red y cuando se busca en Google son de las primeras opciones, así que se puede suponer el alcance que ha tenido esta información incorrecta.

La gente del pueblo no tiene la culpa de imaginar lo que desconocen, lo realmente imperdonable es que hace 60 años, una persona puso su mayor empeño, tiempo y dinero en investigar en archivos de México y España, hasta encontrar y dar a conocer quién era el personaje y la causa del nombre toponímico. Ahora, 60 años después, eso solo la conocen investigadores académicos y en el mejor de los casos, algunos repiten lo que han oido de los datos aportados por Peña, casi asumiendo que forman parte de una de las tantas leyendas sin confirmar.

En 1956, José Peña Fentanes encontró que el nombre correcto es Antón Niçardo, quien seguramente, era originario de la ciudad de Niza, hoy parte de Francia, piloto y dueño de naos que realizaba viajes entre España y Nueva España.  Peña solo localizó dos viajes realizados por Antón en la década de 1530, ahora se sabe que fueron más viajes y posiblemente desde la década de 1520. En uno de sus viajes tuvo un naufragio en dicha punta por lo que seguramente, las personas empezaron a referirse a él como el lugar en donde Antón Niçardo tuvo el accidente y al poco tiempo solo quedo como la “Punta de Antón Niçardo”.  Al paso de los siglos el nombre fue modificándose hasta quedar desde finales del siglo XVII y XIX, como “Punta de Antón Lizardo”

La investigación de Peña fue publicada en 1957, (2) y aunque tiene varias inconsistencias en cuanto a algunos datos y documentos en que sustenta su dicho, la parte central de lo que dice sobre el personaje y la evolución del nombre, se puede asegurar que está en lo correcto porque se ha tenido la oportunidad de verificar documentos históricos;  solo en cuanto al naufragio no se pudo comparar con el documento original, pero seguramente en la parte esencial debe ser la correcta.

Referencias:

(1) “Quien fue Anton Lizardo”, consultado el 22 de diciembre de 2016. (Leer aquí)

(2) Peña Fentanes, José, La verdad sobre Antón Niçardo, [Mexico : s.n.], 1957.

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Notas relacionadas:

1957: LA VERDAD SOBRE ANTON NIҪARDO por José Peña Fentanes.

15 diciembre 2016
Portada original publicada en 1957.

Portada original publicada en 1957, tal como aparece en Google Books.

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En 1957, José Peña Fentanes publicó un pequeño libro con la conferencia que dio sobre su investigación del origen del nombre de Antón Lizardo, un punto geográfico del estado de Veracruz, actualmente en la jurisdicción del municipio de Alvarado.

El autor lleva al lector desde el origen de su inquietud hasta la feliz culminación de su viaje a España, pasando por el planteamiento inicial que resulto errado, su búsqueda en archivos nacionales, como obtuvo la financiación del viaje a España para investigar en los archivos de Madrid y Sevilla, paso a paso va transmitiendo el entusiasmo al ir hallando los datos deseados, añadiendo descripciones de las ciudades y edificios que visitó.

Se decidió transcribir este texto por la dificultad para localizar un ejemplar, pero sobre todo siguiendo el deseo del mismo autor:

“Que esta modesta investigación, sirva de punto de apoyo para que nuevas generaciones ahonden más en el asunto, y de ese modo se vaya enriqueciendo más y más la historia de México y particularmente la de Veracruz.”

Ahora se tiene la ventaja que a través de internet se puede difundir con mucha facilidad información, pero está muchas veces es equivocada o imprecisa. Tal es el caso de lo que puede encontrarse sobre el nombre e historia de Antón Lizardo, teniendose casi un total desconocimiento de los datos aportados por Peña Fentanes en 1957. Es cierto que esta misma investigación tiene algunas imprecisiones, como solo atribuir dos viajes de Antón Niçardo a la Nueva España, pero fue un gran avance hace 60 años. Según se ha podido investigar, desde entonces no ha habido avances, o cuando menos no se conocen investigaciones donde se aporten nuevos datos sobre Antón Niçardo.

En una próxima nota se analizará el texto y se harán aportes de datos adicionales.

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LA VERDAD SOBRE ANTON NIҪARDO

Conferencia sustentada, la noche del 16 de febrero de 1957 en el Teatro Principal de Veracruz, por JOSE PEÑA FENTANES (Pepe Peña), Cronista de la Ciudad y Director de su Archivo Municipal.

Señoras y señores:

Para todo aquel que se propone realizar un afán, un anhelo, un deseo íntimamente cultivado, no hay mayor satisfacción ni más felicidad que poder llegar a la meta soñada. Cuando hace algún tiempo se planteó nuevamente el viejo caso relacionado con el desconocimiento absoluto del hombre misterioso que dió su nombre de Antón Lizardo a la punta cercana a Veracruz, donde actualmente se yergue el magnífico edificio de la Heroica Escuela Naval Militar, yo fui de los que más se entusiasmaron con la idea de despejar la incógnita que tan preocupados ha traído a los historiadores.

Y me puse a trabajar en ello, sin más interés que el de contribuir con ese dato a borrar la nebulosa que había en la historia de la Nueva España por lo que hace a la toponimia del Seno Mexicano. Presentes están aquí esta noche, testigos de que me entregué en cuerpo y alma a la nueva tarea y de que, a pesar de que en esa primera ocasión anduve desacertado, lo cual confieso con la honradez que ha caracterizado todos mis actos, sirvió cuando menos mi investigación para saber a punto fijo que por estos rumbos, a mediados del siglo XVIII, anduvo predicando la fé católica y haciendo el bien generosamente, un anacoreta jesuíta llamado Antonio Lizardi, quien después de haber permanecido algunos meses en el convento cuyas ruinas aún exis

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ten, del otro lado del río Jamapa, en un lugar conocido por “El Novillero”, se retiró definitivamente a la costa, dedicado a la contemplación. Este hombre extraordinario, que se apartó de las vanidades mundanas y que había nacido en tierra oaxaqueña, le tomó gran cariño a los poblados del Sotavento veracruzano, en su cruzada apostólica. Cansado y achacoso, sintiéndose ya a las puertas de la muerte, se encamino dificultosamente por ásperos y pedregosos caminos a la ciudad de la Puebla de los Angeles, y allá, rodeado del piadoso amor de sus hermanos de comunidad, exhaló el último suspiro en olor de santidad, dejando la huella de sus obras caritativas y tres libros muy documentados sobre todo lo que había visto en sus penosas andanzas.

No fue él precisamente quien le dio el nombre a la punta del litoral del Golfo, pero ¿no es de llamar la atención la semejanza con el otro nombre y el hecho de haber vivido en el mismo lugar? Entonces, firme yo en mi idea, dispuesto a descubrir a todo trance la verdad para reivindicarme ante la opinión pública, hice un viaje relámpago de Veracruz a México con el deliberado propósito de hurgar en distintas fuentes de consulta. Estuve primero en el Archivo General de la Nación, cuyo director, doctor don Manuel B. Trens, me honra con su cordial amistad y me rodea siempre de las más finas atenciones, que yo agradezco en todo lo que valen; pero fue más tarde en la nutrida biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, situada en el número 13 de la antigua calle de la Moneda, donde hallé, gracias a Dios, el punto de partida para mi segunda búsqueda. Su director, el erudito historiador don Antonio Pompa y Pompa, puso en mis manos el “Catálogo de Pasajeros a Indias”, que pacientemente fue formando, ayudado eficazmente por el personal a sus órdenes, el extinto director del Archivo General de Indias de Sevilla, don Cristóbal Bermúdez y Plata.

En ese volumen y en la lista de los maestres de naos que zarparon del Guadalquivir con rumbo a la Nueva España en 1539, aparece un tal Antón Nicardo. La “c” del apellido carece de la cedilla en dicho catálogo, pero es lógico presumir que se le daba la pronunciación de “ese”, lo cual pudo confirmarse después a la vista de un mapa, con el que ya no cupo la menor duda acerca del verdadero apellido. Este mapa, que forma parte de la valiosa colección editada por el Duque de Alba, se titula “Carta del Seno Mejicano, Tierra Firme y América del Norte sobre el Atlántico, hasta los 44 grados Norte”.

Durante mucho tiempo fue de los que guardó el Archivo Histórico Nacional de Madrid, y actualmente el original se halla en poder del Archivo General de Indias, en Sevilla. La explicación nos dice: “Carta cuadrada, delineada a pluma, sin colores; papel de marca; rosa lis

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con rumbos sobre el trópico de Cáncer; paralelos de 32 grados 30 minutos y 43 grados 55 minutos Norte, y los meridianos de 21 grados, 28 grados y 30 minutos.- Tronco vertical de 10 leguas de 17 y medio al grado.- Golfo y costa de la Nueva España, de los papeles que trajeron de Sevilla de Alonso de Santa Cruz”. El investigador Harrisse la cree de 1521; Dahlgren opina que es de 1536, y Lowery estimó que sólo el rótulo del dorso hace suponer que sea de mano de Santa Cruz. Se le han encontrado, sin embargo, bastantes caracteres del citado cosmógrafo, y se le atribuye la fecha más moderna de 1536, en que ya éste había comenzado a ejercer su profesión en la Casa de la Contratación de Sevilla. Con la ayuda de una lupa, y recorriendo el litoral del Golfo, puede leerse claramente “P. de Antón Nysardo”, entre la Sierra de San Martín y el Rio de Medellín. Está escrito Nysardo con “y” y “ese”, lo cual no es sino el resultado de la anarquía que predominaba entonces en la parte ortográfica, valiendo para mi caso únicamente la pronunciación. Además, Alonso de Santa Cruz jamás vino a la Nueva España, y si es él quien trazó el mapa, lo hizo por referencias y de oídas, escribiendo el “Nysardo” que escuchó. Ya veremos más adelante, cómo el mismo Santa Cruz, en otro mapa que sí firma y que pude ver en la biblioteca del Museo Naval de Madrid, escribe “Punta de Antón Y Sardo”, como si se tratara de dos personas. Todo esto se justifica atendiendo al interés que en los nombres de la península despertaban las relaciones de los marinos que volvían de “la geografía delirante”, como la llama don Carlos Pereyra. Los viajeros narraban en lenguaje castizo y claro las novedades que iban viendo en sus travesías, no como meros espectadores, sino con una finalidad científica, que han hecho que para muchos sea el fundador de la moderna Historia Natural el gran expedicionario, conquistador, gobernante y escritor Gonzalo Fernández de Oviedo. Toda esta creciente geografía práctica no quedaba almacenada simplemente en la memoria frágil de los hombres, sino que pasaba inmediatamente al crisol de la elaboración de las gentes de gabinete, de los sabios y teorizantes. Así debe haber oído Alonso de Santa Cruz lo de “la punta de Antón Nisardo”, y lo llevó al papel escribiéndolo como tal, y deformando él mismo el apellido cuando por segunda vez puso “Antón y Sardo”. Lo cual demuestra que no fueron exclusivamente espirituales los móviles que empujaban a los españoles, sino también científicos. Por ello las iniciativas primeras fueron sometidas a la sanción de la Ciencia, y siempre después se persiguió un fin humanístico de enriquecimiento del saber humano.

La Casa de la Contratación en Sevilla era tanto un emporio comercial, como una Universidad de Mareantes —o gentes que entendían del mar — donde se es

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tudiaba el arte de dibujar mapas, de hacer las tablas de rumbos, de perfeccionar los conocimientos que ya poseían sobre el arte y la ciencia de navegar.

 Pero ¿cómo había venido ese Antón Nicardo hasta estas playas? ¿En qué condiciones y por qué razón le había dado su nombre a la punta? Preguntas son éstas que no pudieron ser contestadas en nuestro medio por falta de elementos consultivos. Era preciso, pues, ir personalmente al Archivo General de Indias y arrancarle de una buena vez su secreto, porque seguramente que allí se hallaba el dato preciso y claro en uno de los tantos y voluminosos legajos que atesora esa colección famosa en el mundo. Un viaje a la Madre Patria no se hace así como así, y aunque hubo personas amigas mías que se interesaron por auspiciarme “el salto al Atlántico”, a la postre todo quedó en amena y eufórica plática. Empero, estoy convencido de que hay un Dios que se apiada de sus pobres criaturas cuando se da cuenta de que éstas se empeñan en salir adelante con un noble propósito. Inscrito yo para tomar parte en un sensacional certamen de radio y televisión, en el que se puede ir ganando el llamado Gran Premio gradualmente hasta los 64,000 pesos, un día — ese día menos pensado que todos tenemos en la vida — fui urgentemente llamado por teléfono para que me presentara en el programa del martes venidero. Escogí como tema, para ser estrechamente interrogado, el siguiente: “Morelos, su vida y su época”. En esa forma quise rendir un modesto homenaje a la memoria del preclaro caudillo de la Independencia. Ya ustedes saben cómo se fue desarrollando la crispante serie de mis intervenciones, en medio de la expectación general y en una crisis nerviosa que hasta me hizo bajar de peso. Pero llegué resueltamente al final y gané la recompensa máxima. Entonces, dejándole la mitad de la suma a mi esposa, que con mi hijo me había acompañado fiel y abnegadamente cada martes hasta la capital, y que toda ella se volvía oraciones pidiendo al Cielo mi triunfo, decidí embarcarme en Veracruz en la motonave española “Covadonga”, llevando como fundamental objetivo el continuar mi trunca investigación en el Archivo General de Indias. Acaso el haber triunfado más tarde en esta espinosa empresa, tenga mayor mérito si atendemos a que lo hice con mi propio esfuerzo, sin intervenciones extrañas.

Pisé la primera tierra hispana en La Coruña, con la emoción indescriptible de quien ve realizado un viejo sueño, y desembarqué definitivamente en Santander, hermosa ciudad del Cantábrico que se engalana en verano con su bullente playa del Sardinero. Un tren de los llamados “Taf”, de la Red de Ferrocarriles Españoles, me condujo hasta Madrid, la castiza Villa del Oso y del Madroño, y después de

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haber visitado devotamente el Museo del Prado, que atesora nada menos que 1,705 cuadros de pintores inmortales, entré por fin al Museo Naval, situado en la planta baja del Ministerio de Marina, cuya biblioteca me habían recomendado muy especialmente, por poseer en sus colecciones numerosos documentos relacionados con la vida pretérita de la Nueva España, sobre todo en materia de navegación.

Este Museo guarda celosamente, entre otras reliquias históricas, la primera carta geográfica que del Mar de las Antillas y parte del Seno Mexicano, dibujó en 1500 el insigne Juan de la Cosa, quien vino por primera vez a la América como experto piloto de la carabela “Santa María”, acompañando a don Cristóbal Colón.  Cuenta, además, con cerca de 100,000 documentos sobre la historia de la Marina, desde 1134 hasta 1794; cartas, planos y dibujos de todo el orbe y de preferencia lo relativo al vastísimo imperio colonial español; más de cien modelos de buques, que viéndolos, se piensa que el encanto constante de lo pasado, la creencia de que todo era bello en las naves de antaño, el siempre creciente número de los coleccionistas de antigüedades y objetos artísticos, o simplemente la convicción de que se trata de algo único o casi único, hace que la atención se fije con interés cada día mayor en todo cuanto haya pertenecido a los buques de vela desaparecidos para siempre. En el Museo Naval de Madrid hay hasta un trozo del tronco del árbol de la Noche Triste, sobre el cual se recostó don Hernán Cortés en su trágica huida por la vieja calzada de Tlacopan. Está sabiamente dirigido el Museo por el erudito capitán de navío don Julio Guillén, que no sólo es un digno y pundonoroso jefe en la armada hispana, sino también un historiador de altos vuelos. Cuando él se enteró de la misión personal que motivaba mi viaje, se deshizo en finas atenciones para conmigo, y habiéndome pedido dos fotos del tamaño de credencial, a fin de autorizarme como Investigador en su biblioteca, al día siguiente tuve la grata sorpresa de ver que se me había dispuesto una mesa especial, en la que colocaron una cartulina con mi nombre, y sobre un pequeño pie de madera una banderita con los tres venerados colores mexicanos. ¡Qué sentiría yo, amigos míos, al ver tan noble y cariñoso gesto, hallándome tan lejos de la patria amada! Esto me alentó mucho en la tarea impuesta, y gracias igualmente a la gentil señorita Crespo, encargada de la Sección de Manuscritos, pude ir revisando con paciencia planos y mapas, de los cuales hay en abundancia y todos de inestimable valor. Uno de ellos coincide con el atribuido al cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, citado por mí anteriormente, y es anónimo, fechado en 1534. Pertenece a “Catalogación de Cartas, signatura 12, capítulo 61” y se titula “Seno Mexicano.- Plano de una parte de la Costa de Veracruz”. En él figura también la Punta de Antón Nisardo, con cedilla en la “c”. Esto es: en su

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su primera y auténtica forma. La leyenda puesta al margen incurre en las redundancias propias de aquella época, escribiendo la palabra “flujo” con “equis”, así como la voz “reflujo”. Y dice así, textual te: “En este Golfo Mexicano el fluxo y refluxo no se experimenta más de dos veces al año en los tiempos de los Equinoxios, día 20 ó 21 de marzo y 23 de setlenbre (Bey dar Arquitectura Hidráulica) de lo que se infiere que el fluxo y el refluxo de este Golfo depende del fluxo y refluxo de las costas más orientales del Seno Mexicano, por ser en este mar el fluxo y el refluxo los mayores de toda la costa según las observaciones hechas en todo el Orbe”. El mapa está dibujado en sepia con color muy desvaído y en papel marquilla.

Fue, sin duda ya, el dato que me vino a confirmar que el verdadero nombre del misterioso personaje fue el de Antón Nisardo, primitivamente escrito con cedilla en la “c”. Pero — ¡oh, cosa muy curiosa! — conforme pasan los años, la inicial “N” del apellido se convierte en “L”.

Lo demuestran los demás planos que también tuve en mis manos en el Museo Naval de Madrid. Pertenecen a la misma “Catalogación de Cartas”, que casi agoté por lo que se refiere al litoral de nuestro Golfo. Uno de ellos se denomina “Plano de la jurisdicción de la antigua Veracruz”, con la explicación en la parte inferior de que estas cartas y planos proceden del Antiguo Depósito Hidrográfico y fueron clasificadas por el comandante y los oficiales de la reproducción de la carabela “Santa María” en el verano de 1929, cuando se efectuó en Sevilla la magna Exposición Ibero-Americana.

Otro tiene esta designación: “Descripción desde el Vajo de las Cabezas hasta San Joan de Ulúa, sus sondas, vajos y canales”. Corresponde a 1568, y la palabra “vajo” está escrita con “v” labiodental.

Todavía en 1810, el apellido de Lisardo lo ponían con “s”, lo cual se comprueba en un tercer mapa denominado: “Elementos relativos a la formación del plano del puerto de VERACRUZ y Baxos de Antón Lisardo”. Es de fecha 16 de agosto de aquel año. Y agrega el autor: “Se pasó a la Punta de Mocambo para hacer marcaciones en ella y no pudo verificarse por la mucha mar que había en la playa y no poder atracar la lancha. Seguidamente se hicieron las signaturas marcaciones al pie del asta que se colocó en la fábrica de horno en la Isla de Sacrificio, que dista de su punta inmedata saliente al S. O., 117 pies ingleses medidos con cadena”. De modo que es hasta el siglo pasado, que yo sepa, en que la “s” de Nisardo en su primer cambio, pasa a ser “z” en el segundo. Y nace el nombre de Antón Lizardo, tal como lo escribimos actualmente.

Ya en posesión de estos datos confirmativos, ¿qué me faltaba hacer?… ¡Ah, pues definir la figura del desconocido personaje! Y para ello, ¡qué mejor fuente de investigación que el Archivo General de Indias! Le di emocionado mi adiós a Madrid, me despedí cor

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tésmente de “La Cibeles”, que ahí está en su carro tirado por dos leones, y en otro tren de la línea “Taf”, para hablar en términos marinos, puse la proa hacia Sevilla, la ciudad andaluza del embrujo.

¡Sevilla! La palabra mágica tiene su origen en la voz arábiga Isbiliah. Antes, fue la Hispali remota. Ciudad que es evocación e invocación. Su pasado vive como un fermento del espíritu, presente y operante. Sobre la tumba del rey santo don Fernando III, el epitafio se escribió en cuatro lenguas: el castellano, el latín, el arábigo y el hebreo. El Guadalquivir es la arteria vital de esta maravillosa ciudad andaluza. El humanista Juan de Malara dice “que de las tierras del Aljarafe — de la campiña y la serranía — llegan a Sevilla, y la nutren, cinco ríos: un río de agua, un río de aceite, un río de vino, un rio de leche y un río de miel. De estos cinco ríos, el Rio Grande, el río de agua, el Guadalquivir, preside hora por hora la vida sevillana de hoy y de siempre”.

Pues en este ambiente de ensueño, grato y acogedor, la Providencia me permite que entre yo al Archivo General de Indias, como a un templo. No quiero creer que he subido las toscas gradas de piedra y que asciendo al primer piso por las suntuosas y tendidas escaleras de mármoles y jade. El Archivo está elegantemente instalado en el magnífico edificio que sirvió de asiento a la Casa Lonja. La circunstancia, perjudicial para los intereses del Estado y para la Historia, de encontrarse diseminados en multitud de oficinas y dependencias los papeles y documentos  relativos a la Conquista, ocupación y derechos de España a sus antiguas posesiones de América, hizo que el rey Carlos III dispusiera, por real orden de 1781, que el Archivo de Indias se constituyese en la citada Casa Lonja, para lo que fue comisionado el inquisidor y canónigo don Antonio de Lara.

Miles de legajos se conservan en las estanterías olorosas a cedro y a caoba, y en las vitrinas de la galería central pueden verse, entre otros documentos y autógrafos valiosísimos, la “Bula del Papa Alejandro VI” a los Reyes Católicos sobre su soberanía en las Indias; el “Testamento de Juan Sebastián Elcano”; la carta que dirigió Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Océano Pacífico, al rey don Fernando; la cubierta de la “Información de Miguel de Cervantes sobre su cautiverio en Argel”, de su puño y letra; cartas y preciosos autógrafos de Diego de Almagro, Hernán Cortés, Fray Bartolomé de las Casas, Pedro de Alvarado, Magallanes, la Monja Alférez, Diego Colón y otros guerreros y descubridores ilustres, que batallaron infatigablemente en los viajes y en la América. Me encuentro con la feliz coincidencia de que el director del Archivo es tocayo mío en forma triple, pues se llama exactamente como yo: José María de la Peña. Nacido en la prócer ciudad de Valladolid, hizo sus estudios de filosofía y letras brillantemente, graduán

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dose como profesor de Historia con las más altas calificaciones. Por oposición obtuvo la subdirección del Archivo, y a la muerte del director, don Cristóbal Bermúdez y Plata, ocupó este cargo, que desempeña celosamente, atendiendo a sus visitantes en un severo y elegante despacho donde puedo ver los retratos al óleo de los Reyes Católicos y Carlos III, fundador de la noble institución. Si en el Museo Naval de Madrid me colmaron de finezas, ¡qué decir del Archivo General de Indias, en Sevilla! No hallo palabras para agradecer a tan gentiles señores todas sus delicadezas y todas sus cortesías. Me instalan en la vasta sala de estudio, y entre investigadores procedentes de distintos países hispanoamericanos, doy principio a la tarea de revisar legajos.

Teniendo en cuenta que el “Catálogo de Pasajeros a Indias” incluye el nombre de Antón Nisardo entre los maestres de nao que vinieron en 1539 a la Nueva España, resuelvo comenzar por ese año, sin descuidar el detalle de que ya hay mapas con tal nombre dado a la punta geográfica, fechados en años anteriores. Ponen a mi disposición, en primer término, el titulado “Contratación de Sevilla.- América en General”, ficha 5,536, de 1509 a 1540. En él se hallan comprendidos seis libros: el primero, de 1509 a 1517, que consta de 509 folios; el segundo, de 1526 a 1534, con 109 folios; el tercero, de 1534 a 1535, con 403 folios; el cuarto, del 12 de enero al 13 de septiembre de 1536, con 92 folios; el quinto, de 1536 a 1540, con 345 folios, y el sexto, del 14 de septiembre al 16 de octubre de 1537, con 27 folios. En este último se incluyen varias listas de pasajeros de 1542, que partieron a la América en las naos de Diego Sánchez Colchero, Juan Ortiz, Miguel Jáuregui, Marcos Alcón, Nicolás de Napóles y Juan Bernal. Por supuesto que trabajo en el quinto, que sólo de verlo se me ablandan las rodillas como si fueran de gelatina. Además, ¡qué escritura tan difícil y complicada la de aquellos antepasados nuestros del siglo XVI! Así me llevo hasta nueve días de paciente búsqueda, buscando una recompensa a mis afanes en los paseos vespertinos por las retorcidas calles del típico barrio de la Santa Cruz, con zaguanes de afiligranadas cancelas que dejan ver al través de sus encajes de hierro forjado, los alegres y soleados patios sevillanos; placitas sosegadas y extáticas, paredones herméticos que clausuran jardines y mansiones, y en fin, estas risueñas casitas con patizuelos, azoteíllas, celosías e intimidad. Voy también hasta la orilla misma del Guadalquivir y contemplo arrobado la Torre del Oro, la misma en que guardaban los caudales de oro y plata venidos del Nuevo Mundo en las flotas reales. Pero no debe su nombre a esa circunstancia. Le viene do más lejos, originado por el brillo metálico de unos azulejos que los arquitectos árabes hicieron colocar en el segundo cuerpo de la majestuosa torre.

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Al fin, el 29 de octubre de 1956, a las once y veinte minutos de la mañana lanzo una incontenible exclamación en la sala de estudio del Archivo. ¡He hallado cinco asientos en que la Casa de la Contratación de Sevilla autoriza a cierto número de personas para que puedan pasar a México en la nao de Antón Nicardo! (La “c” con cedilla muy clara). Están registrados en ese libro quinto al que aludí antes, y en los folios 219 y 220. La mera verdad, “no hay quinto malo”. Hasta mi mesa se ha acercado don Ulises Rojas, miembro de número de la Academia Colombiana de la Historia, con sede en Bogotá, que también investiga en el Archivo, atraído por mis aspavientos, y no tarda en llegar la noticia a oídos del señor director, que acude a felicitarme, orientándome para la prosecución de mi trabajo, hasta completarlo debidamente.

El primer asiento dice así: “29 de octubre de 1539.- Alonso Segura, hijo de Miguel de Segura y de Mari Fernández, y su mujer Inés Ortiz, vecinos de Tisana, y dos hijos suyos pasaron a Nueba España en la nao de Antón Nicardo.- Juraron Juan de Armijo y Alonso Buiz, que no son de los proividos”.

Hago hincapié en el hecho de que hubo otra coincidencia: en 29 de octubre de 1956 encontré este magnífico dato, y en la misma fecha, año de 1539, se asentaron estas autorizaciones.

“Prohibidos” eran los que, por ser judaizantes, enemigos de la fe o acusados de algún delito, no podían figurar en ningún acto como testigos.

El segundo asiento reza literalmente: “Bartolomé del Rincón, hijo del licenciado Rincón y de María de la Torre, vecinos de Medina del Campo, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Juraron Juan Ruiz de Carranca y Guillermo de Carranca, que no son de los proividos”. Advierto también que tanto Nicardo como este Carranca están escritos con cedilla en la “c”.

He aquí el tercer asiento: “Gómez Vázquez, hijo de Francisco de León, entallador, y de Maria Vázquez, vecino de Valladolid, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Juraron Juan Cibrero y Sebastián de la Torre, que no son de los proividos”.

Dice así el cuarto: “Francisco de Reina, hijo de Juan Sánchez y de Catalina Sánchez, vecinos de Alanís (provincia de Sevilla) con su mujer Marina Hernández y su hermana Ysabel de Reina, su sobrino Melchor, un muchacho llamado Bartolomé y Catalina de Amasa, pasaron a la Nueba España en la nao de que es maestre Antón Nicardo. Juraron por él Alonso Ruiz y Juan de Armijo, vecinos de Triana, y que no son de los proividos”.

Y el quinto: “Juan Rodríguez de Gangas, hijo de Juan Rodríguez de Gangas y de Ana de la Barja, pasó a México en la nao de Antón Nicardo. Presentó un título de escribano de Su Majestad, en

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Texto original de los registros que localizó José Peña en 1956. Al compararlo con la transcripción que hizo Peña se identificaron omisiones de palabras, confusión del apellido "Rodríguez" por "Ruiz" y a "Pedro" lo convirtió en "Guillermo", así mismo, cambio el sentido de la frase “y que no hera de los proividos” a “y que no son de los proividos”, porque según explica el mismo Peña, creyó que se refería a los testigos, cuando en realidad la frase hace alusión a la persona que iba a realizar el viaje. Fuente: AGI, Contratación, 5536, L.5, f. 218v.

Texto original con dos de los registros que localizó José Peña en 1956. Al compararlo con la transcripción que hizo Peña se identificaron omisiones de palabras, confusión del apellido “Rodríguez” por “Ruiz” y a “Pedro” lo convirtió en “Guillermo”, así mismo, cambio el sentido de la frase “y que no hera de los proividos” a “y que no son de los proividos”, porque según explica el mismo Peña, creyó que se refería a los testigos, cuando en realidad la frase hace alusión a la persona que iba a realizar el viaje. Fuente: AGI, Contratación, 5536, L.5, f. 218v.

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Madrid a nueve días del mes de julio de mil e quinientos treinta años, por lo que se le dio licencia para pasar a México”.

Hallados estos cinco asientos, de los cuales mandé sacar copias fotostáticas al fotógrafo oficial del Archivo, señor don Juan Cuesta — copias que pongo a la disposición de quien desee examinarlas— faltaba ahora averiguar qué viajes anteriores había efectuado Antón y cómo se llamaba su nao, así como la forma en que fue admitido como maestre, lo cual requería el cumplimiento de muy estrictos trámites.

Acerca de su nacionalidad, que queda aún en el misterio, lo más probable es que haya nacido en Niza y de ahí el que se pusiese “Nisardo”, cosa muy común en aquellos tiempos, en que las gentes no tomaban en cuenta el apellido del padre y preferían llevar el de algún pariente distinguido o el gentilicio o bien simplemente el de la ciudad donde habían llegado al mundo. En todo ésto nos encontramos frecuentemente con un verdadero galimatías. Sin embargo, a los extranjeros les estaba impedido trabajar como maestres o pilotos en las naos de bandera española. ¿Cómo, entonces, siendo de Niza nuestro personaje, pudo ser admitido por la Casa de Contratación? La respuesta es fácil, si se atiende a que también en esa época solían las gentes “untar la mano” a los funcionarios influyentes para que se hicieran de “la vista gorda” y firmaran al fin la licencia tan deseada. Es lo que actualmente llamamos en lenguaje popular los mexicanos: “la mordida”. Pero acerca de ésto hagamos un poco de historia, a fin de fundar tan atrevida aseveración. Las primeras disposiciones sobre la nacionalidad de los Pilotos que hacían las carreras de las Indias, están incluidas en unas instrucciones dadas a Sebastián Caboto, Piloto Mayor de la referida Casa, nombrado para tan importante puesto por Real Cédula de 5 de febrero de 1518, durando en su encargo hasta 1548, en que marchó a Inglaterra. Américo Vespucio y este Caboto (y no Cabot como erróneamente lo llaman los norteamericanos), procedían de Italia, donde estaban en boga los estudios cartográficos, que tenían en ella una brillante tradición. El primero había servido al Rey de Portugal en expediciones marítimas. El segundo al de Inglaterra, y pertenecía a una familia de exploradores que adoptaron como campo de acción las costas orientales de la América Septentrional.

La primera de dichas instrucciones dadas al Piloto Mayor lleva la fecha de 2 de agosto de 1527 y dispone lo que sigue: “el que quisiere ser piloto a de ser natural destos reinos de Castilla y a ningun extrangero dareis cargo de piloto tal ni le consentireis tener carta de marear ny pintura nynguna de las Yndias ni que por otro alguno le sean dadas ny hendidas sin nuestra especial licencia”. Este y otros documentos por el estilo me fueron proporcionados en el mismo Archivo General de Indias. Como se ve, es cierto que se les ponían tra

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bas a los extraños para ocupar el cargo mencionado, a fin de evitar que cayeran en sus manos las cartas de marear, los mapas de que se valían para la navegación. La prohibición es terminante, puesto que no sólo alcanza al Piloto Mayor, sino que obliga a éste a que, haciendo uso de su autoridad, impida que otros, efectuando comercio con las cartas y mapas, las vendan a los extranjeros. En resumen: lo que tenían que probar era su nacionalidad, lugar de su residencia en España, estado civil y si había adquirido carta de naturaleza. Pero todo fue letra muerta para Sebastián Caboto, porque durante algún tiempo se despachó “con la cuchara grande”, aprobando a cuanto hijo de vecino se le puso por delante, siempre que por trasmano deslizase las codiciadas monedas. Lo más probable es que Antón Nicardo haya sido de los aprobados mediante una dádiva. O tal vez obtuvo legalmente su carta de naturalización, pues por lo que se deduce de otros documentos era persona de cierta representación en Sevilla, como propietario de embarcaciones. Lo que sí es exacto, sin discusión posible, es que el mismo Sebastián Caboto lo examinó en la Casa de la Contratación, otorgándole la licencia respectiva, en el año de 1532.

Cinco días después de verificar el primer dato en firme, a base de los cinco asientos de “registro”, localicé este otro, contenido en la “Colección de Documentos Inéditos de Ultramar.- Indice General de los Papeles del Consejo de Indias”, volumen publicado en virtud de un acuerdo de la Real Academia de la Historia por los académicos de número Angel de Altolaguirre y Duvale, y Adolfo Bonilla y San Martin. Las dos naos que tuvo en propiedad Antón Nicardo llevaron el mismo nombre de “Santiago”. A este respecto, supongo que era devoto del Apóstol cuyos venerables restos descansan “ad perpetuam” en la majestuosa catedral de Santiago de Compostela, provincia de Galicia.

Su primer viaje lo hizo, a la Nueva España, a raíz de ser aprobado y él personalmente guió su embarcación, zarpando de Sevilla por el Guadalquivir. Hizo un alto en las Canarias, para proveerse nuevamente de agua y bastimentos y se lanzó a la temeraria aventura de cruzar el Gran Océano o Mar Tenebroso, del cual se contaban las más fantásticas leyendas. Sólo pensó en México, razón por la cual estuvo en las islas antillanas el tiempo suficiente para conceder a sus hombres un merecido descanso y abastecerse nuevamente de agua y provisiones. Fue a la altura de la Sierra de San Martín o Tuxtla (que a veces aparece en los manuscritos con la denominación equivocada de “Juxtla”), donde lo azotó un furioso vendaval que puso en inminente peligro a su nao, máxime cuando era la primera vez que se aventuraba por el peligroso Seno Mexicano. Capeando el temporal como pudo — y así lo narró después en Sevilla — fue a encallar ” a un lugar cercano al rio de Medellín o de las Banderas”,

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que no puede ser otro que la punta geográfica en que ahora se levanta el edificio de la Heroica Escuela Naval Militar. Allí recibió la ayuda de pescadores y campesinos que se dieron cuenta de su angustiosa situación, y trasladado al surgidero de San Juan de Ulúa, celebró una entrevista con el contador Rodrigo de Albornoz, el mismo que, por medio de extensos memoriales dirigidos al Real Consejo de Indias, pedía con urgencia el establecimiento de una Casa de la Contratación en la Veracruz para cobrar puntualmente los derechos de almojarifazgo de su Majestad. Todo esto se comprueba leyendo la signatura 1458 de “Contratación.- Expediente Indiferentes.- Años de 1531 a 1540” en el Archivo General de Indias.

El segundo viaje de Antón Nicardo lo realizó como ya hemos visto en 1539, también en la nao “Santiago”, trayendo a bordo a los pasajeros cuyos nombres cité anteriormente al dar cuenta de los cinco asientos levantados con motivo del “registro”. Ya para entonces debe habérsele dado su nombre a la punta, recordando que allí se las había visto “negras”. Trajo un cargamento de azogue, algunas pipas de pipa y botijas de aceite, regresando con toda felicidad a la península. Me imagino que sus pasadas experiencias lo desalentaron un poco, pues no llegó a obtener las utilidades con que había so hado. Y entonces se dedicó a patrocinar viajes sin moverse de Sevilla, con el producto de distintos negocios. Así es como llega el año de 1542, en que apareja una nueva nao con el mismo nombre de “Santiago”.

Mi tercer descubrimiento lo llevé al cabo hojeando y leyendo minuciosamente el tomo III de “Fondos Americanos del Archivo de Protocolos de Sevilla”, correspondiente al siglo XVI, tan pródigo en sonados acontecimientos históricos.

El dato está en la ficha 222, libro de 1542, oficio XV. Son varias actas levantadas por el escribano de Su Majestad, don Alonso de Cazalla.

La primera dice: ‘”Folio 249.- 26 de julio.- Asunto: Juan de Arratia, Antón Nicardo, piloto, señores de la nao “Santiago”, y Juan de Nocedal, maestre de dicha nao, se obligan con los jueces y oficiales de la Casa de la Contratación a que el dicho Juan de Nocedal llevará a Nueva España las mercaderías y pasajeros estipulados”. Fácil es deducir que ya Antón se quedaba en tierra, y que era Juan de Nocedal quien lo suplía, por cuenta de aquél, en los viajes, teniendo el primero como socio a un Juan de Arratia.

La segunda acta nos informa de esto: “Ante el mismo escribano Alonso de Cazalla.- Inés de Torres, viuda de Juan de Piñal, e Inés de Ojeda, viuda de Nufio Martín, se obligan a pagar a Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, 64 ducados de oro por una cámara en la nao de referencia y el pasaje de las otorgantes y tres personas más hasta Nueva España.- 26 de julio de 1542″.

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De igual fecha es la tercera acta, en estos términos: “Ante el mismo Alonso de Cazalla, escribano de Su Majestad.- Martin Sánchez se obliga a pagar a Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, de partida para Nueva España, 27 ducados de oro por su pasaje y el de dos esclavos hasta la dicha Nueva España”.

Y finalmente: “28 de julio de 1542.- Víspera de la salida.- Ante el mismo Alonso de Cazalla, escribano de Su Majestad.- Juan de Nocedal, maestre de la nao “Santiago”, de partida para Nueva España,  recibe de Juan de Urrutia diferentes joyas que se especifican”. El 29 de julio se hizo a la vela la embarcación propiedad de Antón y de Arratia, que supongo la hayan despedido en uno de los rústicos muelles de madera que había en el Guadalquivir.

Ese año de 1542 fue de inusitado movimiento marítimo. El propio escribano Cazalla, que por lo visto tenía un trabajo abrumador, legalizó el contrato de fletamento entre Nicolao de Nápoles, señor y maestre de la nao “Santa María de los Valles”, y Gaspar Jorge, para que éste cargase en el barco 6 toneladas de ropa y 12 esclavos negros con destino a San Juan de Ulúa. El 4 de agosto embarcaron también para esta Colonia los primeros cerveceros, que venían a implantar su industria, atraídos por todo lo que se contaba de estas pródigas tierras de promisión. Eran ellos Baltasar de Bering y Martín Berbeque, maestros en la tal fabricación, y Juan Borgman y Juan Curinc, ayudantes, todos flamencos. Los había contratado en Sevilla Juan Rodríguez de Herrera, antiguo vecino de la ciudad de México que regresaba a la América, habiéndoles entregado antes de zarpar, cuatro y medio ducados de oro, al primero; 55 y medio ducados al segundo; 31 y medio ducados al tercero, y 16 al cuarto, que también era diestro en la preparación do aceites. Este dinero lo recibieron por concepto de anticipo, según consta en el acta levantada por el tantas veces mencionado Cazalla, escribano real. Al día siguiente, se concertó otro contrato de fletamento entre Francisco de Leiva, señor y maestre de la nao ‘San Juan”, y Tobías Marín, para que este último pudiese cargar en la misma nave 50 toneladas de mercaderías diversas, entre las que había 50 pipas de vino y ropa menuda, y 120 esclavos negros, todo consignado a San Juan de Ulúa.

A propósito del envío de esclavos de color a estas playas, logré averiguar hurgando asimismo en el “Libro Generalísimo Indiferente” expediente 258, folio 98, que los primeros desgraciados que pisaron tierra mexicana en tan tristes condiciones, fueron traídos, en número de 4,000, por los aventureros alemanes Enrique Aigner y Gerónimo Saylor, quienes los distribuyeron en las islas antillanas, dejando el resto para venderlos en la playa de Mocambo, inmediata a la Veracruz.

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Habían salido de Sanlúcar de Barrameda el 22 de abril de 1528.

Terminada satisfactoriamente mi investigación, con valiosas anotaciones de otros casos muy interesantes que fui encontrando en el curso de mi trabajo, pedí también que me sacaran copias fotostáticas de la forma impresa en letra gótica que empleaban los jueces de la Casa de la Contratación para el registro de las naos.

Un original muy curioso está adherido al legajo número 5,777 del “Ramo de Contratación” en el Archivo General de Indias. Su redacción, pintoresca como todo lo de tan lejana época, es la siguiente: “Los jueces oficiales de sus Cesáreas Catholicas Majestades de la Casa de la Contratación de las Yndias del Mar Oceano, que residamos (en lugar de residimos) en esta Muy Noble y Muy Leal tiitulada de Sevilla, mandamos a vos los visitadores de las naos que van a las Yndias, que vais a la nao nombrada (aquí el nombre del barco), de que es maestre (aquí el nombre de éste). Y así Ydo ved el buque de la nao y jarcias, velas y aparejos y armas y artillería, y otras municiones, y marineros y grumetes y pajes, y assí visto so cargo de vuestras conciencias, venid ante nos con esta visitación hazer nos relación delio y del porte que es esta nao, lo quai poned tambien a las espaldas desta, para que visto proveamos en ello lo que fuere justicia, y apercibid a dicho maestre que sobre cubierta, ni en el alcázar, ni en el castillo, no reciba mercadería ninguna, salvo solamente las caxas (con equis) de los marineros y grumetes y pajes y pasage- ros, so las penas contenidas en las ordenanzas desta Casa y ved si la dicha nao es de menos porte de ochenta toneles, porque si no los tiene no puede bolver a estos Reinos, so ciertas penas como Su Majestad lo tiene mandado hecho”. (Y aquí firmaban muy serios y muy circunspectos los señores jueces de la Casa de la Contratación.

De modo que el papeleo, del cual nos quejamos con frecuencia, nos viene de aquellos angelitos, allá por el primer tercio del siglo XVI, cuando ser maestre de nao era lo mismo que encomendarse a Dios, porque los traían materialmente acosados con tántas y tántas reales disposiciones, sin darse cuenta tal vez de que esos marinos eran los que arriesgaban sus vidas en la inmensidad del océano para intensificar el tráfico marítimo y engrandecer las finanzas de España. No sólo era esto, por lo que atañe a los famosos registros.

Los pilotos protestaron enérgicamente porque se les imponía o recomendaba, la pena de azotes, por los desmanes que pudieran cometer. No les pareció digna esta disposición, y elevaron un memorial al Real Consejo de Indias, que figura en el “Indiferente General” del Archivo. Lo firman, entre otros, Agustín Abrego, Pero Alvarez, Juan Begón, Pedro Bernal, Nicolás de Biscarra, Hernando Blas, Martin

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de Bonilla, Sancho de Capitillo, Juan de Carmona, Jerónimo Cataño, Bartolomé, Francisco y Juan Carreño, Antón Catalán, Cristóbal Cerezo, Juan del Condado, Antonio Corso, Antón Criado, Francisco Cruzado, Alonso Delgado, Francisco Díaz, Alonso Díaz Medel y el propio Antón Nicardo después de la rúbrica de su socio Juan de Nocedal.

Esta queja sirvió para que los jueces de la Casa de la Contratación suavizaran su energía, a veces injustificada, y también para que se hicieran reparaciones a la cárcel de la misma, que no reunía las menores condiciones higiénicas. Cárcel inmunda y lóbrega adonde iban a parar los marineros y grumetes que, después de una larga travesía, se embriagaban en las “tascas” o tabernas de los primitivos muelles de madera en Sevilla, Cádiz y Sanlúcar de Barrameda.

Pero sea ello lo que quiera, esa legislación que atendía al conjunto y no a los casos excepcionales y muy especialmente al bien del reino, procuró amparar y de hecho amparó a tales hombres que constituyeron con sus endebles pero intrépidos navíos el cordón umbilical de la Metrópoli con los países que aspiraban a ser descubiertos, y después con los descubiertos, conquistados y colonizados. Ellos mantuvieron la relación con valor, audacia y entendimiento, con olvido de sí mismos, en un constante desafío a la muerte. Esto es lo que constituye la base psicológica del marino: el reto a las fuerzas enfurecidas de la naturaleza, el desprecio frío y sereno al peligro, y no de una manera esporádica, por azar, por mala suerte, sino de una manera racional y constante. Para llegar a ello era preciso pasar por la prueba del fuego, o sea el examen, aunque, como ya dije, a veces el dinero ablandaba la temida energía de los sinodales. Pero si el examen se efectuaba, y a él se sometió Antón Nicardo, según consta en un documento irrefutable, la cosa era muy seria. Según lo estipulado en las Ordenanzas y en la Recopilación de las Leyes de Indias, mientras el Piloto Mayor y los cosmógrafos podían hacer al examinado todas cuantas preguntas quisieran, los demás miembros del jurado sólo podían formular tres, si bien, antes de hacerlas, habían de jurar que serían las más difíciles que supieran.

Una vez terminado el examen, se procedía a la calificación del mismo, por medio de votación secreta, usando en ella habas y altramuces. (El altramuz es un fruto menudo y achatado, que se da en legumbre o vaina, y se cultiva preferentemente en Andalacía y Extremadura El que obtenía a su favor mayor número de habas, era aprobado, y por el contrario, al que más altramuces contaba, se le declaraba suspenso. En tiempos de Sebastián Caboto, al cual me referí antes, la calificación se daba conforme a los votos de los que integraban el severo tribunal, levantándose una acta que legalizaba un escribano público. Asombra pensar que no sólo eran hombres rudos, avezados al

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Das”, una mañana húmeda y fría en que el temómetro había descendido a los cuatro grados bajo cero. Caía una llovizna pertinaz, y todo Cádiz se arropaba en el manto sutil de la bruma.

Como bagaje espiritual traía yo el resultado de mis investigaciones: 43 datos relacionados directamente con las pacientes obras que se fueron ejecutando al través de los siglos para concluir la fortaleza de San Juan de Ulúa; 15 casos desconocidos que tuvieron como escenario a la Nueva Veracruz, cuando se trasladó de La Antigua al lugar que hoy ocupa, iniciando su flamante existencia con el nombre de “Ciudad de Tablas”, y lo más importante aún: la identificación clara y precisa del “maestre y señor de nao” que dio su nombre a la punta geográfica que todos conocemos, ingresando así a la toponimia mexicana.

Lo había hecho todo a base de mi propio esfuerzo, y regresaba feliz y satisfecho, con el regocijo interior que produce el darse cuenta de que no se había perdido tan excelente oportunidad. Voy a terminar esta plática, pues de ningún modo alcanza la categoría de una conferencia, con las muy atinadas palabras del historiador hispano don José Pulido Rubio, autor de un documentado libro sobre la recia personalidad de los pilotos mayores que pasaron, dejando huella indeleble, por la Casa de la Contratación. Tuve ocasión de saber que fue uno de los que mejor abrevaron en esa fuente maravillosa de consulta que es el Archivo General de Indias. Dice lo siguiente: “La acción encaminada a trasmitir a los demás el hecho histórico estudiado, es un mandato de la realidad. No todos se pueden poner en contacto directo con las fuentes históricas, para sentir el hecho histórico. Por esto, la misión del historiador ha de consistir en hacer sentir a los demás lo que él siente, cuando se trata de obras de conjunto, y si de obras de Investigación, procurar además poner al alcance el mayor número de fuentes, mediante copias, dibujos, fotografías, para que penetrando directamente el oyente o el lector en el corazón de las mismas, pueda mejor sentir los hechos que se relatan. Por lo que hace al investigador, el alma ya lanzada por los derroteros de la vida espiritual, no puede detenerse: se continúa deseando, se continúa queriendo, se continúa trabajando. A una desilusión, sigue una nueva esperanza, a un saber conseguido, el ansia de conquistar otro, a un enigma descifrado, la ilusión de encontrar otro más obscuro que aclarar, y así se continúa en inquietud permanente”.

Palabras que hago mías porque corresponden exactamente a mi estado anímico. Que esta modesta investigación, sirva de punto de apoyo para que nuevas generaciones ahonden más en el asunto, y de ese modo se vaya enriqueciendo más y más la historia de México y particularmente la de Veracruz. Para los señores que patrocinan

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gentilmente el programa de radio y televisión por medio del cual se aspira a ganar el Gran Premio de los 64,000 pesos, mi más encendida gratitud, porque gracias a esa recompensa, con la que jamás había soñado, pude hacer realidad un viejo sueño. Mi gratitud también para todos, sin excepción, los que me orientaron y me ayudaron servicial y amablemente en los momentos en que más desesperaba de no poder reivindicarme, obteniendo el dato anhelado. Gratitud que guardo también para la Secretaría de Marina y el H. Ayuntamiento de esta ciudad y puerto, al inyectarme un gran estímulo con el patrocinio de mi plática, que ha permitido reunir esta noche, para mí inolvidable, a grandes y cultos representantes de las letras, que vinieron especialmente desde la ciudad de México a acompañamos.

Gratitud, sí, para las instituciones que, como el Ateneo Veracruzano, pugnan por la difusión de la cultura. Un saludo muy cordial, desde aquí dentro, a la Heroica Escuela Naval Militar, a la Escuela Náutica “Fernando Siliceo” y al Instituto Veracruzano, donde ilustres maestros modelaron nuestros espíritus, preparándonos para la lucha por la vida.

Saludo que también envío, muy afectuoso, a mis queridos compañeros de “El Dictamen”, decano de la prensa nacional. Y para ustedes, señoras y señores, el reconocimiento amplio y sincero por haberme escuchado esta noche pacientemente. Al hacer un mutis discreto por la derecha, mi recuerdo va hasta aquellos valientes marinos que no se arredraron ante la imponente anchura del mar. Sucesivamente fueron dejando la “galeaza”, que todavía empleaba remos a la par que velas; la “carraca”, que no rendía grandes ventajas, y se hicieron señores en el “barinel” portugués y en la “carabela” española, por todos los rumbos y bajo la luz parpadeante de todos los astros.

He dicho.

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Notas relacionadas:

Biografía de José Peña Fentanes (Pepe Peña).

Cementerio en el campamento militar de Hernán Cortes en 1519.

21 noviembre 2016
Posiblemente, un paisaje semejante a este fue el que encontraron los españoles en 1519 al establecer su campamento militar frente a la isla de San Juan de Ulúa. Foto: Playa de Chachalacas en septiembre de 2016. Autor: Fernando Montes Gonzáles.

Posiblemente, un paisaje semejante a este fue el que encontraron los españoles en 1519 al establecer su campamento militar frente a la isla de San Juan de Ulúa. Foto: Playa de Chachalacas en septiembre de 2016. Autor: Fernando Montes Gonzáles.

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El 22 de abril de 1519, Hernán Cortes y su armada, desembarcaron en los arenales frente a la isla de San Juan de Ulúa, en donde formaron un real o campamento militar para aproximadamente unos 500 soldados, más marineros y ayudantes. Sobre la conformación espacial del campamento no se sabe nada pero Bernal Díaz del Castillo describe de manea general el orden y zonas que inicialmente se hicieron: donde estaba la defensa, la definición de un centro religioso y espacio en donde se concentraban los dirigentes, esto es un centro político-militar, así como  la zona habitacional de los soldados y una caballeriza:

“… y asestaron los tiros, como mejor le pareció al Artillero, que se decía Mesa, y hizimos un Altar, adonde se dijo luego misa; e hicieron choças, y enramadas para Cortés, y para los Capitanes; y entre tres (cientos) soldados acarreavamos madera, e hicimos nuestras choças, y los cavallos se pusieron adonde estuviesen seguros: …”

Al paso de los días, tuvieron que definir el sitio donde enterrar los cadáveres, esto es, formar un cementerio, porque:

“…ya se avian muerto en el Real de heridas de lo de Tabasco, y de dolencias y hanbre, sobre treinta y cinco soldados,…”

No se tienen detalles de cómo y dónde fueron sepultados, pero seguramente debió ser en un sitio sacralizado por algún rito cristiano. Hasta podría pensarse que hubiera sido cerca de donde se celebraban las misas.

Según la narración de Bernal, luego se fundó la Villa Rica de la Veracruz y su cabildo, y a los pocos días, vino la mudanza hacia el norte, para establecerse cerca de Quiahuiztlán, en lo que sería el segundo asentamiento de la Villa Rica de la Veracruz.  Así que el sitio fue abandonado.

El cementerio quedo olvidado y no se sabe de su ubicación exacta. Este  puede definirse como el primer cementerio español, más o menos formal,  en el territorio de lo que más adelante sería la Nueva España.

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Referencia:

Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Madrid, Imprenta del Reyno, 1632.

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Notas relacionadas:

Cementerios antiguos de la actual ciudad de Veracruz.

Cementerios antiguos de la actual ciudad de Veracruz.

20 noviembre 2016
Cementerios antiguos de la ciudad de Veracruz.

Cementerios antiguos de la ciudad de Veracruz.

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Los espacios que se han ocupado para sepultar a personas en la zona de la actual ciudad de Veracruz, data desde la estancia provisional de los españoles en 1519, viendo interrumpida por quedar deshabitada esta zona, hasta que poco a poco se fue poblando formando el asentamiento que se conoció como buitrón en donde se reiniciaron los enterramientos y a partir de 1600, con la fundación de la Nueva Veracruz, los habitantes aumentaron, igual que las iglesias, que además eran ocupados como cementerios. Esto ocurrió hasta 1790, cuando se estableció el primer cementerio ventilado a extramuros. Luego le sucedieron otros 3 cementerios, entre todos ellos en ocasiones especiales se hicieron entierros de lugares de manera provisional.

A la par que la zona frontera a San Juan de Ulúa estaba deshabitada en el siglo XVI, en la isla se iniciaron los entierros de personas que estaban de paso y de manera fija en ella. A partir de 1600, estos entierros disminuyeron pero volvieron a ser frecuentes en el siglo XIX hasta 1914.

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Cementerios antiguos de la actual ciudad de Veracruz.

1.- ¿Cementerio o Panteón?

2.- Cementerio en el campamento militar de Hernán Cortés en 1519. (Leer aquí)

3.- Cementerio en San Juan de Ulúa del siglo XVI al XX.

4.- Cementerios en Buitrón-Nueva Veracruz del siglo XVI a 1790.

5.- Nueva Veracruz: Cementerio en la ermita de Santo Cristo de 1790 a 1833

6.- Veracruz: Cementerio General “El Canelo” de 1833 a 1913.

7.- Veracruz: Cementerios provisionales del siglo XIX y XX.

8.- Veracruz: Cementerio Particular Veracruzano desde 1895.

9.- Veracruz: Cementerio General de Casa Mata de 1913 a 1988.

10.- Veracruz: Hallazgo de huesos en la Huaca en 2009. (Leer aquí)

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Veracruz: Hallazgo de huesos en la Huaca en 2009.

20 noviembre 2016
Huesos localizados en el callejón Toña La Negra, en diciembre de 2009. Fotografia recuperada de: Paleoanthropo.blogspot.com

Huesos localizados en el callejón Toña La Negra, en diciembre de 2009. Fotografia recuperada de: Paleoanthropo.blogspot.com

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A principios de diciembre del 2009, se hallaron huesos de seres humanos  durante la obra de adoquinamiento del callejón Toña la Negra, entre las calles Manuel Doblado y Victimas del 25 de Junio. Algunos vecinos expresaron a medios de comunicación locales que en otras ocasiones habían localizado más huesos, dando por cierto los comentarios de que esta zona era un cementerio.

El hallazgo se reportó al Centro INAH-Veracruz, y  su entonces delegado, Fernando Pérez Vignola, planteo  la probabilidad que se tratara de los restos de algún esclavo africano del siglo XVII, ya que sabían que la Huaca era habitado por esclavos y que en las inmediaciones del callejón enterraban a sus muertos.  Sugiriendo esperar a que se analizaran los huesos encontrados para determinar su antigüedad y raza.

No se conoce la razón por la que se plantea que en esta parte del callejón hubo un cementerio, no hay registro documental, ni bibliográfico que lo sustente, seguramente se confunden con cementerio extramuros que se ubicó atrás de la ermita del Santo Cristo del Buen Viaje y que funcionó entre 1791 y 1833. En términos generales el camposanto estaría delimitado por la actual avenida General Prim, la calle Manuel Doblado y el callejón del Cristo, aproximadamente unos 200 metros del callejón Toña La Negra.

Por otro lado, el entierro de las personas esclavizadas se hacía en las iglesias, igual que los cristianos de otras razas. Está documentado que en la iglesia parroquial se hicieron muchos, pero bien podrían ser centenas de entierros de esclavos. Se desconoce de dónde se obtuvo el dato que los esclavos se sepultaban extramuros y a campo abierto.

Sin embargo, la presencia de estos huesos y la referencia de que hay muchos, plantea la interrogante de su origen, ya que como se mencionó no hay registro de un cementerio, exactamente en esa calle.

Al ser estas versiones de vecinos, puede ser que muchos de esos huesos que se atribuyen a humanos sean restos de animales destinados al consumo humano, y que la existencia de algún resto humano, se tratase de algún entierro clandestino o restos de alguna muerte fortuita, todo ello de manera casual y sin llegar a ser algo sistemático.

Si aquí fue un sitio de entierros organizado y regular, haciendo un rápido repaso de la historia de la zona y la ciudad se pueden plantear como posibilidades (remotas pero al fin posibilidades) que se tratase de:

1.- Un sitio de entierros prehispánicos.

2.-El sitio donde se enterraron a los primeros españoles que llegaron con Hernán Cortés entre abril y mayo de 1519.

3.- El sitio donde enterraban a los no cristianos, acaso judíos, protestantes o negros no bautizados, durante los siglos XVII y XVIII; perdiéndose su ubicación en los registros documentales y olvidado en la tradición oral.

4.- En el sitio se hubieran depositado como relleno los escombros de alguna iglesia o hospital a principios en el siglo XVIII o XIX. Como sucedió con el mercado Malibrán que se rellenó con material del Cementerio General alrededor de 1986-1988, cuando se construyó Reino Mágico.

5.- Podrían tratarse los restos de personas que murieron en alguno de los asedios que tuvo la ciudad amurallada en la primera mitad del siglo XIX, siendo abandonados por causa de alguna retirada y que fueran sepultados de manera natural por la arena desplazada por el viento.

Alguien con mayor imaginación podría plantear otras posibilidades, lo que queda claro es que el sitio que ocupa el callejón no fue ninguno de los cementerios conocidos de la ciudad.

Por lo pronto, no hay información adicional. Será interesante saber si el INAH llego a determinar el origen de los huesos o si algún investigador profundizó sobre el tema.

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Referencias:

Carvajal, Ignacio, “Pide INAH parar obras de remozamiento del callejón Toña La Negra tras encontrar restos óseos.” Al Calor Político, 2 de diciembre de 2009, consultado el 20 de noviembre de 2016, recuperado de: (enlace)

Peralta, Ivan, “Encuentran restos óseos en La Huaca; podrían ser de Cuauhtémoc”, Diario de Xalapa, 3 de diciembre de 2009, consultado el 20 de noviembre de 2016, recuperado de: (enlace)

“Huesos hallados en La Huaca podrían ser de Cuauhtémoc; INAH lo niega”, Paleoanthropo, 9 de diciembre de 2009, consultado el 20 de noviembre de 2016, recuperado de: (enlace)

Barranco, Rodrigo, “Común, encontrar huesos en La Huaca”, Agencia Imagen del Golfo, 2 de diciembre de 2009, consultado el 20 de noviembre de 2016, recuperado de: (enlace)

Barranco, Rodrigo, “En riesgo 20 edificios históricos del Puerto: INAH”, Agencia Imagen del Golfo, 27 de febrero de 2010, consultado el 20 de noviembre de 2016, rescatado de: (enlace)

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Distancia aproximada que separa el callejón Toña La Negra y el antiguo Cementerio de la ermita del Santo Cristo del Buen Viaje.

Distancia aproximada que separa el callejón Toña La Negra y el antiguo Cementerio de la ermita del Santo Cristo del Buen Viaje.

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Notas relacionadas:

Cementerios antiguos de la actual ciudad de Veracruz.

Nueva Veracruz: Calle de la Condesa.

30 octubre 2016
Calle Esteban Morales, antes 3a. calle de la Condesa. Vista desde la av. Independencia haca la av. 5 de Mayo. Esta postal fue utilizada en 1912, pocos años después que cambio de nombre.

Calle Esteban Morales, antes 3a. calle de la Condesa. Vista desde la av. Independencia haca la av. 5 de Mayo. Esta postal fue utilizada en 1912, pocos años después que cambio de nombre.

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Los nombres antiguos de la calles de la Nueva Veracruz despiertan a unos, la curiosidad y a muchos más, la imaginación, al tratar de indagar y determinar el origen de tales denominaciones. La antigua calle de la Condesa no es la excepción, esta calle actualmente lleva el nombre de Esteban Morales, un eminente maestro español que radicó y murió en Veracruz.

A lo largo del siglo XX hasta hoy en día se ha creído que el nombre de Condesa se debe a que en dicha calle vivió la imaginaria “Condesa de Malibrán”, entre los cronistas que creyeron esto está Juan Klunder, (1) incluso se habían identificado dos casas de esa calle donde supuestamente había vivido: El Patio de Vergara en la esquina de la av. Landero y Cos y en el sitio que hoy ocupa la escuela José Miguel Macias, entre la av.  5 de Mayo y el callejón Héroe de Nacozari. (2) Todo lo anterior es falso. En 1708 esta calle ya tenía el nombre de “Condesa”, mientras que Beatriz del Real nació décadas después, hacía 1730 y murió en 1802. (3)

Exactamente no se sabe el motivo del nombre, ni cuando se empezó a denominarle así, pero se ha encontrado un documento del 24 de diciembre 1708 en donde ya lo tenía. El documento forma parte del expediente de la capellanía de misas mandada a fundar por Juan Moreno Costilla, imponiéndose un censo redimible de un mil pesos sobre la casa de Joseph Alcaraz ubicada en la esquina de la actual avenida 5 de Mayo y la calle Esteban Morales:

“…la casa principal de su morada que es de piedra, alta, cubierta de azotea y hace esquina en la calle que llaman de las Damas y la que sale de la mar por la que llaman de la Condesa  a la muralla de la banda del poniente, y sobre otras siete casas de piedra bajas cubiertas de azotea que tienen accesorias a la referida las cuatro de ellas que están en dicha calle de las Damas y las otras tres en dicha calle que va para la muralla de la banda del poniente que todas se comprehenden en un solar de cincuenta varas en cuadro…” (4)

Sin embargo, hay otro documento de 1700 que describe la misma casa y no menciona la calle con ese nombre. Este documento forma parte del expediente de la capellanía de misas mandada a fundar por Francisco de la Parra y la describe así:

“… tenemos compradas para la dote y fundación de la dicha capellanía dos pares de casas principales las unas que son las de la morada del capitán don Joseph Alcaras y Villafaña vecino de esta dicha ciudad que son en ella en esquina de la calle que llaman de Las Damas que por una parte lindan con casas de Francisca Mendez parda libre y por otra calle en medio con casa de Augustin de los Reyes y hace frente con casas que fueron de Joseph de Vertiz y de doña Theresa de la Gasca y por el fondo con casa que oy poseen los herederos de María Clemencia morena libre difunta que dicha casa tiene la vivienda principal y cinco asessorias vajas todas de piedra y madera cubiertas de azotea.= Y la otra…” (5)

No puede plantearse que el nombre se puso entre 1700 y 1708, porque las descripciones de las casas muchas veces solo se copiaban de documentos más antiguos y en otros se actualizaba la información. Si acaso se puede suponer que el nombre empezó a utilizarse alrededor de 1700.

Otro documento que sirve para comprobar la antigüedad del nombre data del 22 de marzo de 1737. Aparece en un poder otorgado en Xalapa y según la página web del Archivo Notarial de Xalapa lo describe así:

“Doña Dominga Rosa de Santa Marina, mujer legítima de Miguel de Castro, vecinos de este pueblo de Jalapa, otorga poder especial a su marido, para que cobre, ceda o traspase 100 pesos, que tiene a favor de una casa de Josefa, llamada La Isleña, ubicada en la calle de la Condesa, en la Nueva Veracruz, la cual le pertenece por herencia de su padre Bernardo Antonio de Santa Marina.” (6)

Estos documentos permiten desligar a Beatriz del Real con el nombre de la calle y acercarse al origen del nombre de esta calle.

Ubicación.

Sólo fueron tres cuadras las que tuvieron por nombre “de la Condesa”:

La 1ª. Calle de la Condesa que abarcaba de la actual av. Landero y Cos hasta la av. Zaragoza

La 2ª. Calle de la Condesa de la actual. Av. Zaragoza a la av. Independencia.

La 3ª. Calle de la Condesa de la actual av. Independencia a la av. 5 de Mayo.

El tramo de calle desde la actual av. 5 de Mayo hasta la muralla se llamaba Mesón del Buzo.

Cambio de nombre.

En enero de 1901, el Ayuntamiento tomó el acuerdo cambiarle el nombre a esta calle, el día 11 el periódico El Tiempo así lo dio a conocer:

“EN HONOR DE UN PROFESOR.- El ayuntamiento de Veracruz ha acordado que la calle de la “Condesa” se denomine en lo sucesivo de “Esteban Morales,” en recuerdo de los servicios que el sabio pedagogo ha prestado á la juventud veracruzana.” (7)

Inmediatamente se empezó a utilizar, como consta en una nota del 27 de enero, en donde ya se refiere a la calle con el nombre del profesor.(8) Sin embargo, en los años siguientes es frecuente encontrar que muchos siguieron utilizando el anterior por costumbre.

El nombre dejo de usarse después de alrededor de 200 años.

Localización de la calle de la Condesa en sus tres partes. Los nombres de las avenidas son los actuales para facilitar su comprensión. Se utilizó como base el plano de 1800.

Localización de la calle de la Condesa en sus tres partes. Los nombres de las avenidas son los actuales para facilitar su comprensión. Se utilizó como base el plano de 1800.

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Referencias:

(1) Klunder y Díaz Mirón, Juan, Las antiguas calles de Veracruz, México: Citlaltépetl, 1972, p. 51-52.

(2) En otra nota se ha aclarado la ubicación de la llamada “Casa de Beatriz del Real” que en realidad estaba en la actual calle Julio S. Montero. (Leer aquí)

(3) Biografía de Beatriz del Real. (Leer aquí)

(4) Archivo General de la Nación, Bienes Nacionales, volumen 1493, expediente 1, f. 9-9v

(5) Archivo General de la Nación, Bienes Nacionales, volumen 1898, expediente 2, f. 10-10v.

(6) Archivo Notarial de Xalapa, Clave del acta:  27_1737_16285, Tipo de contenedor:  Protocolo, Año(s):  1737 al 1737, No.:  22, Folio y/o foja:  67 – 68 vta., Fecha:  1737-03-22, Lugar del acta: JALAPA. Consultado el 30 de octubre de 2016. (Ver aquí)

(7) “En honor de un profesor”, El Tiempo, 11 de enero de 1901, p. 3.

(8) “Nueva escuela”, El Tiempo, 27 de enero de 1901, p.4.

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Notas relacionadas:

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