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Leyenda: La Condesa de Vergara.

27 septiembre 2020

 

Esta Leyenda fue publicada en el libro “Leyendas de Veracruz” por Francisco Broissin Abdalá en 1956 y como lo aclara en el prologo es el resultado de “las tradiciones que allá en años mozos escuché de labios de los ancianos. Han sido escritas, como es natural, sin un estricto apego a esas narraciones, y sí con un mucho puesto por la imaginación;” por que se debe tener mucho cuidado en creer lo que dice el autor en la narración, porque la supuesta condesa no existió, ni la hacienda de Vergara (la hacienda de Buenavista siempre llevo este nombre).

No se conoce otra versión de esta leyenda, aunque se sabe que Anselmo Mancisidor Ortiz publicó esta leyenda en “Fantasmas y leyendas de Veracruz” el año de 1971.

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LA CONDESA DE VERGARA

Autor: Francisco Broissin Abdalá.

I

Dama de grandes polendas era la señora Condesa de Vergara; de ilustre linaje, poseedora de grandes y jugosas tierras, dueña de formidables castillos enclavados en la recia sierra de España, derrochaba a manos llenas su caudal inagotable, y sabía de recorrer las cortes de Europa, asombrando a príncipes, grandes señores, y plebeyos, con la insolencia de un lujo sin igual, con ese desparpajo para regalar fortunas, ingénito en todo aquél que no ha ganado nunca el pan con el sudor de su frente.

La señora Condesa de Vergara se moría de aburrimiento.

Desde la ojival ventana de su castillo de La Roca, contempla las inmensas extensiones de terreno que son su feudo principal; su manecita, cuajada de valiosas sortijas, golpea impaciente el artesonado marco; su naricilla se frunce en delicioso mohín, demostrando a las leguas que está aburriéndose a más no poder.

Las afanosas doncellas tiemblan ante su señora; ellas saben bien que, si como un ángel bajado del cielo se muestra la señora Condesa ante los nobles que cual enjambre de mariposas la rodean, en la intimidad del hogar, al abrigo de indiscretas miradas, el ángel se convierte en demonio que goza en martirizar a sus vasallos; que con esas manos blancas ha hundido alguna vez la fina tijerilla en el rostro de cierta infortunada doncella, por lo que, temblorosas y pálidas de temor, comienzan a desvestir a su señora.

Primero, de las blancas sienes desprenden la corona condal cuajada de pedrerías; siguen los collares, los aretes y las sortijas; después despojan a la señora Condesa de su manto; caen al suelo los alfileres y de entre un torbellino de encajes y de sedas, brota la radiante figura de la bella dama, hermosa, escultural como cincelada por Praxiteles.

Sobre el acolchonado lecho, se tiende voluptuosa la señora Condesa de Vergara; su imaginación se pierde lejos, más allá tras los mares en las Indias  remotas que descubriera Cristóbal Colón y conquistara Hernán Cortés, en aquella tierra rica en oro y piedras preciosas, donde reposa para siempre, en ignorado lugar, destrozado por las armas de sus propios amigos, el noble caballero de la Roca, su esposo amante, a quien alejara de su lado por medio de sus desdenes y de sus malos procederes, mismo que fue a buscar la muerte en tierras extrañas, para olvidar a la cruel beldad que hiciera trizas su corazón y su honra.

Y la señora Condesa de Vergara, que se aburre en su Castillo de la Roca, encuentra que conviene a su linaje tomar una nave que la conduzca a la Nueva España, en cuyas tierras piensa encontrar diversión, esparcimiento, algo; en fin, que aleje de su ser el tedio y la modorra.

Y en una mañana radiante de sol, con las velas hinchadas al viento, zarpa con rumbo a las playas aztecas un alegórico velero que conduce a bordo a la señora Condesa de Vergara, con sus servidores de confianza, además de un tesoro que piensa derrochar en el Nuevo Mundo.

II

La señora Condesa de Vergara está encantada de la vida.

Su llegada a la Villa Rica de la Vera-Cruz fué todo un acontecimiento; el Cabildo envió una Delegación a recibirla y darle la bienvenida como linajuda señora que era, y muy acaudalada de verdad. El pueblo sabedor de la llegada de tan noble dama, acudió a las playas a admirar el desembarco de los servidores, tan lujosamente ataviados como su ama, tan orgullosos de servirla, que habíanla copiado los ademanes y decires, tanto a ella como a los caballeros  y señoras que la rodeaban, remedando a opulentos hidalgos. Los señores de polendas de la ciudad, en grupos apartados del pueblo bajo, aguardaban también con impaciencia el desembarco de la noble castellana de Vergara. Y las señoras principales, tras las ventanas de sus casas, esperaban el momento de ver pasar el cortejo de la ilustre señora española que, precedida por un hálito de leyenda y fantasía, agrandado todo lo conveniente para hacerlo de la importancia que el caso requería, había atravesado los mares enfrentándose a lo desconocido, sólo porque estaba soberanamente aburrida allá en su viejo Castillo de La Roca, heredado de su esposo, el difunto Caballero que pereciera cerca de la Villa Rica en forma misteriosa, siendo entonces motivo de muchas hablillas y decires.

El sol cae a plomo sobre los grupos de gentes que en las playas esperan que la gran señora se digne a desembarcar. Después de varias horas, inusitada actividad a bordo de la nave hace saber que la señora Condesa se prepara para posar sus lindos pies en la tierra que guarda en su seno al gallardo caballero que le diera su nombre y su fortuna.

La espectación crece; los soldados se ven en apuros para contener a la multitud que se apretuja para admirar a la ilustre señora de quien tanto dicen crónicas y lenguas; un murmullo débil al principio, que va cobrando fuerza hasta convertirse en atronadora gritería, estalla al aparecer en el portalón de desembarco, la figura gentilísima de la bella Condesa, lujosamente ataviada, cuajada de brillantes, perlas y rubíes, que a los rayos del sol de un caluroso mes de Mayo, lanzan destellos deslumbradores, circundando a su dueña con un nimbo de claridades estupendas que la hacen aparecer como diosa bajando del Olimpo; y así, entre la gritería del pueblo absorto ante tanta riqueza, ante los señores principales de la Villa Rica, que en gesto caballeresco barren con las plumas de sus chambergos la fina arenilla de la playa, humillando la cerviz ante la belleza y probablemente ante los brillantes y los tesoros que se les muestran, hace su entrada a la tierra azteca, la muy ilustre y poderosa señora Condesa de Vergara.

III

Allá sobre el viejo camino que conduce a la Antigua, existe un remanso melancólico; un riachuelo llega cantando su eterna tonada, entre árboles frutales y hermosas flores tropicales, hasta desembocar en la inmensidad del mar azul; el sitio es delicioso y convida a volverlo un Paraíso terrenal.  No importa que esté bañado en la sangre de aquel noble señor que se llamó el Caballero de Vergara, que una mañana en que ese mismo mar ahora tranquilo, tenía caracteres de Averno, con enormes olas encrespadas estrellándose sobre el arena, mientras el trueno y el relámpago y el rayo esparcían su horror por todos los ámbitos, fué encontrado atravesado por diez espadas y otros tantos puñales, desfigurado el rostro varonilmente hermoso, que atravesara feroz cuchillada; no importa que ese infortunado mancebo durmiera el sueño eterno bajo algunas rocas, cerca del riachuelo saltarín y juguetón; no importa que ese hidalgo hubiese sido en vida el esposo y señor de la gran dama recién llegada a la Villa Rica; no importa nada de eso, porque ¿qué importancia pudiera tener?

Y en esos terrenos, junto al riachuelo, cercano al mar, al lado de la tumba de un hombre que murió asesinado misteriosamente, se levanta ahora la mansión de la señora Condesa de Vergara, quien ha impuesto su voluntad para que en esas tierras de su propiedad, se construya una hacienda digna de su caudal y de su prosapia, y cercana a la Villa Rica de la Vera-Cruz.

La castellana ha dispuesto que los salones sean abiertos a a las familias principales de la Villa Rica, para inaugurarlos solemnemente. Encontrará entonces oportunidad de demostrar a aquellos caballeros y a aquellas damas, que ella es digna de su nombre y de su fama,  que es un derroche de riqueza y de lujos cualquier recepción que prepare; que su mesa es digna de Lúculo, y que si existió alguno, quien sabe quién, que en épocas remotas quiso que su nombre pasara a la posteridad como un signo de poderío y de riqueza, ella, la Condesa de Vergara, también pueda igualar aquella riqueza y aquel poderío.

Fiesta fué aquella que dejó asombrados a ricos y pobres; por sobre las arenas de la Playa Norte en una noche en que la luna rielaba sus pálidos rayos sobre el mar tranquilo y el ambiente póetico invitaba a la novela, los caballeros principales de la Villa Rica de la Vera-Cruz, las damas más hermosas y de más rancio abolengo, se trasladaron al Castillo de la Condesa de Vergara, (precisamente en el lugar que ahora es conocido con el nombre de “Punta Gorda”, donde todavía existen las ruinas de aquella hacienda, llamada después de Buenavista, y cuyos terrenos han sido después propiedad de don Manuel Tejedor, del Dr. Mauro Loyo, de la Sucesión de Portilla, de Simón Pérez, y de otros).

Una música deliciosa amenizaba el festejo, los bailes más en boga eran lo principal para la juventud, y el espléndido agasajo, con finos vinos y exquisitas viandas, sirvió de deleite a aquella sociedad que durante mucho tiempo recordó, como un cuento de hadas, aquella inolvidable fiesta con la cuál hizo su aparición social la bellísima Condesa.

Después, la Villa Rica sufrió una vorágine de festividades, y en un ambiente de alegría, exuberante de juventud, comenzaron a tejerse las redes de unos amores trágicos, que por años y años serían motivo de terror en la ciudad colonial.

IV

Era don Guzmán Ruiz de Lara, un joven hidalgo perteneciente a la nobleza española, quien llegara a la Villa rica, enviado por su familia, en castigo por haber entregado su corazón a doncella que no era de su calidad.

El aire melancólico de don Guzmán, su porte varonil, gallardo y atrevido llamaron la atención de la señora Condesa, que cansada de ver rendidos a sus pies a los mancebos principales de la Villa Rica, derrochó todo el arte de la seducción para obtener de aquel gentil doncel el homenaje de su amor, pero el corazón de don Guzmán no estaba libre; allá en la vieja España, en el cortijo cercano a su mansión señorial, vivía linda zagala, honesta y recatada, que con sus virtudes, aunadas a la belleza maravillosa que le hiciera semejarse a una virgen, embrujara el corazón del joven aristócrata; y don Guzmán, respetuoso de la voluntad paterna, llegó a la Nueva España con el alma transida de dolor; pero dispuesto a cumplir el postrer juramento que junto a la vieja arboleda testigo de sus amores castos y puros, hiciera a la elegida de su corazón, a la que prometió que sería ella la única dueña de sus pensamientos.

Don Guzmán resistíase, pues, a las seducciones de la señora Condesa; con delicadeza muy propia, habíale dado a entender que no era libre y ello sirvió para que aquello que no pasaba de un capricho de mujer coqueta, se tornara en un amor volcánico, abrasador, muy digno de quien, como la dama, tuviera como costumbre hacer siempre lo que le viniera en real gana.

Y la tragedia comenzó a incubarse.

Las noches de luna, eran aprovechadas por aquella sociedad deseosa de placeres, en pasear a bordo de adornadas barquillas por las tranquilas aguas del Golfo; y en esos menesteres, la señora Condesa siempre encontraba ocasión de insinuarse, tentadora y voluptuosa, al señor don Guzmán, que  caballeroso y muy digno, sabía salvar con delicadeza situaciones difíciles sin dejar menguada su hombría.

La señora Condesa ardía en ira al ver que todas sus seducciones y todos sus esfuerzos, se estrellaban ante la fortaleza de un amor lejano, y cuando la situación se tornó insostenible, loca de celos y de desesperación, quiso la muerte, pero en unión del ser amado; y con cautela, con toda sangre fría, se preparó para vengar la afrenta que sufría como amante y  como mujer.

Preparó la señora Condesa una fiesta que prometía eclipsar en lujo y esplendor a las anteriores que habían tenido lugar en su Hacienda de Vergara; la noticia causó verdadera emoción en la sociedad de aquel entonces, que imaginó disfrutar nuevamente de las delicias de un sarao verdaderamente regio. El día de la gran festividad llegó, por fin, y a la hacienda se trasladaron desde temprana hora los invitados.

Primero fué la cena, un portento de riqueza y buen gusto; después, con los ánimos bien dispuestos al jolgorio y a la diversión, los concurrentes disfrutaban de la danza, o bien en barquitas lujosamente adornadas, navegaban frente a la hacienda, mientras las músicas a bordo de otras embarcaciones llenaban los aires con las melodías españolas que hacían recordar la patria distante.

La señora Condesa, días antes, había empleado algunos de sus hombres de confianza en obra misteriosa, allá dentro del mar. Se hablaba entre sus servidores, de que toneladas de arena se habíanse sacado de cierto lugar cubierto por las aguas pero cercano a la orilla y se susurraba que algo trágico estaba preparando; alguien muy calladamente hablaba de un monstruo marino; el terror flotaba entre la servidumbre, pero no llegaba a los invitados, que muy lejos a cualquier tragedia se dedicaban en grande a divertirse.

En una barca grande, la señora  Condesa de Vergara y el señor caballero don Guzmán Ruiz de Lara, paseaban sobre las olas rumorosas del océano; la dama, olvidando todo recato, exigía del caballero su amor, y éste con su cortesía proverbial se excusaba alegando juramentos inviolables; la Condesa lloró, suplicó, y amenazó pero todo fué en vano. La honradez y el amor defendían a don Guzmán de aquellas acechanzas y supo resistir todas las seducciones que, impúdicamente, la Condesa pusiera en juego para obtener sus deseos.

Todo fué en vano, don Guzmán estaba asqueado por aquella actitud; con frases enérgicas conminó a la señora Condesa para que volviera en sí y no arrastrara por el fango su nombre y su honra.

Y sucedió la tragedia: de improviso, la Condesa dió órdenes para que la barca se estacionara en determinado lugar, de donde sobre el mar salía un banderín rojo. Una vez en el sitio, con espantosa calma, con sus propias manos cuajadas de pedrería, hizo funcionar oculto mecanismo que abrió por completo el fondo de la barca, la cual en un minuto se llenó de agua y zozobró, arrojando al mar a la pareja y a los tripulantes.

El joven caballero, ante eso, quiso salvar la vida de la dama y nadando vigorosamente la sostuvo a flote;  ella sonreía con odio y con amor, porque esperaba que su venganza se cumpliera.

De improviso salen del mar, cual monstruosas serpientes, dos, tres, cuatro largos tentáculos que se enroscan en los cuerpos de la Condesa y del caballero; y en medio de los gritos de horror de los invitados que en barcas cercanas fueron testigos de la catástrofe, un enorme pulpo arrastró a las profundidades sus dos presas, que desaparecieron para siempre, cumpliéndose así con la venganza de la señora Condesa, que quiso unirse en la muerte con quien la despreció en vida.

Y se cuenta que aquella obra misteriosa que los servidores de la Condesa hicieron cerca de la playa, en pleno mar, era para preparar una poza en la que fué introducido aquel monstruoso pulpo traído quien sabe de dónde por la cruel Condesa, que quiso rubricar su amor desgraciado, con esa terrible venganza, en la misma tierra donde dormía el sueño eterno su esposo, a quien ella mandara asesinar para poder disfrutar de sus riquezas y poderío.

Desde entonces, aquel lugar fatídico frente a Vergara y Punta Gorda, cerca del Puerto actual de  Vera-Cruz, es conocido como la Poza de la Muerte, y en él han perecido, misteriosamente, infinidad de personas que se han aventurado a desafiar la leyenda trágica de la Condesa de Vergara.

Fuente: Broissin Abdala, Francisco, Leyendas de Veracruz, México: Editorial Grijalva, 156, pp. 51-60.

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8a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1914).

23 abril 2020

No. 2651.- Barco hospital Solace en la bahía de Veracruz. La foto debió tomarse entre el 24 de diciembre de 1913 y el 6 de enero de 1914.

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La octava serie de fotografías de Walter E. Hadsell consta de las fotografía con los números que rondan desde el 2650 hasta aproximadamente el 3110 y que pueden datarse, entre enero y abril de 1914. Hay fotos inmediatas anteriores al 2650 y también, podría haber posteriores al 3110 que podrían corresponder a ese periodo pero no se conocen o se tiene duda sobre ellas.

Se inicio está serie con la foto número 2651 del barco hospital Solace que llegó al puerto el 26 de diciembre, por lo tanto la foto pudo ser tomada en los últimos días de diciembre o bien a principios de enero de 1914. La foto 2647, no se incluyó en esta serie por no poderse estimar su fecha,  sin embargo, se tiene seguro  que la número 2638 es de diciembre de 1913, porque está el barco alemán Bremen que salió del puerto el 20 de diciembre pero aún no está el buque español Carlos V que llego el 25 de diciembre.

El final de la serie se decantó por que fueran las inmediatas anteriores al inicio de la intervención armada estadounidense del 21 de abril de 1914. La única foto que se tiene es la 3104, que es una escena de las tumbas del cementerio general El Canelo, como si fuera una extraña premonición de las muertes que ocurrirían días después.

Entre estos dos límites hay varias fotos que contienen escenas que permiten acercarse a las fechas que fueron tomadas y que se irán señalando en el píe de foto.

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No. 2666.- El USS Michigan y el crucero español Carlos V en la bahía de Veracruz. Al fondo, San Juan de Ulua. Está fotografía debió tomarse entre el 25 de diciembre (día en que llego el Carlos V) y el 6 de enero de 1914 (día que salio del puerto el Michigan).

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¿2670 o 2678?.- Panorámica de la bahía en enero de 1914. El número sirve para fechar esta imagen, pero además de ello, otros elementos son la ausencia del USS Michigan que salio de la bahía el 6 de enero; la presencia del barco alemán Bremen que salió del puerto el 20 de diciembre pero reingreso el día 30; y el barco español Carlos V que llegó el 25 de diciembre, por lo tanto la foto solo puede ser de enero de 1914. A la izquierda de la foto, están los nombres de dos barcos que no se logró entender su nombre pero bien pueden ser el U.S.S. Chester y el U.S.S. Dolphin. Fuente de foto: Mediateca INAH.

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No. 2679. Bahía con barcos de guerra de varios países, a mediados de enero de 1914. Está foto se puede fechar, sobre todo por el crucero alemán SMS Bremen que llegó al puerto a principios de noviembre de 1913 y parte a Tampico el 5 de diciembre, retornando el 31 del mismo mes, y emprendió el regreso a Alemania a finales de enero de 1914. Los otros buques son el crucero inglés HMS Suffolk, que llego el 28 de noviembre; el buque francés Condé; el USS Nereus (AC-10), usado como transporte de carbón para los acorazados estadounidenses; y el USS Nebraska, fondeado en Veracruz desde diciembre de 1913.

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No. 2696.- El U.S.S. Nereus fue un buque de abastecimiento militar. Estuvo alrededor de un mes en aguas mexicanas, se tiene que llegó el 26 de diciembre de 1913 y partió el 22 de enero de 1914.

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No. 2740. Rompeolas y faro del Malecón Sur. La imagen no contiene elementos que permitas datarla, más allá del número, por lo que solo puede decirse que fue editada aproximadamente en enero de 1914.

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No. 2743. El U. S.S. Virginia en la bahía de Veracruz con el Castillo de San Juan de Ulúa de fondo. Es buque llegó el 1 de enero de 1914 y salió el 16 de enero, aunque regresó a los pocos días. Es muy probable que esta foto sea del mes de enero.

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No. 2756.- Popocatepetl. Esta foto aunque no tiene la firma de Hadsell, el número y la tipografía permiten suponer que cuando menos él la reprodujo o de plano, es su autor; también esta el hecho que la foto número 2766 parece ser una reproducción de una serie de fotos que hizo en Córdoba, así que puede plantearse que hizo una serie con esta temática en enero de 1914.

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No. 2766. Orange Grove. Córdoba, Veracruz. Esta foto por el número se puede datar de aproximadamente enero de 1914, es muy parecida a la número 1150 de 1912. ¿Se tratará de una reproducción de un negativo?

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No. 2774.- Cinco buques estaodunidenses (U.S.S Chester, U.S.S Virginia, U.S.S. Georgia, U.S.S. Nebraska y el U.S.S Culgoa) vistos desde el rompeolas noroeste. Revisando la llegada y partida de todos estos buques, se deduce que esta foto fue tomada entre el 15 y 16 de enero de 1914, porque el Georgia llegó el 15 de enero y el Virginia partió el 16 de enero.

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No. 2880.- Calle de La Antigua Veracruz, editada entre enero y febrero de 1914. No se sabe si Hadsell hizo un nuevo viaje a La Antigua para tomar esta y otras fotos fotos o solo retomó los negativos de otro viaje que hizo en 1912. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 2883.- Capilla del Rosario en La Antigua Veracruz, editada entre enero y febrero de 1914. No se sabe si Hadsell hizo un nuevo viaje a La Antigua para tomar esta y otras fotos fotos o solo retomó los negativos de otro viaje que hizo en 1912. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 2903.- Paisaje de Boca del Río, entre enero y febrero de 1914. Fotógrafo: W. E. Hadsell. Colección: Susan Toomey Frost

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No. 2914.- El U.S.S. Proteus en Veracruz. Enero-febrero de 1914. Este buque de abastecimiento militar estuvo en el puerto entre el 26 de enero y el 28 de febrero de 1914.

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No. 2935.- Estadounidenses en el parque Juárez entre el 8 y 12 de febrero de 1914, ya que en esos días, el U.S.S. Des Moines hizo una breve escala en el puerto de Veracruz. ¿Cuál habrá sido el motivo para el que desembarcó este grupo de marinos?

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No. 2966.- Estampa marina en una mañana de febrero de 1914, aunque parece nocturna. Este tipo de imágenes son frecuentes en este autor. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 3010.- Alameda de Los Cocos. En realidad se trata de la antigua Alameda, hoy Parque Zamora, vista desde el puente del río Tenoya, donde actualmente empieza la av. Díaz Mirón y la calle Doblado. Febrero-Marzo de 1914.

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No. 3022.- Panorámica de la ciudad, tomada entre febrero y marzo de 1914. La foto fue tomada desde los silos de la harinera en la parte inferior de la foto esta la esquina de la calle Arista y Nezahualcoyotl. En la bahía, varios acorazados estadounidenses. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 3051.- El yate presidencial U.S.S. Mayflower (PY-1) llegó a Veracruz el 5 de marzo y partió en la mañana del 6 de abril de 1914. Entre los pasajeros estaba la familia del almirante Frank F. Fletcher, que vinieron a visitarlo. Este dato permite establecer el periodo en que hecha está fotografía. Fotógrafo: Walter E. Hadsell. Fuente de foto: Fundación Mapfre.

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No. 3076.- Panorámica del malecón y bahía vista desde la torre de la parroquia, tomada entre el 5 de marzo y el 6 de abril de 1914. En primer plano se ve parte de la cúpula de la parroquia; después destaca la cubierta del patio central del mercado Trigueros; el Hotel Buenavista con la torre de la iglesia jesuita; al fondo, en el malecón está el edificio de Faros y el muelle de sanidad, y en lontananza, los buques de guerra estadounidenses. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 3077.- Panorámica del malecón y bahía tomada entre el 5 de marzo y el 6 de abril de 1914. El fotógrafo se ubicó en la torre de la parroquia. La calle Zamora domina la parte inferior de la foto, a la izquierda, las azoteas del Palacio Municipal y a la derecha, las azoteas del Portal de Miranda y el mercado Trigueros; en donde termina la calle, están las bodegas del muelle y fondo, el castillo de San Juan de Ulúa. En la bahía están fondeados buques de guerra de EE. UU. y el USS Mayflower, el yate presidencial, mismo que permite datar la foto. En la parte inferior se han puesto otras fotos tomadas el mismo día y que ofrecen una visión general de la ciudad y puerto. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 3078.- Panorámica del centro de la ciudad y el muelle al fondo, vista desde la torre de la parroquia. La foto fue realizada entre el 5 de marzo y el 6 de abril de 1914. En primer plano, la torre del Palacio Municipal y parte de su fachada; al lado, la calle Lerdo con sus portales. Más atrás, la torre del antiguo convento de San Francisco (ex-faro Juárez); el edificio de Correos y Telégrafos, así como, el muelle y sus bodegas. En la parte inferior se han puesto otras fotos tomadas el mismo día y que ofrecen una visión general de la ciudad y puerto. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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No. 3079.- Veracruz desde la Parroquia. Panorámica de la parte noreste del casco histórico, en la parte inferior, la torre del Palacio Municipal y los Portales de Lerdo; al fondo, el muelle con el edificio de Correos y las bodegas. Marzo-Abril de 1914.

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No. 3081.- Veracruz desde la Parroquia. Panorámica viendo hacia el sur del casco histórico, a la derecha, esta la av. Independencia. Entre los edificios de la izquierda, destaca la iglesia del convento de Santo Domingo. Marzo -Abril de 1914.

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No. 3104.- Cementerio General conocido como “El Canelo” en abril de 1914. El cementerio estaba dividido en patios, así que en primer plano se ve el Patio La Luz y al fondo, se ve la capilla que estaba al centro del patio La Fe, divididos por una barda. Fotógrafo: Walter Elias Hadsell. Foto de la colección de Susan Toomey Frost.

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3117. U.S Chester firing on Naval School (El U.S. Chester disparando sobre la Escuela Naval). La foto fue realizada el 22 de abril de 1914. Esta es la primera o una de las primeras fotos de Hadsell sobre la ocupación estadounidense.

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Notas relacionadas:

1a Serie: Hadsell en Veracruz (1911).

2a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1911-1912).

3a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1911-1912)

4a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1912).

5a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1912).

6a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1913).

7a. Serie: Fotografías de Hadsell en Veracruz (1913).

 

 

Casa Minvielle: Mesón convertido en Casa Habitación.

18 abril 2020

Fachada actual del antiguo Mesón de la Puerta México convertido en 1902 en la casa habitación de Carlos Minvielle Valdés y su familia. Año: 2017. Fotografía compartida en facebook por Ale Mavrakis.

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Los edificios antiguos de Veracruz tienen historias por contar, ya sea por haber ocurrido en ellos uno o varios eventos destacados, haberlos construido, habitado, o ser propiedad de un personaje destacado, cuando menos, a nivel local, otros por haber tenido una función ya desaparecida, y otros más, tan solo por ser sobrevivientes de la destrucción del siglo XX y lo que va del XXI y formar parte del patrimonio construido del siglo XIX o anterior; sin embargo, esas historias todavía esta ocultas en archivos que aunque son públicos, presentan inconvenientes para su consulta.

Muchos desaparecerán antes de que se investigue su importancia, otros tendrán que esperar años para que se les aprecie en su justo valor. Por lo pronto, y con las carencias propias de no poder consultar los archivos. Se han logrado rescatar algunos datos inéditos de un edificio actualmente muy llamativo por su ornamentación arquitectónica de principios del siglo XX: La Casa Minvielle.

El nombre dado de manera provisional, se debe al apellido del dueño que le hizo la última transformación arquitectónica de, cuando menos, su fachada y aun pertenecer a los descendientes de esta familia.

Ubicación

La casa se ubica en la calle de la Constitución número 192, casi esquina con la av. 5 de Mayo, frente a la iglesia de la Divina Pastora. Entre el siglo XVIII y principios del siglo XX, el inmueble estuvo en esquina, por un lado la calle de la Pastora (Constitución) y el otro, la Plazuela de la Pastora.

Historia

Siglo XVIII

El edificio fue construido para ser utilizado como mesón y “Antonio Martinez […] parece fue el que fabrico dicho mezon”. (1) En los años 1740s, Martínez era el dueño (2) y para 1755, lo era su viuda. (3) Así que puede estimarse su construcción en algún momento de la primera mitad del siglo XVIII.

Los mesones eran los espacios de hospedaje público en donde se daba albergue a los viajeros, caballos y carruajes. En la ciudad de la Nueva Veracruz del siglo XVII, la zona de mesones se ubicaba al sur de la ciudad, cerca de la ermita de la Cruz, más o menos por la calle de las Damas (hoy, 5 de Mayo) y la calle Mesón del Buzo (hoy, Francisco Canal). En el siglo XVIII, fue muy conocido el Mesón de Cosío, ubicado al norte de la ciudad, en la plazuela de la Caleta (hoy, Montesinos). En el siglo XIX verán su fin los mesones como tales y surgieron los hoteles y casas de huéspedes.

Este centro de hospedaje fue conocido como Mesón de la Puerta de México, por estar cerca de esa Puerta, por lo tanto gozaba de una ubicación privilegiada siendo el primer lugar que se encontraban los viajeros al llegar a la ciudad, a pesar de que podría pensarse que estaba fuera del centro económico y administrativo de la ciudad. En la Puerta de México debía ser constante la entrada y salida de viajeros al camino real, mismo que llegaba hasta la capital del virreinato, lo que debió reflejarse en la permanencia del mesón durante el siglo XVIII y XIX.

Poco se sabe sobre el tipo de construcción y sus dimensiones durante el siglo XVIII.

El Cabildo le entrego el solar a Martínez a cambio del pago anual del 5% del valor del terreno, se puede decir que el Cabildo seguía siendo el propietario del suelo. El valor del terreno era de 320 pesos, así que los propietarios del mesón en el siglo XVIII, pagaban 16 pesos anualmente, este dinero era recibido por el mayordomo de Propios. (4) Cargo que siguieron pagando los que sucedieron a Martínez, quien solo era propietario total era del inmueble que construyó sobre el solar.

El solar colindaba con la calle de la Pastora, la Plazuela de la Pastora  y otros dos inmuebles, no era rectangular porque el lado que lindaba con la plazuela, seguía la misma orientación que la muralla, siendo el ancho del solar por la calle de la Pastora de aproximadamente 25 varas (20.75 metros) y en el fondo de unas 35 varas (29.05 m.), así mismo se estima que el largo del solar era de 50 varas (41.50 m.) llegando hasta la mitad de la cuadra. (5)

Uno de los hechos conocidos que ocurrieron  en esta primera etapa del mesón es su uso temporal para albergar las imágenes y culto de La Divina pastora. En la década de 1740, el culto y devoción de La Divina Pastora se estaba consolidando en la ciudad, pero no había un lugar propio para las imágenes y ceremonias religiosas, por lo que se alojó en varias partes, entre la que se cuenta el mesón. El ofrecimiento y aceptación de que estuviera en uno de los aposentos del mesón seguramente se debió a que Antonio Martínez era el padre de uno de los niños fundadores de la devoción. (6)

Después de la muerte de Antonio Martínez, el mesón pasó a manos de su viuda Josefa Eulalia, y aunque no se pudo confirmar, es muy posible que otras personas sucedieran a Josefa.

En 1775, el mesón fue adquirido en un remate por Miguel Laso de la Vega quien lo tuvo hasta su muerte en 1795. (7) Miguel estaba casado desde 1771 con Beatriz del Real, quien declaró que aunque el mesón fue comprado por ambos, luego hubo un trato entre ellos, donde ella le cedió su parte, quedando solo a nombre de Laso de la Vega. (8)

En 1796, el mesón estaba en posesión de su albacea el Dr. Pbro. José María Laso de la Vega, hijo de Miguel.

A finales del siglo XVIII, aunque no se tiene documentado el estado de la construcción, puede suponerse que  estaría construido con una planta en forma de L  y un patio interior, y dada la importancia de su ubicación, hasta se podría pensar que ya era de dos niveles. Lo que sí es seguro es que en 1796,  hacia la plazuela de la Pastora, el mesón tenía  construido un pequeño portal con arcos, posiblemente servía como entrada hacia un zaguán y el patio donde se albergarían los caballos, carretas y carruajes. (9)

Siglo XIX.

El situación del mesón en el siglo XIX, prácticamente es desconocida, apenas se tienen dos referencias documentales y otra más que podría suponerse se trata de este inmueble.

El mesón siguió en funcionamiento en las primeras décadas  del siglo XIX, ya que se le menciona como el lugar de nacimiento de un niño en 1820, (10) y seguramente así  continuó por varios años más, favorecido por su estratégica cercanía con la Puerta de México, aunque no se sabe nada más sobre el uso del inmueble hasta 1902, cuando fue adecuado para casa habitación de Carlos Minvielle.  Sin embargo, se tiene noticia que entre 1880 y 1881, había un mesón llamado San Antonio, en la misma calle, (11) lo que hace sospechar que era el mismo. Esto se sustenta porque este mesón de San Antonio estaba a intramuros en la calle de la Pastora, y en esos años, la calle solo constaba de dos cuadras que iban de la avenida 5 de mayo a la avenida Morelos, por lo tanto, no parece probable existiera otro mesón en la misma calle.

En cuanto a los propietarios, el inmueble debió cambiar varias veces de dueño a lo largo del siglo XIX, aunque solo se conoce uno. En los planos de mediados del siglo XIX, (12) la casa tiene el número 473 y en el Padrón de las fincas urbanas que existen en la ciudad de Vera-Cruz publicado por Lerdo de Tejada en 1858, el propietario de la finca era José María Eizaguirre, como dato adicional tiene que su valor era 5,700 pesos. (13)

Siglo XX

El inmueble llegó al siglo XX con características arquitectónicas semejantes a otros edificios construidos en la ciudad durante el siglo XVIII y XIX. El cambio radical ocurrió en 1902, cuando se adaptó para ser la casa habitación de Carlos Minvielle y su nueva familia.

El año que Carlos Minvielle adquirió el inmueble es desconocido, su familia tenía otra propiedad en la misma calle desde 1877, (14) lo que sí es evidente es que en 1902 al planear casarse decidió que ahí sería su residencia familiar. Antes de su matrimonio, Carlos vivió en casa de sus padres, en la calle Zamora número 1 por lo que debió empezar a vivir en esta casa después del 20 de diciembre de 1902, cuando se casó con Teresa Revuelta y Ríos. (15) En esa casa murió su esposa Teresa en 1905 (16) y allí mismo vivió con su segunda esposa a partir de fines de 1906 o principios de 1907. (17) Actualmente, la propiedad se conserva en manos de sus descendientes.

La fachada tiene el año 1902, no se sabe el motivo que el propietario tuvo para ponerlo pero seguramente se debió a una de las dos siguientes razones personales o a ambas: ese fue el año de la construcción de la fachada y también, es el año de su primer matrimonio. Este año, también fue muy importante para la ciudad, ya que en marzo se inauguraron las obras del puerto, que había sido un importante detonador en la economía y la inmigración a la ciudad, lo que llevo a un significativo crecimiento de la ciudad y una bonanza en la construcción de viviendas.

La intervención de 1902, consistió en transformar la fachada con un nuevo lenguaje arquitectónico muy en boga en las clases privilegiadas y ricas de la época porfirista. Las paredes aplanadas sin ornamentación con los balcones de madera como únicos elementos que sobresalían al paramento, debió parecerles muy insignificantes y pasados de moda. Las antiguos muros y vanos que dan a la calle de Constitución y parte de la fachada que daba a la Plazuela de la Pastora, se llenaron de almohadillado, molduras, balcones con balaustrada y herrería metálica, ménsulas con mascarones de hombres barbados en la planta baja y de mujeres en la segunda planta, pero sobre todo destaca el remate con su antepecho de tramos balaustrados que en las esquinas tenían esculturas, y al centro su frontón curvilíneo con forma de concha y un mascarón femenino, rematando con un medallón que tiene un monograma con las letras “C” y “M”, franqueado por dos esculturas de jóvenes ¿serían ángeles?

Al transcurrir el siglo XX, trajo modificaciones al solar y destrucción de algunas partes del inmueble. En algún momento del siglo, el ayuntamiento vendió el terreno de la Plazuela de la Pastora y se construyeron dos inmuebles, que por sus características arquitectónicas es probable sean de los años 1960s o 1970s. Esto ocultó la fachada lateral de la casa.

El inmueble de la esquina, se construyó separado unos metros de la antigua casa, dejando intacta su fachada en ese tramo; sin embargo, el otro inmueble si se hubiera construido sobre el terreno de la Plazuela, hubiera tenido muy poca profundidad, así que debió llegar a un acuerdo con el propietario del solar de la Casa Minvielle (en caso que hubieran sido distintos dueños) para que le vendiera un pedazo de su solar. Ello debió provocar la demolición de una parte del antiguo mesón.

Después que dejo de utilizarse como casa habitación, al inmueble se le dio otros usos, el último conocido fue el de agencia aduanal.

Actualmente del inmueble antiguo solo se conserva el cuerpo frontal ya que toda la parte trasera se demolió y se ocupa entre otras cosas como estacionamiento privado. Esta abandonado, con deterioro en varios elementos decorativos de la fachada, así como puertas y ventanas. No se conoce el estado físico del interior.

Esperemos que en el futuro se realice un estudio completo sobre este inmueble, porque si conserva la distribución, aunque sea parcial, del antiguo mesón del siglo sería un edificio único en la ciudad, ya que los otros edificios que funcionaron como mesones no existen. Además de ser uno de los edificios más ornamentados en la ciudad que datan principios del siglo XX.

Referencias:

(1) AHCV, c.51, vol. 59, f. 133

(2) Taylor, William, “Aquí andaba la mano de Dios”: inicios de la devoción a la Divina Pastora en Veracruz, 1744-1755” en Historias, 78 (ene-abr/2011), p.89.

(3) AHCV, c.51, vol. 59, f. 133

(4) AHCV, C.52, vol. 60, fs. 131-135

(5) Tanto las medidas en varas como en metros son aproximadas y se obtuvieron confrontando la escalas de los planos de 1796 y 1878 con el solar dibujado en dichos planos. La medida en varas del fondo se afirma porque según el trazo de 1597, las cuadras tenían 100 x 150 varas, y el solar llega hasta la mitad del ancho de la cuadra.

(6) Taylor, William, “Aquí andaba la mano de Dios”: inicios de la devoción a la Divina Pastora en Veracruz, 1744-1755” en Historias, 78 (ene-abr/2011), p.89.

(7) AHCV, c.51, vol. 59, f. 131-132.

(8) AGN, Civil, vol. 433, f. 55

(9) AHCV, C.52, vol. 60, f. 315ss.

(10) Acta de bautismo de José Manuel Regino Adrián de la Natividad Hernández, 8 de septiembre de 1820, Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, Bautismos de españoles ilegítimos, 1820-1834, vol. 11-B N, f. 1.

“México, Veracruz, registros parroquiales y diocesanos, 1590-1978,” database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:33SQ-GPW1-9Q7H?cc=1883382&wc=3P3P-3TG%3A177342901%2C177342902%2C177553001 : 21 May 2014), Veracruz > Nuestra Señora de la Asunción > Bautismos 1820-1834 > image 8 of 629; parroquias Católicas, Veracruz (Catholic Church parishes, Veracruz).

(11)  Acta número 934, 29 de octubre de 1880, Defunciones 1880, vol. sin número, f. 34v

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Acta número 1614, 24 de octubre de 1881, Archivo General del Registro Civil del Estado, Archivo del municipio de Veracruz, Defunciones, año 1881, vol. sin número, f. 167v

“México, Veracruz, Registro Civil, 1821-1949,” database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:33S7-9TXX-F8Q?cc=1922413&wc=MDNY-SNG%3A217351001%2C217384101 : 14 March 2018), Veracruz > Defunciones 1878-1880 > image 527 of 562; Archivo General del Registro Civil del Estado (Civil Registry State Archives), Veracruz.

(12) Plano de la Heroica Veracruz, s.f. (Siglo XIX), Mapoteca Orozco y Berra, 875-OYB-7261-A. / Plano topográfico de la heroica ciudad de Veracruz, 1854, Mapoteca Orozco y Berra, 879-OYB-7261-A.

(13) Lerdo de Tejada, Apuntes históricos de la heroica ciudad de Veracruz,  vol. III, México: Imprenta de Vicente García Torres, 1858, p. 166. En los planos, por la calle de las Damas, esta  la finca número 113, cuyo propietario es José Manuel Eizaguirre. ¿Habrá una equivocación en los nombres o eran hermanos? En la casa 459, solo aparece como Manuel Eizaguirre. Todas eran administradas por Juan de Dios Troncoso.

(14) México. Secretaria de Relaciones Exteriores, Memoria que en cumplimiento del precepto constitucional presentó al Congreso de la Unión: en el primer período de sus sesiones el C. Ignacio L. Vallarta, Secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores, México: Imprenta de Gonzalo A. Esteva, 1878, p.82.

(15) Acta número 462, Matrimonio del ciudadano Carlos Manvielle Valdes y la señorita Teresa Revuelta y Ríos, 20 de diciembre de 1902,  Archivo General del Registro Civil del Estado, Archivo del municipio de Veracruz,  Matrimonios, año 1902, vol. s/n, f. 225v.

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(16) Acta núm. 826, Teresa Revuelta de Minvielle, fallecida en la población, 23 de mayo de 1905, Archivo General del Registro Civil del Estado, Archivo del municipio de Veracruz,  Defunciones, año 1905, vol. s/n, f. 237v.

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(17) Acta núm. 153, Nacimiento de Rafaela del Socorro Juliana Minvielle Roca, 10 de marzo de 1908, Archivo General del Registro Civil del Estado, Archivo del municipio de Veracruz,  Nacimientos, año 1908, vol. s/n, f. 52v.

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Plano de la zona aledaña al mesón de la Puerta de México (Hoy, Casa Minvielle). Año 1796. Fuente del plano: Archivo Histórico de la Ciudad de Veracruz.

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Fotografía de 1873, con la fuente pública, la garita, la iglesia de la Pastora y a la izquierda, el antiguo mesón de la Puerta de México (hoy, Casa Minvielle). Esquina de la av. 5 de Mayo y la calle Constitución. Autor de la foto: Benjamín W. Kilburn. Fuente de foto: Southern Methodist University

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Calle de la Pastora (hoy, Constitución) esquina con la av. 5 de Mayo a finales del siglo XIX. El edificio que se ve después de las palmeras es la Casa Minvielle, aún sin las modificaciones de 1902. Esta foto es importante porque se puede ver que tiene misma cantidad de puertas y ventanas, lo que quiere decir que la fachada solo se puso la ornamentación aprovechando la antigua edificación.

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Casa Minvielle en la calle Constitución, frente a la iglesia de la Pastora. Probablemene en la década de 1910. La casa de la izquierda, ya no existe, ahora es un estacionamiento. En la esquina con la av. 5 de Mayo, todavía estaba el remanente de la plazuela de la Pastora y en la contraesquina la Escuela Primaria de Niñas y Parvulos (hoy, Escuela Primaria Manuela Herrera) construida en 1882, edificio ya demolido. ¿Cuanto tiempo le queda a esta casa del siglo XVIII y modificada en 1902?

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Antepecho y frontón curvilíneo de la Casa Minvielle. Una coincidencia y solo eso… ¡una coincidencia! En la parte superior del frontón tiene un monograma con la letras “C” y “M” que seguramente son las iniciales de Carlos Minvielle pero que ante el hallazgo que esta casa también perteneció, por un breve tiempo, a Beatriz del Real, la supuesta “Condesa de Malibrán”, se vuelve una extraña coincidencia, ya que como se ve son, también, las iniciales de la protagonista de la leyenda.

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Imagen de Google Earth de la Casa Minvielle con los límites del solar original del siglo XVIII (color rojo) y la modificación que se le hizo en el siglo XX (color azul).

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Veracruz: Fuente del pebetero olímpico.

14 abril 2020

Vista nocturna de la fuente con el pebetero olímpico al centro. Fotografía de los años 1970s.

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El 6 de octubre de 1968, llegó la antorcha olímpica a la ciudad de Veracruz, en su paso hacía la ciudad de México. Como recuerdo de tal acontecimiento se construyó una plazoleta y fuente en la esquina de la av. Ignacio Zaragoza y la calle Ignacio López Rayón. Esta fuente tuvo dos etapas: una con un pebetero olímpico al centro, que fue el motivo por el que se construyó y la otra, aparentemente desde 1999, año en que  se le quitó el pebetero olímpico y en uno de sus lados se levantó una base para la escultura de un bombero, por lo que se convirtió en la fuente del monumento dedicado al bombero, aunque sin mayor cambio en su diseño. Así permaneció hasta que fue demolido en diciembre del 2015.

El año de construcción se desconoce pero debió ser el mismo año de los Juegos Olímpicos o un poco después, antes en esa misma esquina estaba el monumento de Benito Juárez, cuya estatua se había removido en marzo de 1968.

Los pebeteros de los juegos olímpicos de 1968 son una réplica del brasero mexica encontrado en Tlatelolco. En Veracruz se utilizaron dos de distinto tamaño: uno en el Estadio Luis de la Fuente y el otro en el balcón del Palacio Municipal que era más pequeño. El pebetero usado en el estadio fue colocado al centro de la fuente.

El origen del pebetero  debió ser la inspiración para el diseñador de esta plazoleta y fuente, ya que se usaron varios motivos que hacen clara referencia a las culturas mesoamericanas: como el escalonamiento de los volúmenes centrales de la fuente a manera de las seis pequeñas pirámides, lo mismo que la inclinación de los paramentos de las jardineras, que recuerdan a los taludes usados en las mismas pirámides, así como la franja en el piso que rodea la plazoleta con grecas formadas en piedra de cantera rojo y concreto gris.

El estilo de la plazoleta y fuente puede inscribirse en la tendencia en boga de mediados del siglo XX, que pretendía rescatar el lenguaje plástico del pasado autóctono, como refleja la magna obra de Ciudad Universitaria de la UNAM, así como en muchísimas otras obras menores a nivel nacional. En la propia ciudad de Veracruz, otras obras que siguen esta tendencia fueron la glorieta y monumento de Salvador Díaz Mirón y la fuente de los Flamingos y un tramo de la alameda Díaz Mirón construidas en 1969; todas destruidas al día de hoy.

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Pebetero olímpico al centro de la fuente en los años 1970s o 1980s. Los acabados eran mosaico veneciano y aplanados en color blanco. Al fondo, el edificio de Teléfonos de México. Fuente de foto: Fototeca Nacional, No. 292124.

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Plazuela y fuente del Pebetero Olímpico en los años 1970s. Lo pequeño de los árboles hace intuir que la fuente tenía poco tiempo de construida. Al fondo, el edificio de Bomberos. Postal compartida en facebook por Yugioh Maxx.

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Otra vista nocturna de la fuente y su plazoleta en los años 1970s. Destaca el uso de los colores de la bandera: Verde en las jardineras perimetrales, blanco del recubrimiento de la fuente y el rojo producto de la iluminación del agua.

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Parte central de la fuente en enero del 2013, con pequeños daños en algunas de sus partes pero en general bien conservada. Los seis volúmenes que la componen tienen un escalonamiento que recuerdan los taludes de las pirámides. Las partes pintadas de rojo, originalmente eran, y que seguía conservando, de mosaico veneciano blanco.

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Franja con grecas que rodeaba la plazoleta, el diseño en clara alusión a las culturas prehispánicas. Todo el piso de la plazoleta estaba hecha de piedra de cantera y concreto.

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Decoración del piso con grecas con clara referencia a las culturas mesoamericanas. Otoño del 2012.

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Plazoleta con la fuente y el monumento en honor a los bomberos en el otoño del 2013.

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La demolición de la fuente fue antes del lunes 5 de enero del 2016, fecha de esta foto que muestra el inicio de la columna de la Patria. El día 1 de enero había sido el jueves anterior, así que solo habían pasado dos días hábiles y viendo el avance de la obra, puede suponerse que la demolición ocurrió en diciembre del 2015.

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Notas relacionadas:

Brasero monumental de Tlatelolco.

El Fuego Olímpico de 1968 en Veracruz (Resumen)

Veracruz: El pebetero olímpico usado en el estadio Luis de la Fuente.

El pebetero olímpico en el Palacio Municipal de Veracruz.

¿Pebetero y herreria olímpica en Veracruz?

La ciudad de Veracruz en la década de 1910 (1a. Serie).

9 abril 2020

Palacio municipal iluminado en septiembre de 1910, durante los festejos del centenario de la Independencia. Se alcanzan a ver al centro una estrella y los años 1810 y 1910. fuente de foto: Fototeca Nacional.

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Las imágenes de la plaza de armas en esta década van desde el Palacio Municipal iluminado por los festejos del centenario de la Independencia, la rebelión del gral. Félix Díaz, la ocupación estadounidenso, pasando por diversos aspectos cotidianos alrededor de la misma.

En esta década se hicieron cientos o miles de fotos de distintas partes de la ciudad de Veracruz, incluso las primeras fotos aéreas. Así que esta serie solo es una pequeña muestra de algunos lugares emblemáticos y para más fotografías se recomienda visitar las notas recomendadas al final.

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Avenida Independencia vista desde la esquina de la calle A. Serdán hacia el norte, alrededor de 1910. En esta fotografía se puede ver que estaba en construcción el tercer nivel del hotel Diligencias.

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Hotel Diligencias, propiedad de Calvo Canteli y Cía., y la Plaza de Armas en 1912. Fotógrafo: Walter E. Hadsell.

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Núm.20.- Plaza de la Constitución. En el reverso tiene un mensaje manuscrito con la fecha 15 de febrero de 1913. Editor: Rieken y Martínez Sucr.

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Avenida Independencia, entre las calles Lerdo y Montesinos, vista desde la torre de la Parroquia en los años 1910s. Al fondo a la izquierda, se ve la parte trasera del Teatro Clavijero. Fotógrafo: José Bureau.

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Esta fotografía de Ponciano Flores Pérez no se le identifican referencias para poderla fechar, como primera opción se le podría considerar de finales 1914 o 1915, siendo las personas parte del ejército carrancista, después de la desocupación estadounidense; sin embargo la leyenda dice “La Cruz Blanca recojiendo heridos”, en la llegada o estancia de los carrancistas en la ciudad no se tienen datos de algún enfrentamiento armado; por lo tanto, bien podría ser del 23 de octubre de 1912, después de la rendición del general Félix Díaz, en donde si hubo un combate. Queda la duda.

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Los primeros soldados que llegaron con bandera blanca a la Plaza de Armas, durante el sofocamiento de la rebelión del gral. Félix Díaz. 23 de octubre de 1912. Fuente de foto: Fototeca Nacional.

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La bandera estadounidense ondeando en el Palacio Municipal en 1914.

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Soldados estadounidenses frente al Palacio Municipal de Veracruz en 1914.

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No. 6 Edificio de Correos y Telégrafos en 1914. Atrás del edificio, frente al edificio de la Terminal, un campamento militar de los estadounidenses.

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Panorámica de muelle y malecón de Veracruz en 1914, desde la torre de la iglesia de San Francisco. En primer plano la cúpula del edificio de la Aduana Marítima.

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Marinos en su día libre en el Malecón de Veracruz, durante la ocupación estadounidense de 1914. Los puestos ambulantes en todo su apogeo, desde entonces.

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“El pueblo veracruzano que acompaño al general Porfirio Días á su embarque en el vapor alemán Ipiranga.” Mayo 31 de 1911. Fotógrafo: Ramón D. Ordaz.

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No. 2482.- Callejón Teodoro Dehesa en el otoño de 1913, vista de la av. Landero y Cos hacia la av. Zaragoza. Los puestos ambulantes formaban parte de un corredor comercial que había entre el Mercado Trigueros y el edificio de Carnicería. Fuente de foto: Colección Susan Toomey Frost.

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No. 2481.- Patio central del mercado Trigueros en el otoño de 1913. Fuente de foto: Colección Susan Toomey Frost.

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Entrada de la alameda en 1914, durante la ocupación estadounidense. Vista desde la av. Independencia. (Actualmente es el Parque Zamora)

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Rara vista del antiguo puente del río Tenoya (ya desaparecido y rellenado su cauce) al inicio de la av. Libertad (hoy, Díaz Mirón), visto de sur a norte. Al fondo, la Alameda (hoy, Parque Zamora) y a la derecha, el edificio Tiburcio. Primer semestre de 1914.

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Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje en 1914, durante la ocupación estadounidense. La fecha de construcción no se conoce pero seguramente es del finales del siglo XVII o del siglo XVIII.

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660.- Monumento y parque Juárez. Fuente de foto: Colección de Susan Toomey Frost compartida en Youtube por Televisa Veracruz.

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Alameda o Paseo de los Cocos, en la av. de la Libertad (hoy, av. Díaz Mirón), a principios de la década de 1910.

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Monumento de la Libertad y su glorieta. La fecha del matasellos: 20 de noviembre de 1913.

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Parque Ciriaco Vázquez visto desde la esquina de la calle Lerdo y la av. Madero. Postal usada en 1912.

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Parque Ciriaco Vázquez, visto desde la esquina de la av. Hidalgo y la calle Lerdo. A la izquierda, la Escuela Cantonal y a la derecha el edificio de la Fábrica de Puros La Prueba. La postal tiene impreso “Parque Juárez” parece ser fue un error de impresión.

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Panorámica aérea de la ciudad de norte a sur. En la parte inferior, el castillo de San Juan de Ulúa, y al fondo, se alcanzan a ver los médanos que rodeaban a la ciudad.

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Notas relacionadas: 

1900’s: Comenzando el siglo XX en Veracruz (1a. Serie).

1900’s: Comenzando el siglo XX en Veracruz (2a. Serie).

Xamapa: Leyenda del perro roncador.

7 abril 2020

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EL RONCADOR

Por Juan José González F.

Este relato tuvo su origen en el pequeño poblado de Jamapa, que está situado en la proximidad de la ciudad de Veracruz, y ocurrió en los días no lejanos de la Revolución.

Los rancheros de esta región costeña, gente sencilla que aún conserva, como resabio de las costumbres viejas, una firme creencia en la realización de los fenómenos sobrenaturales, afirman que esta historia está ligada a la existencia de un alma en pena, y como tal suelen referirla.

Jamapa pasó varias semanas de zozobra cuando sus habitantes dieron en comentar la presencia de un extraño animal, mitad perro, mitad lobo, que los incrédulos calificaban de simple can solitario de raza indefinida, mientras los versados en asuntos de ocultismo aseguraban que era un ser ultraterrenal que entre las diez y las doce de la noche cruzaba las calles del lugar lanzando lúgubres ronquidos.

La superstición hizo a la gente encerrarse desde temprano en sus casas, atrancando las puertas y ventanas después de trazar sobre la arena del frente de sus hogares los “pasos de Salomón” y otros signos que el ritual de la magia recomienda como remedio eficaz contra la acción del Maligno. Pero los días pasaban y el pueblo llegó a acostumbrarse a los diarios recorridos del “roncador”, cuyo extraño ruido no dejaba de causar pavor en las gentes, llegando a proponerse, los más valientes, organizar una partida de caza para dar fin al animal.

Armados de valor por el número y con palos y machetes como medio de agresión y defensa, se dispusieron a hacer frente al “Roncador”, apostándose a lo largo de las calles que solía recorrer.

Cerca de las once de la noche escucharon el ronquido y salieron a su encuentro repartiendo palos y machetazos a diestra y siniestra, siendo lo curioso del caso, que el animal, dando muestra de agilidad insospechada, burló los agresores y esquivó los tajos, escurriéndose entre las piernas de los agresores que no pudieron atraparlo ni herirlo.

Después del sonado fracaso, cobró fuerza el rumor de que el animal era el mismo Diablo convertido en perro y no osaron volver a atacarle.

Pero en todas partes suelen hallarse personas dispuestas a correr aventuras cuando se trataba de resolver algún misterio, y en Jamapa había una de ellas en la persona de cierto carpintero con fama de no temerle ni a Dios ni al Diablo.

Dispuesto a dar prueba de su hombría, habló con don Eugenio Fernández rico comerciante del lugar, quien le presto una escopeta de dos cañones cargada con cartuchos venaderos.

Esa misma noche, el valiente carpintero esperó al Roncador armado con la escopeta, y para no fallar la puntería, escogió un arbusto donde apoyaría en el momento preciso del disparo.

No tuvo que aguardar mucho tiempo la llegada del animal que siempre emitiendo su extraño y lúgubre ronquido se acercó al sitio.

Cuando estaba a sólo unos cuantos pasos del supuesto victimario, éste hizo fuego, mas el perro siguió caminando sin dar muestras de sobresalto por el estruendo de las explosiones a la vez que revelaba no haber sido tocado por ninguna de las postas.

Don Eugenio, que escuchó los disparos, fué presuroso con otros vecinos al lugar, pensando hallar por fin muerto al perro, encontrando con asombro que el carpintero yacía desmayado junto al arbusto, mientras que la escopeta estaba tirada a varios pasos de distancia.

Condujeron al cazador a la casa más cercana y vuelto en él de su desmayo, contó que al disparar había visto bien claro como las postas pasaron a través del cuerpo del animal sin causarle daño.

Entre los comentarios de los rancheros, que atribuían su fracaso a la mala puntería, fueron a examinar el sitio donde decía el improvisado cazador que se encontraba el perro al momento de sus disparos, y pudieron comprobar que efectivamente se notaban los pasos del animal sobre la tierra floja y los impactos de las postas, quedando asombrados al no ver rastro de sangre, siendo innegable que alguno de los balines debió haber herido a aquel extraño ser.

Pasada esta aventura, quedo mostrada la inmunidad del Roncador y nadie se atrevió a enfrentársele.

Pasaron los días y hubo uno en que ya no volvió a escucharse más su paso, pero los sencillos habitantes de este poblado siguen insistiendo en que el Roncador era el alma de alguien que había muerto en pecado, o el mismo Diablo convertido en perro.

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Fuente del texto:

González Fernández, Juan José, “El roncador”, El Siglo de Torreón, Torreón, 23 de octubre de 1947, p. 4.

Fuente de la foto: Web

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Notas relacionadas:

Medellín: La leyenda de la Dama Blanca.

Veracruz: La leyenda del Caballero Alto.

Veracruz: Lorenzo Barcelata, el compositor Jarocho.

 

Veracruz: Don Miguel Vendrell y Puig, piloto de altura e inventor. (1947)

7 abril 2020

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En 1943, Juan José González Fernández publicó en el libro “Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz” la historia de Miguel Vendrell y Puig, pero no se pudo conseguir ese texto completo; a cambio de ello de encontró que el 1 de noviembre de 1947, publicó un artículo con el mismo nombre en el periódico El Siglo de Torreón.

Al comparar la parte que se tiene del texto de 1943 con el de 1947, solo se ve que hizo algunas ligeras correcciones, excepto por los dos últimos párrafos, los que si cambió por completo.

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DON MIGUEL VENDRELL Y PUIG, PILOTO DE ALTURA E INVENTOR.

Por JUAN JOSE GONZALEZ F.

En 1770 ó 1771, arribó a las playas veracruzanas por primera vez, don Miguel Vendrell y Puig Piloto de Altura e inventor, maestro en el arte de navegar y aficionado al estudio de las matemáticas, uniendo a todo ello una especial habilidad en el manejo de herramientas manuales, que le permitía dar forma a sus concepciones realizando curiosos modelos que fueron el asombro de los habitantes de la Nueva Veracruz, acreditándole como hombre versado en las ciencias.

Personas de su valer constituían raras excepciones en la Colonia, lo cual motivo que en 1774 quedara definitivamente radicado en el Puerto, con la comisión de Sobrestante Mayor de las obras de conducción de agua del Río de Xamapa.

Como en esa fecha era insuficiente ya el caudal suministrado por las cañerías del acueducto que construyera Fray Pedro Buzeta, había vuelto a presentarse la escasez de agua y el Cabildo comisionó a don Miguel Vendrell y Puig para hacer un estudio de viejo proyecto, que consistía en traer agua del Xamapa.

Don Miguel Vendrell y Puig acogió la idea original de unos ingenieros franceses, modificándola en el sentido de que debía construirse un dispositivo que permitiera elevar el líquido a una altura, para que pudiera correr por sí sola hasta las cañerías de Veracruz y elevarla a la altura debida en cada casa.

Daba mayor fuerza al proyecto de su dispositivo ofreciendo el ejemplo de la ciudad de Londres, donde decía: “según testigos presenciales, se cogen las aguas para el abasto público que se reparte en muchas fuentes, por medio de unas máquinas tan simplificadas y baratas que solo tiene un eje y una rueda bien dispuesta para el efecto, elevándola desde el Río Támesis a la altura conveniente, para usar de ella y en muchas partes por semejante estilo y otros adaptados a las causas que pueden producir los efectos que se necesitan”.

El inventor tenía ya la experiencia de haber visto rechazadas sus ideas en otras ocasiones y así lo manifiesta en su escrito, cuando decía: “Conozco que los progresos del entendimiento si no van acompañados de algún valimiento que los caracterice, suelen ser poco atendidos y a veces despreciados, como puede inferirse de estos tres irónicos paralelos, por haberme sucedido en este pais”.

“Seleuco, Rey de Creta, fue el primero que inventó las velas de las embarcaciones, hallazgo muy útil en efecto y hecho de los más aplaudidos, famosos y memorables de su tiempo, pues hay quien diga que por eso le rindieron culto sacrílego, y se esparció la voz de que se había hecho alas para volar”.

“Y yo que puedo gloriarme de haber sido el primer hombre en el mundo, que ha inventado y ha hecho andar las embarcaciones con el viento por tierra, y dándole muy buena dirección, como lo vio toda la ciudad por sus plazas, calles y campos harán cinco años, y en esta misma plaza de Palacio, por no haberme podido excusar a causa de habérmelo pedido el Caballero Gobernador Don Bernardo Troncoso, pues solo lo había hecho para mi uso, el de cuatro amigos y algunos convidados, para dar prueba de mi habilidad a muchos incrédulos, y no fue construido con mucho primor y buenas piezas, pero si bien ideada porque no era tan grande el arbitrio como el ingenio, por cuya causa le quebraron un eje en la Calle de las Damas la mucha gente qué le cargó sin poderla apartar, pues era de una lanza vieja de coche. Fui en muy breve tiempo de la Escuela Practica hasta la Hacienda de doña Beatriz del Real y vuelto con el viento en contrario a los Hornos de Medina, dejando admirados a todos con sus maravillosos efectos superiores a otra especie de embarcaciones, como no balancear, puntual dirección, excelente velocidad y otros, no obstante de su pequeñez llevaba ocho personas dentro, donde se excluyó a pocos días para volver las piezas a sus dueños a causa de la pronta salida para Barcelona, de la embarcación que yo llevaba el cargo de la derrota”.

“Esto fue tenido por muchos como una travesura de mi juventud, sin advertir que nacía de otros principios más hondos, y que no estaba completo el invento, pues la idea era amfibia, que anduviera por el agua y por la tierra, con viento favorable y contrario, con y sin él, aunque en este caso con lentitud: todo lo tengo presente, y si no, búsquenme y verán”.

“No faltaron otros quienes apresuradamente quisieran imitarmelo, porque hasta ahora no me había reservado ningún invento y reconozco que hacía mal queriendo atribuírselo así”.

“Otros, levantando testimonios de los autores, decían que antes se había hecho; pero obligados a manifestar la autoridad del dicho, pusieron en manifiesto su malicia diciendo que había sido chanza: Vaya paralelo peor”.

“Hipocrates Chio, gran personaje, midió la luna, y ya le parecía que de allí a la cuadratura del círculo no había paso, y todavía no han llegado, fue un hecho tan celebrado en la antigüedad según el Padre Josca, y de tan poca utilidad, que apenas es conocido en estos tiempos por los mismos matemáticos, y se adquirió por ello grandes aplausos y muchos honores, por una cosa que no habría de servir más que de curiosidad”.

“Y yo que medí, calcule, levante y fabrique en esta ciudad un modelo el año de 1791, que existe en casa del señor José Rodríguez Conde, contratista de la obra de conducción de agua, para abrir con mucha facilidad y poca costa la zanja en la tierra suelta, y otras máquinas que prometí si se ejecutaba aquella, y no obstante de hacerla operar en presencia de todos, dar el cálculo en tres pliegos de papel, ver que causaba mejores efectos que los que tengo referidos, esto es, hacía por su escala tres y media varas de profundidad del ancho ordinario hechaba la tierra ocho varas lejos de la zanja, y caminaba y operaba con poca fuerza de mulas tirando, o de gente andando por una rueda de pontón, porque la misma naturaleza de la maquina la aumentaba en gran manera, y la podía dirigir un hombre solo, haciéndola por mayor provecho su gran utilidad con la cuarta parte de sus efectos y no se planteó sin darme satisfacción de su insuficiencia, bien que no habrán habido menester”.

“Decían algunos que yo la había hecho por haber visto una que dicen tiene el padre Gómez, el que no dirá ni él ni otros que se la haya visto nunca, y la mía no la vio quien no quiso”.

“En el tiempo en que yo la concluía, pusieron en la Gaceta la invención de tal Padre, que es regular, pues tan diversa de la mía como la luz de las tinieblas (no lo digo por mejor ni peor) y dicen que ya la tenía hecha muchos años antes y hasta entonces se acordaron: vaya otro paralelo más desgraciado si no fuera notorio”.

“Alejandro Magno, (distingamos en fortuna) Rey de Macedonia, corto un hilo de cordeles que no supo desatar: si yo lo hubiera hecho me hubiesen castigado por necio, de lo que no me queda ni migaja de duda, pues los barbaros africanos vasallos de Darío, tenían como cosa misteriosa el desatarlo, y lo llamaban el Nudo Gordiano, y fue un hecho porque lo dijo Alejandro, de los más memorables, y también parte para que le rindieran culto olocuasto como Dios inmortal e hijo de Apolo; súpolo su madre, y escribiéndole una carta burlesca cuyo contenido era que ni ella era su madre, siendo hijo de Filipo su único marido, como tuviera a Apolo por padre la ponía de adultera y en mal con su esposo; por cuya causa renuncio Alejandro el Diosado”.

“Y yo que el mismo año pasado, en la misma obra de conducción de agua, con unos cordeles liados con buen orden, paré una galera de cincuenta y dos varas de largo y trece de ancho, que estaba tirada y en estado de abandonar, con solo cuatro hombres, y aun me sobraban, en un cuarto de hora. Por no haber sido muy notorio, otro no se atribuyó el invento escribiéndolo en la Gaceta. Y por estas y otras muchas razones me reservo el invento de elevar el agua cuanto pueda, y diré si me preguntan cuanto sepa fuera de esto, que sin ello todo vale nada”.

“No obstante como no dejare de dar pruebas morales que lo acrediten, y de las grandes utilidades que resultan”.

Hasta aquí los párrafos más importantes del escrito de Don Miguel Vendrell y Puig,  dan en forma amena e interesante las noticias  de sus inventos que adelantaban aquellas máquinas en muchos años a las solían emplear en tal época.

Este inventor catalán dejó en los Archivos del Cabildo de la Nueva Veracruz la historia de us desgracias que bien pueden compararse a las que han pasado otros grandes inventores cuyos nombres han tenido la fortuna de ser recordados al hablar de la evolución de la Humanidad.

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Fuente de texto:

González F., Juan José, “Don Miguel Vendrell y Puig, piloto de altura e Inventor.”, El Siglo de Torreón, Torreón, 1 de noviembre de 1947, pp. 4, 9.

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: Lorenzo Barcelata, el compositor Jarocho.

4 abril 2020

Lorenzo Barcelata.

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LORENZO BARCELATA, EL COMPOSITOR JAROCHO.

Por Juan José González F.

1948.

Con el tono doctoral que suelen emplear ciertos anunciadores de la radio, escuché el otro día que uno de ellos comentaba: “Lorenzo Barcelata, compositor tamaulipeco”.

Si las palabras vertidas hubieran sido producto del propio anunciador, no tendría importancia el hecho, pues en esa profesión ni son todos los que están, ni están todos los que son, pero los textos del programa en que se cometió tal error, se supone que han pasado por la censura de la empresa publicitaria que se encarga de prepararlo bajo el título de “Alas” y el patrocinio de la Cía. Mexicana Manufacturera de Cigarros El Aguila.

Este error sirve de tema a mi comentario de hoy, recordando al gran amigo e inspirado compositor, que pasó los últimos meses de su vida procurando curar una vieja dolencia del corazón que lo llevó a la tumba cuando al sentirse repuesto trataba nuevamente de proseguir su carrera artística ante los públicos visibles e invisibles de la radio.

Cuando Lorenzo Barcelata regresó ya enfermo a México, después de cosechar merecidos triunfos en los Estados Unidos del Norte con su inolvidable “María Elena” buscó el calor de su tierra natal, el Estado de Veracruz y en él quiso pasar algunos meses descansando cerca de su pueblo, del campirano Tlalixcoyan, escogiendo para ello la playa sur del Puerto de Veracruz, donde en “Mocambito” alquiló una casita rústica situada a escasos metros de la orilla del mar… su sentido artístico buscaba nuevas inspiraciones en el rumor de las olas y en los reflejos argentinos que produce la luz de la Luna al besar la superficie de las aguas.

Poco se ha escrito acerca de la vida de Lencho Barcelata, y para ilustración de los confeccionadores de programas que en el futuro tengan que mencionar algo de él van estas líneas extractando su biografía.

Lencho había nacido jarocho, tanto por quedar incluido el pueblo de Tlalixcoyan dentro de los límites territoriales que corresponden a la zona así denominada, como por el hecho de ser hijo de auténticos jarochos, recibiendo como herencia el carácter franco y alegre de los habitantes de esta región.

Provenía de una familia humilde. Su padre participaba de todas las virtudes y defectos del jarocho: era alegre, franco, decidido en las lides del amor y sabía tañer la guitarra improvisando los versos del son en las “pugnas” cualidad que a veces resulta defecto al conducir fácilmente hasta fatales trances, cuando el calor de aquellas “pugnas” se dicen “indirectas” demasiado “directas” que culminan en el duelo ranchero a machete desenvainado….. con todas la reglas por escribir, del honor ranchero….

Siendo aún muy niño Lencho, tuvo la desgracia de perder a su padre en uno de aquellos lances de honor provocado al finalizar una fiesta pueblerina, y su madre desde entonces, procuraba alejar del niño toda idea que le hiciera inclinarse por la música…. la vieja guitarra del padre había permanecido colgada en la pequeña habitación que hacía las veces de sala, y por muchos años la vió Lencho con grandes deseos de empuñarla, sintiendo ánimos para rasgear aquellas cuerdas y cantar los sones jarochos que escuchaba a diario… mas la madre seguía en su intento de hacerle olvidar esos pensamientos, señalando el instrumento como cosa maldita y la causa de que hubiera quedado huerfano……

Pasaron los primeros años de Lencho casi en la miseria…. la viuda tenía que trabajar lavando ajeno para poder subsistir… el niño concurría a la escuela del lugar y llegó el momento en que pudo a su vez desempeñar algunos pequeños trabajos que en forma mínima le daban la oportunidad de cooperar a sostener su casa….

Una tarde en que la madre había salido a la calle, Lencho se vió solo y no pudo resistir los deseos de descolgar aquella quitarra y tratar de tocar en ella….

El asombro del niño no fue tan grande como el de los vecinos que curiosos se acercaron a la puerta al escuchar las notas de un son popular tocado en forma incipiente por aquella criatura….

Pronto llegó la noticia a oidos de la madre que llorando le pidió no tratara jamás de volver a tocar la guitarra…. y le hizo de nuevo la historia de su viudez…. pero Lencho había nacido artista y su feliz iniciación en la guitarra le animó para seguir insistiendo en su idea…. y así fue como ya siendo un hombre se lanzó a la ventura…. a recorrer las ciudades llevando la guitarra bajo el brazo y en el pensamiento la música y la letra de las canciones que pronto habrían de repetirse consagrandole como compositor jarocho….

Esa es la historia de Lorenzo Barcelata, misma que luego lo ve triunfar en el extranjero…. que lo lleva a gravar su efigie en la maravilla del cine…… que deja para el futuro las palabras de su propia voz cantando “El Palomo” en “Alla en el Rancho Grande”……

El destino no le permitió saborear sus triunfos…. pronto enfermó del corazón y tuvo que suspenderse sus giras artísticas… y regresó a su tierra, a Veracruz, donde en sus últimos meses de vida alegró las tertulias de amigos celebradas a la orilla del mar cantando sus canciones y haciendo proyectos para el futuro que no pudo vivir….

Sus últimas actuaciones para la radio fueron en la XEHV…. recuerdo que Lencho tenía miedo de volver ante los micrófonos…. no estaba seguro de que pudiera recordarlo público….. cuando lo presenté ante aquellos micrófonos recuerdo que haciendo caso omiso de la entrevista que habíamos preparado, y al responder a mis primeras preguntas, se me acercó al oído para decirme: “Ingeniero, vamos mejor a platicar, no te guíes por lo escrito”…. y Lencho platicó con emoción que se sentía orgulloso de que sus canciones hubieran sido traducidas a otros idiomas, porque así veía que en el extranjero también se cantaban las canciones de Veracruz, de aquel Veracruz que tanto amaba….

En las últimas semanas que pasé con él trabajamos con entusiasmo preparando el argumento de una película basada en la Leyenda del Caballero Alto, un fragmento del folklore veracruzano que deseaba llevar al cine hablado… en la claridad de la luna tropical yo escribía mientras él pensaba en la letra de las canciones que quería incluir, y muchas veces me interrumpía diciendo: Mira Juan, en está escena vamos a cantar un son que tiene ya muchos años….” y embrazando la guitarra cantaba a media voz……

Un contrato imprevisto le hizo alejarse de Veracruz para ir a México donde tenía que actuar ante los micrófonos de la XETB, pero su corazón seguía enfermo y no resistió los efectos del altiplano….

Cuando Lencho Barcelata murió, perdimos un gran amigo y se fué para siempre el cancionero que dió un sitio importante para su tierra en la vida del arte pues “María Elena” ha quedado ya consagrada por la fama y habrá de repetirse mientras el sentido del buen gusto en materia de música exista sobre la tierra.

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Fuente del texto:

González Fernández, Juan José, “Lorenzo Barcelata, el compositor Jarocho”, El Siglo de Torreón, Torreón, 26 de julio de 1948, pp. 4, 7.

Fuente de foto: 

Archivo histórico de Excelsior. (www.excelsior.com.mx).

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Veracruz: Preciado Serrano.

3 abril 2020

Fachada sur del castillo de San Juan de Ulúa en 1914, con los baluartes de Nuestra Señora de la Soledad y San Crispín.

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PRECIADO SERRANO

Juan José González Fernández.

1943.

Este es el relato de la vida de un valiente hijo de la ciudad de Veracruz, para quien las generaciones de coterráneos que le siguieron en la vida, no han tenido aún la distinción de recordar su nombre.

Preciado Serrano era hijo de distinguida y rica familia veracruzana. Abrazó la carrera de las armas a fines dé la dominación española en México, y al iniciarse el movimiento Insurgente puso su espada al servicio de la causa de la Independencia en el Batallón de Tres Villas.

En todo el territorio Nacional dominaban las fuerzas Insurgentes y era jefe militar de Veracruz don Antonio López de Santa Anna, que no veía con buenos ojos ondear el pabellón español en la fortaleza de San Juan de Ulúa dominada aún por e} General Lemaur. Santa Anna, el hombre de los mil recursos, ideó una estratagema para posesionarse del Islote fortificado y entró en tratos con Lemaur haciéndole creer que estaba dispuesto a entregar la Plaza, indicando que cierta noche prefijada podría enviar sus tropas para que se posesionaran de los baluartes de la Concepción y Santiago, situados a los extremos de la muralla que daba al mar.

Santa Anna había planeado que cuando las tropas españolas se encontraran en dichos baluartes, podría fácilmente desarmar a los soldados españoles y usando sus uniformes enviar soldados a Ulúa, para posesionarse a su vez de la fortaleza.

Lemaur aceptó el plan propuesto, creyendo en su buena fe, pero exigió que Santa Anna le enviara a uno de sus oficiales como rehén, para que con su vida respondiera del éxito feliz de la empresa.

En una junta de oficiales, Santa Anna expuso su plan y pidió un voluntario para servir de rehén, ofreciéndose como tal el Teniente Preciado Serrano.

Cuando quedó fijada la fecha, Preciado Serrano fue a Ulúa y esa noche Lemaur envió a los soldados, de acuerdo con el plan propuesto, pero sea por nerviosidad de los insurgentes o por descuido de alguno, dispararon sobre las lanchas españolas y éstas regresaron a Ulúa, informando a su jefe del fracaso, Lemaur montó en cólera y mandó llamar a su presencia a Preciado Serrano, le increpó duramente, haciéndole preso en el acto y anunciándole que sería pasado por las armas al despuntar el sol, de acuerdo con el convenio que había hecho con Santa Anna.

Serrano, con la resignación y el orgullo de quien ha cumplido con su deber, se entregó prisionero, manifestando al jefe español que estaba enterado de todo y dispuesto a recibir el castigo capital. Todo el resto de la noche lo pasó Lemaur en vela. Su conciencia le decía que el sacrificio de aquel valiente no debía efectuarse, y cuando a la mañana siguiente ya estaba dispuesto todo para la ejecución, hizo formar a la tropa y llamando al reo en presencia de todos, le dijo: “Es mi deber exhortar a usted para que diga si al venir a Ulúa en esta misión, estaba enterado de que Santa Anna no pensaba entregar la Plaza, y que su vida sería inmolada al descubrirse el engaño”.

Serrano manifestó a Lemaur que conocía los planes de su general, estando dispuesto a sufrir el castigo acordado.

Lemaur volvió a insistir: “Es decir, que usted convino con su jefe en que si fracasaba el intento quedaría sujeto a las consecuencias . . . ?” “Sí, señor Brigadier. . .” fue la respuesta definitiva de Serrano.

Y entonces el Brigadier español dijo: “Basta de proceso… Ahora os digo que el Brigadier Lemaur no mata a los valientes. Desde este momento quedáis en libertad y en una lancha iréis de regreso a Veracruz, llevando una carta especial para vuestro general Santa Anna”.

Lemaur estrechó en sus brazos a Serrano, y latieron sus corazones conmovidos, uno por el valor del reo, el otro por la nobleza de quien tenía su vida en las manos. Cuando Santa Anna abrió la misiva de Lemaur, éste decía en su escrito: “Mas sea esto lo que fuere, cábeme el honor de devolveros con vida a este caballero, porque su corazón como el mío, es demasiado noble para sacrificarlo en el suplicio; creyendo que en justa retribución me devolveréis al Capitán D. Domingo Lagrú, al Teniente D. Manuel Zeidén y al Sargento y a los ocho o diez soldados que quedaron allí prisioneros”.

Santa Anna en justa correspondencia devolvió los prisioneros pedidos y Preciado Serrano fue ascendido a Capitán. El ascenso de Serrano despertó la envidia de sus compañeros de armas y desde entonces aprovecharon todas las oportunidades para hacerle aparecer ante el jefe como un ambicioso que estaba dispuesto a traicionarlo en la primera oportunidad. Las intrigas de sus compañeros de armas, cambiaron la manera de ser de Preciado Serrano, dejó de concurrir a los centros de reunión de los oficiales y esto llegó a perjudicarlo grandemente, haciéndole aparecer como culpable de las acusaciones lanzadas en su contra.

Viendo los demás oficiales envidiosos que Santa Anna no creía aquellos rumores que le hacían llegar, lo denunciaron como autor de cierto anónimo dirigido al Jefe del Gobierno y en el que manifestaban que Santa Anna conspiraba contra el régimen establecido en México.

Al principio Santa Anna no dio entrada a la acusación, más tanto insistieron sus íntimos, que llegó a dudar de la lealtad de Serrano y éste viendo que de un momento a otro podía ser encarcelado y procesado, se vio obligado a huir al monte, donde permaneció hasta la caída del Imperio de Iturbide, época en que fue hecho prisionero y condenado por el delito de desertor  […]

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Fuente del texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 49-52.

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: Una ejecución capital en 1771.

3 abril 2020

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UNA EJECUCIÓN CAPITAL

Juan José González Fernández.

1943.

En el año de 1771, la Nueva Veracruz presenció la ejecución capital llevada a efecto en la persona de Ildefonso Gabriel de Herrera, condenado por el Tribunal del Santo Oficio acusado y confeso del delito de sodomía, de acuerdo con las leyes de la época, siendo esta la primera vez que moría en el patíbulo un condenado a muerte en Veracruz.

La ejecución de Ildefonso Gabriel de Herrera, añade un nombre más a la lista de los cuarenta y un ajusticiados en persona que menciona en sus “Autos de Fe Celebrados en México” don Joaquín García Icazbalceta. El juicio fue seguido por los Padres Dominicos, encargados de la Inquisición y al dictar su sentencia, mientras la Sala del Crimen la confirmaba, se hicieron los preparativos para la ejecución, habiendo necesidad de traer un verdugo de la ciudad de Puebla de los Angeles.

Estuvo el reo durante dos días y tres noches, encapillado en la Cárcel de la Inquisición, recibiendo las atenciones que se dispensan a los condenados a la última pena. Podemos ver por la cuenta de gastos efectuados con ese motivo, que los alimentos proporcionados al reo, sin ser cosa extraordinaria, correspondía a los servidos en los mejores mesas del puerto, y leemos en la lista: pámpano frito, carne de ternero y jamón, vino español y pan “resobado” para el almuerzo, incluyendo como postre: “panales” y “suspiros”.

En los desayunos no faltaba el imprescindible chocolate de metate acompañado de “marquesote” y rosquitas de manteca, comprando nieve para enfriar las limonadas que como refresco le sirvieron en sus últimos días. Es curioso ver que se menciona también en la cuenta de gastos, la compra de puros y cigarrillos que fumó el reo durante ese tiempo. Sabemos que fue la primera ejecución capital efectuada en Veracruz, porque en el relato de dicha cuenta aparece un párrafo donde dice: “a el Maestro de Herrero que hizo la mascada para el garrote; cuyo instrumento no se había usado aquí hasta el presente…”

La sentencia debió haberse ejecutado en la Plazuela llamada hoy de Benjamín Gutiérrez, lugar próximo al Convento de Santo Domingo, y el cadáver fue quemado en el mismo sitio de la ejecución, figurando en la cuenta de gastos la cantidad de seis reales pagados a los hombres que cargaron la leña para armar la hoguera. La mano de obra pagada por armar el palo del suplicio, costó al Cabildo veinticinco pesos y dieron al sastre que hizo la caperuza y la túnica que usó el reo, ocho pesos.

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Fuente del texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 43-44.

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: La Obra de Fray Pedro Buzeta en Veracruz.

2 abril 2020

Trayecto del acueducto o Caño del Fraile en un plano de mediados del siglo XIX. Iniciaba en una caja de agua cerca de la Casa Mata (hoy, Parque Reino Mágico) y llegaba a la ciudad, en un punto de la muralla que era conocido como La Noria (cerca de la esquina de la calle Esteban Morales y Reforma), para luego ingresar al interior de la ciudad.

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LA OBRA DE FRAY PEDRO BUZETA EN VERACRUZ.

Juan José González Fernández.

1943.

En los comienzos del siglo XVIII, la Nueva Veracruz tuvo necesidad de resolver el problema de la falta de agua potable, pues hasta entonces se había utilizado la que proporcionaba el riachuelo del Tenoya, que serpenteando entre las primitivas calles, servía también como abrevadero a las bestias de carga, no siendo raro ver flotar sobre su superficie algún animal muerto o los desperdicios que arrojaban a su caudal los vecinos descuidados.

El Cabildo pensó dotar a la población de un servicio que evitara aquellos males y a la vez disminuir las enfermedades ocasionadas por el agua contaminada, y al efecto, elevaron instancias a los Virreyes solicitando la gracia, pero los señores que vivían en el Palacio de Cortés no hicieron caso y la Nueva Veracruz decidió buscar por sí misma la manera de remediar el mal.

Por el año de 1721, dos ingenieros franceses, que a la sazón se encontraban empleados en el servicio de la Plaza, hicieron un estudio del caso, llegando a formular un proyecto audaz y los presupuestos para su realización, ideando traer el agua del Río Jamapa, con un costo estimativo de veinticinco millones de pesos, cantidad considerada como fabulosa desde el principio, pero que no desilusionó a los veracruzanos y siguieron insistiendo ante las autoridades virreinales.

Era de tal magnitud aquel proyecto, que los mismos ingenieros proyectistas, advirtieron su incapacidad para llevarlo a la práctica.

El plan propuesto durmió el sueño de los justos en el archivo del Cabildo, hasta el día en que habiéndose reunido las autoridades de la ciudad con las comunidades religiosas, tribunales del Puerto y otras figuras de relieve en el mundo veracruzano, acordaron solicitar nuevamente del Virrey, Marqués de Valero, la concesión de tal gracia, pidiendo que se encargara de realizarla Fray Pedro Buzeta, “religioso lego de San Francisco, Arquitecto célebre y Maestro de Albañil y Cañerías”, que a la sazón se hallaba recogiendo limosna para el Convento de San Lucas de Barrameda.

La respuesta no se hizo esperar en esta ocasión y de acuerdo con los deseos expresados llegó la orden, nombrándose a Fray Pedro Buzeta “Maestro y Director para conducir de afuera agua comente y de buena calidad para esta ciudad”.

En sus trabajos preliminares, Fray Pedro Buzeta estudió los proyectos originales de los ingenieros franceses, que descartó por irrealizables dado su costo; examinó las aguas del arroyo de Vergara, situado al Norte del Puerto, igual que las de la llamada Laguna de Malibrán, viendo que reunían las condiciones buscadas y así resolvió utilizar las de este último sitio, proyectando entonces limpiar el vaso de la laguna para aumentar su caudal de captación y construir un acueducto subterráneo de sección rectangular con dirección y pendiente hacia la ciudad, siguiendo la línea marcada por la falda de los médanos, y disponiéndolo de manera que permitiera recoger en su recorrido las filtraciones de las dunas, formando, además, pozos de registro y adaptando una reja de madera a la entrada del acueducto, para evitar que pasaran a las cañerías todas aquellas cosas que pudieran obstruir el conducto.

Los planos originales del proyecto fueron sustraídos del expediente respectivo y es difícil saber con exactitud por dónde pasaban las cañerías. Guiándose por los planos antiguos de la ciudad, sabemos que ese acueducto alimentaba cinco fuentes públicas y en ellas nueve caños, proporcionando agua corriente durante todo el año.

De las fuentes sólo sabemos la situación de cuatro de ellas: la llamada de la Noria, situada a lo largo de la muralla, entre los Baluartes de Santa Gertrudis y Santa Bárbara, la Fuente de San Antonio, en la Plazuela llamada hoy Alvaro Obregón, la pila que existió en el ángulo que forma el edificio de la Lonja Mercantil de Veracruz y la que había en la esquina de las actuales calles de Independencia y Esteban Morales.

Los restos de la Fuente de San Antonio se conservan en el pequeño museo que hay en la Biblioteca Venustiano Carranza, en Veracruz y consisten en un San Antonio fundido en cobre, y] que hace algunos años aún tenía el brazo cargando al Niño Dios, pero que en nuestros días se encuentra mutilado habiendo desaparecido brazo y niño sin dejar huella.

La creencia popular de que Veracruz está cruzada por pasajes subterráneos que unían los distintos conventos con la Hacienda de Malibrán, se funda en la existencia de este acueducto que abandonaron en la segunda mitad del siglo XIX, cuando fue puesta en servicio la nueva cañería que conduce el agua desde el Tejar.

Los trabajos de Fray Pedro Buzeta, fueron terminados en 1726, y el acueducto prestó servicios sin interrupción hasta 1798, fecha en que mandaron limpiar el vaso de captación y revisaron y limpiaron las alcantarillas, lo que demuestra la calidad de su construcción.

De aquel trabajo insuperable para la ciencia de su época, sólo restan los vestigios del acueducto enterrado aún bajo las calles de Veracruz, la imagen de San Antonio que he citado y una lápida conmemorativa instalada en la calle de Mario Molina, llamada antiguamente calle del Vicario.

Como corolario, es digno de mención el hecho de que Fray Pedro Buzeta construyó también las primeras cañerías de agua en la ciudad de Guadalajara, y que a él se debe uno de los más eficientes servicios públicos que tuviera en la antigüedad la Nueva Veracruz.

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Fuente del texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 33-35.

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: El asalto pirata de 1683.

2 abril 2020

“Il sacco di Vera Cruz”. Ilustración en una postal italiana sobre el ataque pirata de 1683. Editada por Fratelli Guaiti. Milán.

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EL ASALTO PIRATA DE 1683.

Juan José González Fernández.

1943.

Aquella memorable mañana del diecisiete de mayo de 1683, la Nueva Veracruz amaneció con la esperanza de ver llegar las naves de la Flota, que por esa época del año solía arribar conduciendo nuevos colonos y todas las mercancías que aún no producían las tierras conquistadas.

Desde temprana hora los madrugadores subieron a los torreones que coronaban las casas del Puerto, con la esperanza de ser los primeros en dar la noticia del feliz arribo, y en el Barrio de La Caleta, habitado por un centenar de pescadores se hacían comentarios criticando el que por cosas baladíes no hubieran salido de pesca en ese día.

Al disiparse la niebla matutina empezó a brillar el sol en todo su esplendor, obligando a los curiosos que habían acudido a la playa o que se encontraban en los torreones, a buscar refugio bajo techo y la ciudad volvió a cobrar nuevamente su vida habitual.

En los mesones y tabernas se notaba la afluencia de los visitantes que solían acudir al Puerto en gran número, con el propósito de hacer negocios fáciles con los tripulantes de las naves, ya fuera comprando o vendiendo mercancías, habiendo otros que establecían centro de juegos de naipes mientras estaban en el Puerto las naves de la Flota.

Aquella mañana, por descuido u olvido, no salieron como era costumbre hacerlo diariamente en el servicio de vigilancia de la costa, y esta negligencia costó bien cara a la población, pues como a las tres de la tarde se avistaron por Barlovento dos navíos de alto bordo, uno mayor que otro y con la apariencia de pertenecer a la esperada Flota, siendo en realidad la avanzada de los barcos de Agramonte y Lorencillo. Nunca pensaron los veracruzanos su verdadera identidad, y cuando vieron que al llegar a la boca del canal de entrada torcían el rumbo, imaginaron que se trataba de los navíos de la Flota que esperaban la llegada de la nave Capitana para entrar al Puerto.

Llegó la noche sin tener nuevas noticias, entregándose la población al descanso, mas en las primeras horas de la madrugada, aquellos dos navíos, acompañados por otros nueve menores, desembarcaron por la Punta de los Hornos de Medina, más de seiscientos hombres armados.

Rodearon la ciudad y se lanzaron al ataque, sembrando un terror pánico entre los habitantes que despertaron al disparo de los mosquetes y a los gritos de “Viva el Rey de Francia”.

Los hombres que guarnicionaban los reductos y fortines de la Nueva Veracruz, muertos por el invasor después de breve resistencia y los soldados que había en el Palacio del Cabildo, cayeron peleando, entre ellos el Alférez Diego Martínez, que antes de morir destruyó con sus propias manos la bandera de España, para evitar que la tomara el enemigo.

Pasados los primeros minutos de estupor, empezaron a salir a la calle los habitantes, sin acertar a saber qué pasaba, y eran hechos presos por los piratas y conducidos a la Iglesia Parroquial, convertida en prisión provisional, mientras saqueaban las casas en forma despiadada.

Durante las primeras horas de la mañana reinó el mayor desorden. Los piratas llevaban todo lo que encontraban de valor a la Plaza de Armas y pronto estaba allí reunida una gran cantidad de joyas, así como grandes arcones llenos de monedas de plata y oro.

En el interior de la Iglesia Parroquial, había a las nueve de la mañana más de seis mil almas, y por el calor producido con la aglomeración se dieron casos de asfixia. Algunos de los prisioneros trataron en forma desesperada de hacer una salida, y fueron muertos por sus guardianes que dispararon hiriendo también a mujeres y niños que se encontraban en el interior.

Por la tarde, los cautivos empezaron a clamar piedad y el Cura Vicario de la Parroquia consiguió hablar con Lorencillo, logrando que llevaran pan y agua a los cautivos, pero fue tan escasa la cantidad proporcionada, que originó un tumulto entre aquellos infelices que se disputaban un pedazo de pan o un sorbo de agua.

Cuando cerró la noche de aquel primer día, ya no quedaba nada de valor en el interior de las casas de Veracruz y los piratas se dedicaron a celebrar el triunfo con libaciones,, convirtiendo la situación en un verdadero caos. Bajo el dominio del alcohol se perdieron los últimos vestigios de disciplina entre los piratas y toda la noche estuvieron haciendo viajes a la Iglesia convertida en prisión, sacando a viva fuerza a cuanta mujer querían, sin distinción de color o estado.

Cada minuto que pasaba era mayor el número de heridos en el interior del templo y los gritos y lamentaciones acompañaron aquella noche de orgía.

El miércoles por la mañana, pensando intimidar a los cautivos, Lorencillo mandó rodear la Iglesia con barriles de pólvora y lanzó la amenaza de que iba a volar el edificio. Aumentaron con ese motivo las lamentaciones de los presos, que creían llegado su último momento de vida, hasta que el Jefe pirata tuvo compasión de ellos y revocó la orden. Como único alimento en ese día, volvieron a llevarles pan y agua, reanudándose con ello la lucha entre los detenidos que se disputaban a golpes la posesión de un pedazo de pan.

Al llegar la noche volvió a repetirse lo mismo del día anterior y en la madrugada tuvieron noticias los piratas de que habían muerto varias personas asfixiadas en la aglomeración, decidiendo entonces desalojar un poco el templo y mandaron sacar a los negros y mulatos que utilizaron para conducir el botín reunido en la Plaza de Armas hasta la Punta de los Hornos, donde los piratas se encargaron de llevarlo a sus navíos.

Agramonte y Lorencillo entraron la mañana del jueves en la Parroquia y saquearon los altares, llevándose entre otras cosas la Cruz Parroquial y los ciriales que eran de plata, así como los cuatro serafines que adornaban el Santo Sepulcro.

Lorenzo Jácome, que fue vecino de la ciudad hasta el día en que huyó por haber cometido un crimen, conocía perfectamente a todos los hombres de posibles y les mandó citar a Palacio, haciéndoles confesar a fuerza de tormento, el sitio donde habían escondido sus objetos de valor.

Viendo aún insatisfechos sus deseos, dieron después tormento a los esclavos, pensando que descubrirían aún mayor número de objetos de valor, ocurriendo escenas espantosas que terminaban con la muerte de las víctimas a cuchilladas.

Cansado de la inutilidad de sus procedimientos, Lorencillo mandó traer leña para quemar vivos a los cautivos y entonces intervino el Cura Vicario nuevamente, consiguiendo convencerlo para que desistiera de aquella atrocidad y en cambio prometió hablar al pueblo desde el púlpito para que confesaran lo que hubieran podido haber ocultado.

Aceptó el pirata la proposición e instalándose en el ábside, fue tomando nota de las confesiones de cada uno, logrando aumentar el botín en seiscientos mil pesos.

En ese jueves dieron a luz varias infelices mujeres en el interior de la improvisada prisión y se registraron nuevas muertes por consecuencia de las heridas que habían recibido muchos de los presos, impidiendo los piratas que los muertos fueran sacados del lugar.

El jueves conferenciaron los piratas acerca del rescate que iban a pedir por la población, interviniendo los principales habitantes del puerto en la discusión, fijándose la cantidad en cincuenta mil pesos.

Llegó el sábado por la mañana y  Lorencillo entró a caballo en la Iglesia, ordenando salir a todos los eclesiásticos, que pensaron habría llegado el fin de sus desventuras, desengañándose pronto, cuando les ordenaron que ayudaran a acabar de conducir el botín hasta Los Hornos.

Ese mismo día se llevaron a la Isla de Sacrificios como rehenes, a dieciséis de los cautivos, entre ellos el propio Gobernador, para que sirvieran de garantía a su seguridad a la hora de cobrar el rescate, y en la isla fueron confinados en un antiguo horno de cal, cuyos restos aún se pueden ver en ese sitio.

Durante la conducción del botín a la Junta de los Hornos, muchos de los habitantes que habían servido como mozos de cuerda en el traslado, fueron retenidos también en la Isla y allá permanecieron diez días más, al cabo de los cuales y después de recibir el dinero del rescate, dejaron en libertad a todos, pero abandonados en ese sitio y sin medios de poder regresar a la tierra firme, pues en su retirada los piratas habían destruido las lanchas del Puerto.

No terminaron con eso las penalidades de los veracruzanos aislados en Sacrificios; muchos trataron de llegar a la costa utilizando primitivas balsas construidas con los despojos dejados por los asaltantes y otros intentaron la travesía a nado, muriendo muchos de ellos atacados por los tiburones.

Por fin pudieron traer algunos “cayucos” y pequeñas embarcaciones de la Villa de Boca del Río, regresando en ellos a su ciudad, que presentaba un aspecto desconsolador, pues las casas tenían destruidas las puertas, en las calles estaban aún abandonados los cadáveres de los asesinados durante el asalto y sus cuerpos habían entrado en descomposición, envenenando el ambiente de fétido olor, y hablando de la Iglesia Parroquial, cuenta un testigo presencial: “con lágrimas lo escribo, más aseado estaba un muladar, y mejor olfato tenía; allí hacían sus necesidades, por no poder más allí dos mil inmundicias; todo un establo de porquerías sino el más puerco muladar que pueda haber, si bien creo que no pueda haber otro lugar más inmundo aunque a propósito se haga, de suerte que en mucho tiempo no ha de estar la iglesia en su ser de limpieza, por más que la devoción cristiana la ha de procurar asear y perfumar con todos los olores”.

La noticia del asalto llegó a México con varios días de atraso y aunque el Virrey se dio prisa en enviar socorros, éstos no llegaron sino hasta que los piratas habían abandonado el Puerto. El Virrey condenó al Gobernador de Veracruz a ser degollado, acusándolo de ser el causante de todos los males ocurrido, por su poca previsión, mas éste apeló a la sentencia que le fue conmutada por la de expulsión, saliendo para España en la misma Flota que estaban esperando y la que llegó varios días después, cuando todo había pasado.

En el mes de agosto, la Armada de Barlovento hizo su entrada al Puerto, llevando presos varios de los navíos de Agramonte y Lorencillo, con gran parte del botín, que fue depositado en la Casa de Cabildos al cuidado de las autoridades porteñas, mientras se averiguaba a quién pertenecía cada objeto rescatado.

La invasión de los piratas vino a demostrar a las autoridades de la Nueva España, la necesidad de fortificar debidamente la ciudad, dejando una impresión imborrable en los habitantes que recordaban aún el asalto de Lorencillo, a principios del siglo XIX, mandando decir una misa en acción de gracias por la retirada de los piratas.

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Fuente del texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 27-32.

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

 

Medellín: La leyenda de la Dama Blanca.

2 abril 2020

Río El Tejar, alrededor de 1910. Postal editada por Rieken y Martínez sucr.

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LA LEYENDA DE LA DAMA BLANCA.

Juan José González Fernández.

1943.

La leyenda de la Dama Blanca tuvo por escenario la cercana Villa de Medellín, que dista sólo unos cuantos kilómetros de Veracruz y que fundara el Conquistador don Hernando Cortés.

Cuentan que vivía en aquel entonces en la Villa, una hermosa joven, hija de acaudalado ranchero, que siguiendo las costumbres de la época, la comprometió en matrimonio con otro vecino del lugar, viejo amigo suyo y muy rico; mas ella estaba enamorada de un muchacho veracruzano a quien había correspondido en secreto, manteniendo relaciones amorosas a ocultas de su padre.

Habiéndose fijado la fecha para la boda concertada y viendo lo inevitable, decidieron los enamorados huir juntos en la víspera de la celebración del matrimonio.

La noche en que había de efectuarse la fuga, salió el galán de la Nueva Veracruz, dirigiéndose a caballo rumbo a Medellín, y al llegar al Tejar ya tarde, no encontró ningún medio para poder cruzar el río de Xamapa, que a la sazón estaba muy crecido.

Desesperado por aquella contingencia, recorrió la orilla del río, buscando inútilmente un medio para cruzarlo y viendo lo imposible de realizar su intento, se dio a maldecir en voz alta, hasta llegar a decir que gustoso daría su alma al Diablo si le proporcionaba en ese instante un “cayuco.”

Aún no terminaba su imprecación, cuando vio entre las sombras de la noche, que venía río abajo una pequeña embarcación manejada por su barquero, y que al verle en la orilla se dirigía a él, diciéndole si quería cruzar la corriente. Aceptó al momento el galán y subiendo al “cayuco” con todo y su cabalgadura, empezaron la travesía.

Cuando habían llegado al centro del río y se encontraban en lo más fuerte de la corriente, el barquero perdió la pértiga y la nave empezó a girar haciéndola zozobrar.

Cayeron al agua los dos hombres y la cabalgadura, sin que volvieran a salir a la superficie . . .

A la mañana siguiente, las campanas de la Iglesia de Medellín tocaban alegremente, anunciando la boda y minutos más tarde salían los novios del templo.

Al pasar frente a la plaza del pueblo, vieron a un grupo de personas que rodeaban el cuerpo de un lagarto acabado de pescar en el río, enterándose por los curiosos que presenciaban el espectáculo, que en su interior habían sido encontrados los restos de un hombre que no llevaba otro medio de identificación que un anillo de plata con un zafiro, mismo que mostraron a los novios, que eran la hija del rico ranchero y aquel viejo amigo de su padre.

Cuando los ojos de la recién casada se posaron en la prenda, dio un grito de angustia y horror al reconocer el anillo que siempre llevaba puesto su novio, a quien inútilmente había esperado toda la noche anterior.

A resultas de la impresión recibida, la joven perdió el juicio, muriendo meses más tardé sin recobrarlo. . .

Dicen los rancheros de la comarca que desde la fecha en que murió aquella joven y por las noches, suele verse la forma de una mujer vestida de blanco, que recorre los campos y las riberas del río de Xamapa, lanzando lastimeros gritos que llenan de pavor los corazones más esforzados, y agregan que se trata del alma en pena de la amante muchacha, que busca incansable a su galán que entregó el alma al diablo.

Con algunas variantes, esta vieja leyenda veracruzana sirvió de tema a unos versos alejandrinos que legó a la posteridad el poeta veracruzano don Manuel Díaz Mirón, padre del Príncipe de las letras hispano-americanas, don Salvador Díaz Mirón.

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Fuente del texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 17-18

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: La leyenda del Caballero Alto.

2 abril 2020

Caballero Alto y Baluarte de San Crispín en el Castillo de San Juan de Ulúa. Fotografía de José T. Bureau.

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LA LEYENDA DEL CABALLERO ALTO.

Juan José González Fernández.

1943.

Entre las casi olvidadas tradiciones costeñas del Estado de Veracruz, se conserva la leyenda del Caballero Alto, una creación de la mente popular que cree ver fantasmas y aparecidos en las sombras o siluetas que produce la neblina al interponerse entre la realidad de los objetos que oculta a medias y la vista del observador.

Dice la leyenda que hace muchos años, vivía en España un viejo castellano, noble de cuna y militar de profesión que pasó los mejores días de su existencia ganando tierras para su Rey.

Siendo ya inútil para proseguir en el servicio de las armas, el monarca hispano le recompensó sus servicios nombrándolo castellano de San Juan de Ulúa, y antes de partir a tierras de América, decidió casarse, escogiendo a una joven, hija de noble familia venida a menos en fortuna y a quien el viejo militar ofreció en cambio velar por su subsistencia en el futuro.

Los padres aceptaron gustosos el enlace, sacrificando a la hija que amaba y era amada por un joven Capitán de los ejércitos del Rey, y que carecía de títulos nobiliarios. Enterado el galán de la determinación de los padres de su novia, juró que habría de seguirla aunque para ello tuviera necesidad de ir hasta el fin del mundo, iniciando desde ese momento sus gestiones para ser trasladado a tierras de la Nueva España.

Se efectuó la boda y partió la pareja con rumbo a la Nueva Veracruz, llegando al Puerto después de larga y tediosa travesía pródiga en sobresaltos y sorpresas, fijando su residencia en la casa del Gobernador de la Fortaleza dé San Juan de Ulúa.

La joven castellana hacia añoranzas del tiempo pasado en unión de sus padres y del ser amado, allá en su pueblo natal de España y sentía profunda tristeza que no bastaban a discipar los festejos organizados por su esposo, que atribuía aquel estado de su ánimo, a la soledad de su reclusión en Ulúa.

El joven Capitán realizó esfuerzos indecibles por lograr su traslado a la Nueva España y al cabo de tres largos años, recibió órdenes en tal sentido, embarcando en uno de los galeones que hacían el servicio de ultramar con las Flotas.

Cuando la castellana de San Juan de Ulúa supo la llegada de aquella Flota, sintió renacer en su corazón una nueva esperanza, e igual que en otras ocasiones y por los mismos motivos, se preparó a visitar la Nueva Veracruz en unión de su esposo, dispuesta a asistir a los festejos con que el Puerto solía recibir a los viajeros venidos de la Madre Patria.

Veracruz estaba de fiesta, por las calles cubiertas de arena, desfiló la mojiganga compuesta por una murga pueblerina que era seguida por la “tarasca”, los gigantes y el “mojarrilla” que hacía piruetas y bailaba al compás de un tambor y de un pito, recibiendo como recompensa por su destreza, las dádivas del público.

Desde el balcón principal de Palacio, vieron desfilar aquel anuncio las principales autoridades del Puerto, acompañadas del Gobernador, la castellana y los capitanes y oficiales de la Flota. Confundido entre el pueblo que veía pasar el desfile, el antiguo novio de la castellana de Ulúa observaba el balcón de la Casa de Cabildos sin apartar la vista de la que había sido su gran pasión y la alegría volvió al rostro de la joven esposa al descubrirlo.

Desde aquel día procuraron verse seguido, y la castellana inventaba pretextos para venir con frecuencia a la ciudad, y tantas veces ocurrió esto, que por fin hizo entrar en sospechas al pequeño mundo femenino de la Nueva Veracruz, que se dio a comentar las frecuentes entrevistas entre el Capitán y la castellana.

Un día llegaron navíos sospechosos a la proximidad del puerto, acordando las autoridades enviar refuerzos a la guarnición de Ulúa, tocando al joven Capitán ser parte de ellos. Ya en la Fortaleza, se presentó al Gobernador como coterráneo de su esposa y al poco tiempo era nombrado ayudante de la primera autoridad del Islote.

Las visitas de la castellana a la Nueva Veracruz siguieron efectuándose en forma regular y el Capitán era encargado de acompañarla en ellas. El pequeño mundo social del puerto siguió murmurando de aquellos amoríos que no trataban de ocultarse a su vista y una persona, tal vez para congraciarse del Gobernador, le llevó la noticia.

Al principio, el viejo militar no hizo caso, pero con los días entró a su vez en sospecha, aumentando sus temores al ver que por las noches salían a pasear juntos por los baluartes y bastiones de Ulúa.

Decidido a saber la verdad, una noche siguió a los amantes. La luna brillaba en todo su esplendor sobre el cielo veracruzano, haciendo distinguir los objetos en sus más mínimos detalles y fue fácil para el Gobernador seguir a la pareja en sus diarios recorridos.

Cuando subían por la escalera que conduce del repuesto al terraplén del Baluarte de San Crispín, vio que al detener el paso y sin imaginar que eran observados, unieron sus labios en un prolongado beso . . .

Cegado por la ira ante el espectáculo que presenciaban sus ojos, el burlado esposo desenvainó su espada y acercándose a la pareja les marcó el alto. Sorprendido el Capitán, desenvainó la espada y cruzó su arma con la del Gobernador.

La lucha fue breve y el cuerpo del amante cayó al suelo herido de muerte. La castellana corrió a su lado llena de dolor y al ver que expiraba en sus brazos sacó la daga que llevaba el Capitán al cinto y se dio muerte. . .

La leyenda no dice qué ocurrió con el viejo militar Gobernador de San Juan de Ulúa, mas aseguran que la sangre de los amantes se confundió sobre el piso de la escalera, formando un charco rojo que al pasar los años aún se distinguía como una mancha obscura sobre la blanco de las lozas . . .

Y cuentan los viejos marinos que saben de historias y leyendas, que los centinelas de puesto en el Baluarte de San Crispín, al llegar el filo de la media noche, oían murmullo apagado de voces y rumor de lucha por el muro de la gola, y que cuando la luna brillaba en el firmamento, se veían vagar por los pasillos y plazoletas del Baluarte donde está emplazada la torre del Caballero Alto, dos sombras enlazadas en estrecho abrazo, asegurando que eran las almas en pena de los dos amantes que en silencio recordaban su paso por este mundo.

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Fuente de texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 11-14

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.

Veracruz: La leyenda de Lorenzo Jácome.

1 abril 2020

 

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LA LEYENDA DE LORENZO JÁCOME.

Juan José González Fernández.

1943.

Lorenzo Jácome más comúnmente conocido por el pirata Lorencillo, figura en nuestra historia durante el asalto y toma de la ciudad de la Nueva Veracruz en el mes de mayo de 1683. Los relatos que de él se hacen, lo recuerdan como capitán de piratas, olvidando todo aquello que se relaciona con su vida, a excepción del acto vandálico que cometiera en su ciudad natal.

La leyenda habla de sus antecedentes, cuando era humilde pescador del Barrio de la Caleta, viviendo en unión de su hermano llamado Manuel, a quien todo Veracruz veía con cariño por lo afable de su trato y la bondad de su carácter.

Manuel tenía una novia a quien Lorenzo también amaba en secreto, sintiendo envidia de la dicha de su hermano, llegándolo a odiar y haciéndole cambiar en forma radical su carácter, hasta convertirlo en un misántropo y vicioso, que por ser además pendenciero, llegó a conquistar la enemistad de sus amigos.

En el mes de diciembre de 1682, la ciudad de la Nueva Veracruz, rompía la monotonía de su existencia con la celebración de las alegres posadas, siendo tradicional la costumbre de hacerlas en forma popular, encargándose de ellas los diferentes gremios existentes en la ciudad.

La última posada de aquel año, correspondía celebrarla al gremio de pescadores, habiendo preparado al efecto, como sitio para la fiesta, el entonces llamado Patio de la Nevería, situado frente a la playa y en el barrio de los pescadores.

En el amplio patio pavimentado con chinas, estaba improvisado el tablado para los bailadores de fandango, y sujetas a las paredes laterales colgaban cuerdas adornadas con papelillos y faroles, dando un aspecto pintoresco al sitio.

A un extremo del tablado estaban los músicos: el arpa, la jarana y el violín que no dejaban de tocar mientras los bailadores dibujaban con sus pies las filigranas de las danzas típicas costeñas.

Manuel y su novia bailaron hasta el momento en que se hizo el anuncio de uno de esos singulares duelos a base de canciones improvisadas y que constituyen la sal y pimienta de los bailes típicos veracruzanos. Los trovadores empezaron a cantar y tío Chente, el padre de la novia de Manuel se acercó al tablado, situándose a espaldas de su hija.

Pasados algunos minutos y cuando parecía que ya habían agotado el tema para sus improvisaciones, uno de los trovadores se fijó en la feliz pareja y al punto tomó aquellos amores, diciendo en sus versos cómo era Manuel un honrado pescador del Barrio de la Caleta, a quien quería la más hermosa jarocha de Veracruz y que pronto habrían de casarse.

Su oponente en el canto escogió a Lorenzo para mencionarlo en sus versos, diciendo que Lorenzo jamás podría competir con Manuel, que su manera de ser había alejado a los pocos amigos que alguna vez tuvo, añadiendo otras cosas que provocaron las risas de los presentes, hasta el grado de hacer que Lorenzo sintiera encendido su corazón por el deseo de venganza, y llevando en su mano una faca, se acercó a la pareja dispuesto a herir a traición a su hermano.

Cuando la mano homicida se levantaba para descargar el traicionero golpe, tío Chente que lo venía observando, se interpuso al arma y ésta cayó sobre su espalda hiriéndolo mortalmente. En la confusión producida por la agresión, Lorenzo pudo escapar del Patio de la Nevería y ya en la calle corrió hasta llegar a la muralla.

Allí se detuvo, y al pensar que aquel crimen sería reclamado por la justicia de Veracruz, decidió abandonar la ciudad para siempre. Brincando el cerco amurallado caminó con rumbo al Norte, retirándose siempre más y más de su ciudad nativa.

Al sentir que el cansancio agotaba sus fuerzas, había llegado a un pequeño riachuelo, bebió de sus aguas para calmar la sed y tendiéndose sobre la arena quedó dormido.

Cerca ya de la aurora llegó a la playa un pequeño esquife tripulado por varios hombres de siniestro aspecto, siendo fácil reconocer en ellos el tipo de aquellos piratas que infestaban las aguas del Caribe.

Sacaron de su embarcación varios toneles y cuando se disponían a llenarlos con agua del riachuelo, uno de ellos descubrió a Lorenzo, reconociéndolo al instante por haber sido vecino de Veracruz en años anteriores, lo despertó y al inquirir por qué estaba en ese sitio tan alejado de la Nueva Veracruz, Lorenzo le contó lo que había hecho.

El pirata le invitó a unir.se a la tripulación de su navío que estaba anclado a unos cuantos metros de la playa y comprendiendo que esa era la única forma de escapar a la acción de la justicia, aceptó al punto.

De regreso a la nave pirata, fue presentado a Nicolás Agramonte, que era el Capitán de aquella nave y desde ese momento Lorenzo Jácome quedó convertido en pirata.

Algunas semanas más tarde, y durante la francachela que siguió al asalto de un galeón español, Lorenzo Jácome disputó con el segundo de Agramonte, se desafiaron y siendo más hábil en el manejo de las armas, dio muerte a su contrario.

La tripulación eligió substituto y al fijarse todos en Lorenzo, quedó convertido en segundo jefe de aquellos piratas. En los días que siguieron a su nombramiento, Lorenzo logró interesar a Agramonte en una empresa audaz: la toma de la Nueva Veracruz, y reuniendo varios navíos piratas, aprovecharon la ocasión en que la ciudad esperaba el arribo de una de las Flotas, siendo en esa época cuando las bodegas del Puerto estaban materialmente abarrotadas de mercancías, lo que hacía convertir la empresa en una acción muy lucrativa, realizando la incursión con los tristes resultados que narra la Historia.

Cuando los piratas entraron a la Nueva Veracruz, Lorenzo Jácome fue inmediatamente a la casa donde vivía su hermano, pero éste había logrado ponerse a salvo en uno de los fuertes y allí permaneció durante el tiempo en que la Plaza estuvo dominada por los piratas y sin poder atacarlos dado el escaso número de hombres que había disponibles en el recinto.

La novia de Manuel pudo huir también por la parte Norte de la ciudad y así se libró de la furia de Lorenzo, que trató en vano de encontrarla. No se sabe qué fue de Lorenzo Jácome después de aquella hazaña. Su vida dejó en los habitantes de la Nueva Veracruz, uno de los más amargos recuerdos: la invasión pirata de 1683.

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Fuente de texto:

González, Juan José, Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz, Veracruz: s.e., 1943, pp. 19-22

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1943: Trece leyendas e historias de la ciudad de Veracruz.